Cuando me dijeron que el viernes teníamos el compromiso de
asistir a un concierto en Ávila no puse muy buena cara. Porque los viernes
estoy agotado, porque no me gusta trasnochar y porque tenía que conducir 90
kilómetros de ida y otros tantos de vuelta a las tantas de la madrugada. Sólo
puse una condición: “tú te encargas de los niños y yo me quedo durmiendo la
siesta. Si no duermo, mucho me temo que voy a daros la noche”. Así que me pasé
buena tarde del viernes tirado en el sofá disfrutando de una solitaria siesta
mientras mi santa se encargaba de la prole.
En los últimos 15 años apenas he pagado por
asistir a conciertos. De una forma u otra, o me han invitado o he buscado la fórmula
para que todos los que me acompañaban entrasen gratis. Normalmente hemos
asistido como público y en bastantes ocasiones como invitados con pase VIP,
pero nunca en las condiciones del pasado viernes. Por primera vez tuve la
oportunidad de colarme en un backstage y compartir noche, y sobre todo copas,
con los grupos y solistas. Y me gustó. Me reí como nunca y disfruté como un
niño del “todo gratis y a cascoporro”.
Nos acercamos hasta el concierto de la mano
de un amigo futbolista y su mujer, que
se aseguraron de que alguien nos esperase a la puerta para ser los primeros en
llegar y escoger el mejor sitio. Antes de entrar habíamos quedado con otros
tres amigos que venían de Madrid. Amigos suyos, no nuestros. Otro futbolista
con rubia y un tipo con los pelos hacia arriba. El futbolista, más bien feo y
calvo como una bola de billar. La rubia, minifaldera y despampanante de lejos
pero que perdía bastante muy de cerca. El de los pelos, enfundado en una
camiseta blanca marcando tableta y con una bufanda amarilla y cazadora de cuero.
Nos hicimos con una mesa en la zona VIP justo
frente al escenario y las copas comenzaron a llegar. Para todos menos para mí,
que era el que tendría que regresar conduciendo. Algo ocurría con la rubia y el
de los pelos. La gente les miraba. A ellos y a nosotros. Hasta que alguien, dos
chicas, rompió el hielo y se acercó hasta ellos. “¿Podemos hacernos una foto
con vosotros?”. “Sí, claro”, contestaron ellos. Yo miraba atónito la escena
porque no entendía nada. “¿Y estos dos, quiénes son?”, pregunté. “¿Pero no les conoces?, ¡si son XX y XY, los
que salen en el programa M&H de Telecinco…!”
He de reconocer que para mí, el gurú de la
tele, el que todo lo ve, el que se jacta de poder ver varios programas a la vez
y seguirles el hilo, el que tiene opinión sobre todo, confirmar que desconocía
la existencia de estos dos personajes que salen a diario en un programa que
tiene casi tres millones de personas de audiencia fue algo frustrante. Fue la
primera interrupción de varias docenas durante la noche. Gente de todo tipo se
acercaba hasta ellos, juntos o separados, para fotografiarse, criticarles,
besarles, tocarles o, simplemente, estar cerca. La cosa era tan constante que
pasada la inicial sorpresa se convirtió en algo rutinario y más bien molesto. “¿Esto
es siempre así?”, pregunté. “Sin parar. Todos los días”.
Por el escenario desfilaron: Un pingüino en
mi ascensor, Modestia Aparte, Iguana Tango y Siniestro Total, entreverados con
un par de “triunfitos” para mí desconocidos. Fueron tres horas de recuerdos,
canciones casi olvidadas y contacto terrenal con los que fueron grupos icono de
una época ya pasada. Más gordos, más calvos, más viejos y, supongo, igual de
borrachos que entonces.
Una noche muy, pero que muy divertida.