Es automático. Sufro de singultus, siempre, tras una de esas comidas pantagruélicas en las que no paras de hablar, de reírte y de ingerir espirituosos.
La cosa se desarrolla de la siguiente manera: un poquito de vino blanco, conversación animada, risas, vino tinto, más coversación, más risas, todo entreverado de ricas viandas y rematado con un excesivo postre que invita al combinado de vodka. Siempre vodka. Y muchas más risas.
Y llega él. Con sus espasmos involuntarios y sonoros. Y ese dolor. Y esa sensación que precede al vómito.
Y empieza el ritual: que si aguantar la respiración; que si beber agua a sorbitos; que si aguantar la respiración mientras bebes agua a sorbitos; que si beber del revés; que si estiramentos varios. Y por alguna razón inexplicable, desaparece. Pero al rato vuelve. Y vuelta a empezar.
Ayer celebrábamos la primera comunión del hijo de unos amigos. Tras la ceremonia, celebración. Y las celebraciones de esta familia son como lo fueron siempre: auténticas bacanales. Todo finaliza entre un rosario de besos y enseñando carne. No es extraño que muchas de las parejas invitadas lo hayan sido en el pasado, o lo serán en el futuro, de otros miembros del grupo. No es nada raro ver parejas entrecruzadas que comparten hijos con algún otro miembro de la pandilla allí presente.
Un lío del carajo.
Y entremedias, yo. Y mi hipo.
Hoy, extrañamente, no tengo resaca. Ni tampoco sensación de habérmelo pasado bien. Ni mal. Símplemente estuve allí como ya lo hice en tantas ocasiones que prefiero olvidar.
Son reuniones que pasan. Igual que el hipo.