Ahora sí que sí. Quedan tres días para comenzar las vacaciones y ya tengo el estómago como Dios manda, recordándome a cada momento que las horas van pasando y hay que prepararlo todo y dejarlo todo ordenadito y limpio para que nadie tenga que llamarme por teléfono durante las dos semanas que me pasaré con los pies en la arena.
Entretanto, el sábado estuvimos de bautizo. Mi cuñado#4 apuntaba a su retoño a la Santa Madre Iglesia en un bautizo de lo más familiar y, algo fundamental, cortito. Nada más verme aparecer por allí estiró el brazo y me encomendó leer las cuatro primeras rogativas. “Parecía que creías en lo que leías”, me dijo mi mujer cuando terminó todo. Y es que yo, cuando me pongo, soy capaz de echar sentimiento hasta en lo que está en las antípodas de mis creencias. Me tengo ganado el infierno, y de una forma más que merecida. Tras las funciones de portavoz del Bien, y de fotógrafo de cabecera, marchamos hacia el restaurante en el que celebraría la solemne ocasión. Habían elegido un restaurante sito en medio de las mejores dehesas de la tierra, así que comimos, y de qué manera, rodeados de esos toros que dan miedo sólo con mirarlos. De esos toros que, cuando salen en la tele, así de chiquititos, ya imponen. Pero que vistos al natural, rodeados de encinas directamente acojonan. Aunque, al mismo tiempo, son los animales más bellos.
Ensalada de canónigos, virutas de jamón y foie; croquetas de boletus y patatas de herradero de primero; y, en mi caso, carrilleras con reducción de Pedro Ximénez de segundo, llenaron de tal forma mi panza que ni siquiera acudí a los postres o al café. Lógico, teniendo en cuenta el vermouth con croquetas de bacalao que ya me había tomado antes de comer. La sobremesa, a la sombra de los árboles de la terraza, que no eran capaces de parar la energía que despedía el sol y que hicieron de la tarde un martirio poco menos que insoportable, así que a eso de las siete de la tarde cada mochuelo a su olivo.
El domingo rematé la faena de las cuentas anuales, así que tuve tiempo para llevar a los niños a la piscina mientras su madre preparaba las maletas. Porque no sé si alguien que no tenga hijos es capaz de imaginarse lo que supone un traslado vacacional: cubos, palas, ropa de quita y pon, de pon y quita, de reserva, de previsión, de por si acaso, de por si me mancho, de por si hace frío, de por si llueve, de por si llueve mucho, de por si llueve todo el día, de por… Y eso sin contar las tablas de las olas, las de la orilla, la cometa, la sombrilla… Y también sin contar los zapatos: de caminar, de playa, deportivos, chanclas, de agua… Y también sin tener en cuenta los accesorios: juguetes para el viaje, para la playa, DVD portátil, pelis, PSP’s, Nintendos… Vamos, que tanto nos da irnos un fin de semana que un año, porque vamos con la casa a cuestas.
¡Ah!, y que no se me olvide la abuela, que también viene. ¡Y las tías!, que se apuntan a un bombardeo.
Total, que vamos en dos coches y apretaditos.
Pero todo sea por lo que es.
Además, ya llega un momento en el que sin estas emociones, las vacaciones no serían lo mismo.