20 octubre 2011

953


La próxima semana, con las primeras lluvias, daré por finalizado el estío e inauguraré el otoño rescatando los calcetines del fondo del cajón. Ya lo siento, pero es que hoy ya hace un frío del carajo, y durante el día la cosa no recupera lo suficiente como para que merezca la pena pasarse la mañana con los pies helados. Otro efecto colateral del otoño es que nos damos cuenta de que se acerca el fin de año y este hecho, en las administraciones públicas, causa notable nerviosismo.

¿Os he contado alguna vez que en mi juventud me pasé algunos veranos vestido con un mono azul y subido a un camión de basura?. Pues sí, yo era uno de esos seres invisibles que todos sabemos que existen pero en los que nunca nos fijamos y que se dedican a deshacerse de lo que nosotros tiramos. Me dediqué al honrado oficio de basurero estival para poder pagarme la carrera, y algún que otro capricho, durante el infinito invierno, y durante estas etapas descubrí que el ser humano es capaz de tirar a la basura cualquier cosa. Desde animales vivos o muertos a tazas de váter. Desde aparatos rotos e inservibles, a ropa y complementos en sus embalajes originales. Se tira para olvidar que se tiene y justificar lo que ha de venir.

Y si el ciudadano es capaz de tirar lo útil y propio por el sólo impulso de consumir, imaginemos lo que puede hacer con lo que considera ajeno, aunque se trate, no olvidemos, de lo suyo. Y me refiero a las administraciones públicas. Me refiero al hecho de que se acerca el final del ejercicio fiscal y hay que tirar por la ventana todo lo que queda en el almacén y en la caja para justificar que hay que volver a llenarlos. Los teléfonos, esta semana, echan humo. Las visitas a clientes oficiales se han multiplicado porque, seamos sinceros, dinero hay. Y mucho. Alguno dirá que eso no es posible por lo que ve y escucha cada día en los medios de comunicación, pero yo aseguro que el dinero sobra. Y como sobra, hay que gastarlo. Da igual en qué y cómo, pero tiene que salir a toda prisa. ¿Me podrías hacer una factura de tantosmil?, ¿te daría tiempo a editar un libro de esto que tenemos por aquí y justificarlo con una factura de tropecientosmil?, ¿podríamos imprimir unos cuantos miles de trípticos y me facturas todo por esta vergonzante cantidad?, ¿estamos a tiempo de que me factures esta barbaridad y me pones como concepto que me has vendido unos cuantos folios?... Y así todo el puto día.

¿Y todo para qué?. Pues muy sencillo: tenemos que dejar la caja vacía para que el año que viene nos den, como poco, el mismo dinero que este. Y si me lo monto bien, pido un poquito más porque se me acabó todo en el mes de octubre y ni siquiera tuve nada para los dos últimos meses del año. Total, qué más da, si los presupuestos públicos no son de nadie…

No entiendo cómo hemos llegado tan lejos. No entiendo cómo nadie tira de la manta. No entiendo que nadie nos haya echado ya el alto o, directamente, nos haya echado de todas partes. No entiendo que se hable de Grecia, de su calamitoso estado financiero, de sus corruptelas, de su estado manirroto, de su forma de gastar a lo bárbaro y nadie, absolutamente nadie, diga nada sobre lo que aquí está pasando. Y alguien puede decirme: ¿y tú?, ¿por qué no dices tú nada?. Pues muy sencillo, porque yo no soy nadie. No soy nada. Soy un engranaje más de una maquinaria que lo envuelve todo. 

17 octubre 2011

952


Mi mujer apareció el viernes en casa con un sobre lleno de sellos  de caucho. Parece ser que había quedado con su cuñada, mi hermana, para compulsar no sé cuántos papelotes que tenía que presentar ante no sé qué importantísima instancia administrativa para conseguir que le reconocieran no sé cuáles méritos académicos.

Así las cosas, el domingo por la tarde apareció mi hermanita pequeña en casa cargada de carpetas llenas de folios que hubo que matasellar por triplicado. Primero, un sello grandote que había que rellenar, a mano, con la localidad y fecha de expedición. Después, con uno más pequeñito que tenía el nombre de mi encantadora y funcionaria esposa (que, mira tú, yo ni siquiera sabía que tenía una funcionaria tan importante como para tener su propio nombre reflejado en un sello. ¿Tantas veces tendrá que firmar?, ¿qué coños firmará?...). Y en tercer lugar, un sello de los redondos de toda la vida con el escudo de la Junta y la Consejería correspondiente.

Y yo, que siempre he querido saber cómo se siente un funcionario, me ofrecí voluntario para el ingente trabajo de matasellar, por triplicado, 120 folios con 120 cursos y títulos diferentes. Curiosamente, a los dos o tres folios comencé a sentir la necesidad de tomarme un café. Pero no un café de esos rapiditos, sino un café de taza grande. Un desayuno en toda regla con su tostada y su zumo de naranja, coño, que me lo merecía. No pude por menos de reflexionar y auto convencerme de no levantarme a desayunar, más que nada porque eran cerca de las seis de la tarde y parecería una descortesía. Unas decenas de sellos más tarde comencé a sentir que el interior de mi mano se sobrecalentaba. Paré, unos minutos, y pude comprobar que el exceso de presión sobre la empuñadura de esas armas letales que son los sellos de caucho, habían causado un enrojecimiento excesivo en la palma de mi diestra. Pensé, por un momento, que lo más lógico sería parar a descansar, pero mi instinto me llevó a mirar más allá y empecé a darle vueltas a la posibilidad de solicitar la baja. Me sobrepuse a la adversidad y continué y continué sin parar hasta el final. Casi media hora tardé en ventilarme la centena y pico de folios y los casi 400 matasellazos. Terrible experiencia. Y pensar que hay gente que tiene que vivir pensando en que el día siguiente será así de duro, y por mil y pico cochinos euros al mes…

Pero ahí no acaba la cosa. Al rato me sorprendí ante el espejo ensayando expresiones. ¿Qué cara pondría yo, como buen funcionario, si se me presentase una tipeja como mi hermana con semejante trabajo para realizar, así, sin avisar ni nada… Y me vi elevando una ceja, o las dos, o la comisura del labio, o abriendo mis fosas nasales y frunciendo el ceño como un jabalí, y aprendiéndome frases como: “aquí no se puede hacer esto; pregunte en la ventanilla de enfrente”, o “¿y no ha podido usted venir antes, no ve que casi es la hora de cerrar”, o “vuelva usted mañana, que esto me va a llevar todo el día”…

Y por la noche soñé que yo era Gary Cooper en “Sólo ante el peligro”, y que en la canana, en vez de balas, llevaba docenas de sellos importantísimos, de esos que dan…o quitan la vida, es decir, la pasta al contribuyente y le hacen perder días y días de sus vidas.

En fin, que fui funcionario por un día, y me gustó.

Confirmé que soy, gracias a Dios, un buen español.

951



Ojalá se abrieran las fauces del mismísimo infierno en forma de volcán a unos cuantos kilómetros de mi casa. Me desalojarían y me darían casa y comida gratis durante una temporada y, mientras, yo podría poner a caldo a los putos gobernantes de mi ciudad/región/país por haberme sacado de mi hogar en bata y zapatillas para tratarme a cuerpo de rey durante una temporada.


Ojalá se abrieran las fauces del mismísimo infierno en forma de volcán a unos cuantos kilómetros de mi casa. Seguramente los putos gobernantes de mi ciudad/región/país no actuarían con la diligencia presupuesta y no me desalojarían con tiempo suficiente como para salvar a mi familia y enseres o, al menos, para no sentirme olvidado por ellos. Pediría una indemnización por daños y perjuicios y/o una reducción en mis impuestos vía declaración de zona catastrófica, y así vivir a cuerpo de rey durante una temporada.

Ojalá llegara una crisis financiera. Pero una de esas de las de “cagarse las patas abajo”. Una de esas en las que la gente se quedase sin empleo, yo entre ellos, y poder así vivir del presupuesto público durante un par de años en base al subsidio del paro y esas cosas que tenemos los que supuestamente vivimos en un Estado del Bienestar. Aun así, sería razón suficiente para poner a parir a mis gobernantes por no haber previsto esta situación y convertirme en un subsidiado de mierda.

Ojalá llegara una crisis financiera. Pero una de esas de las de “cagarse las patas abajo”. Puesto que el Gobierno, supuestamente, habría previsto esta situación, estoy seguro que todo estaría atado y bien atado para que en el supuesto, casi imposible, de que el paro se disparase tuviésemos suficiente pasta en la Seguridad Social para atender el aluvión de solicitudes. Esto daría pie, lógicamente, a una crítica feroz hacia las autoridades por no haber adelantado las medidas correctoras y estar siempre al dictado de lo que le imponen desde allende nuestras fronteras.

14 octubre 2011

950

Papá, ¿quién creó el universo, Dios o el Big Bang?
Eso, hijo mío, que te lo responda tu abuela...


13 octubre 2011

949

Lo peor del día de ayer, Fiesta de la Raza, fue el polvo. Y que nadie piense que sufrí un gatillazo, sino que fui víctima de este verano infinito que vivimos y terminé como los viajeros de las diligencias en las películas de vaqueros. 

Pasamos el día en la sierra disfrutando de una jornada muy calurosa, que se hizo más si tenemos en cuenta que las viandas pasaron por una barbacoa, con lo que ello supone en grados centígrados. Pero lo peor no fue el calor, sino el polvo. La montaña está tan reseca que hasta caminando entre los secos helechos va uno levantando una polvareda visible a decenas de kilómetros a la redonda. Y un grupo de niños se asemejan mucho a un rebaño de reses en estas circunstancias.

Así que llegamos a casa con el pelo cano, aún más, la ropa de color marrón y los coches asemejándose al que traería un recién llegado Carlos Sainz desde el lejano Dakar.

Pero la comida, polvo incluido, mereció la pena.

11 octubre 2011

948


Me di cuenta de que el mundo cambiaba el día que vi aquel reloj Casio de color negro en la muñeca de mi tío. Mi tío era el relojero de un pueblo de la provincia, y tenía su relojería al lado de la iglesia, en plena plaza mayor. Me encantaba verle trabajar, siempre con su monóculo en el ojo y manejando unas herramientas diminutas que movía con destreza. Tenía cajas de madera llenas de tuercas casi invisibles y ruedas dentadas del tamaño de la cabeza de una alfiler. Era algo casi mágico que algo tan pequeño hiciese mover el tiempo.

Mi tío murió hace unos años, pero parte de él aún se conserva en casa de mi madre. Como regalo de bodas les obsequió con un reloj de mesa que sigue dando las horas religiosamente y sin más problemas que los derivados de la memoria, porque hay que darle cuerda cada cierto tiempo para que no se pare. Y la memoria va fallando. Y el reloj parándose.

“Hijo, ya nada se arregla. Es mucho más práctico comprarse uno de estos y tirarlo cuando se estropee. Ya no se fabrican piezas de recambio y rehacerlas es demasiado costoso. Me queda poco tiempo de profesión”

Y así fue. Unos pocos años después se jubiló por falta de trabajo. ¡Maldita evolución industrial!

Hoy nos toman el pelo con la llamada obsolescencia planificada. Todo es un timo. Compramos cosas con fecha de caducidad. ¿Quién no ha oído eso de “la próxima lavadora/frigorífico/ tostadora que te compres ya no será como esta. No te durará ni la mitad de tiempo…”? Ahora resulta que te compras cualquier cosa y tiene una vida útil de, en algunos casos, no más de un par de años, así que casi hay que empezar a ahorrar al día siguiente de comprárselas para poder financiar la sustitución. Y no se puede protestar porque no hay dónde hacerlo ni nadie que te haga caso.

Hace un par de días pude ver en la tele una película en la que a los 10 segundos de nacer, y tras un pinchazo en el talón, te decían exactamente de qué ibas a morir y cuando. Eso condicionaba absolutamente tu existencia, ya que los buenos trabajos eran para quienes tenían una esperanza de vida larga y una salud de hierro, mientras que los trabajos más desagradables, los que nadie querría hacer, eran ocupados irremediablemente por los deshechos de los que la vida se desprendería en un futuro más o menos cercano. La idea es más profunda de lo que en un principio parece y, dejando de lado los imponderables propios de la vida que pudieran romper ese futuro ya escrito (accidentes) daba que pensar en lo que uno mismo haría en una situación parecida.

¿Qué haríamos si nuestro futuro estuviese escrito?, ¿qué decisiones tomaríamos si supiésemos que vamos a morir?, ¿habría alguna forma de evitarlo?, ¿merecería la pena vivir una vida con fecha de caducidad?

10 octubre 2011

947

Sol, calor, viento, frío, viento, frío, frío, calor.

Ese ha sido el fin de semana. Y la consecuencia puedo notarla en mi garganta.

05 octubre 2011

946


zorra.
(Del port. zorro, holgazán, y este der. de zorrar, arrastrar; cf. prov. mandra, zorra, propiamente, 'mandria, holgazán').
1. f. Mamífero cánido de menos de un metro de longitud, incluida la cola, de hocico alargado y orejas empinadas, pelaje de color pardo rojizo y muy espeso, especialmente en la cola, de punta blanca. Es de costumbres crepusculares y nocturnas; abunda en España y caza con gran astucia toda clase de animales, incluso de corral.
2. f. Hembra de esta especie.
3. f. Carro bajo y fuerte para transportar pesos grandes.
4. f. prostituta.
5. f. coloq. Persona astuta y solapada.
6. f. coloq. borrachera (‖ efecto de emborracharse).
7. f. Ec. ojeriza.
8. f. Ur. Remolque de carga con cuatro ruedas de goma o más.

Dice un juez, basándose en la quinta acepción del diccionario, que "llamar zorra a la esposa" no es delito, así que apoyándome en su mismo razonamiento, no puedo por menos que pensar que él es un auténtico hijo de zorra.

945


Me encanta servir de cicerone de mi ciudad y echar una mano a todos esos turistas que, plano en mano, se despistan por ella con la misma facilidad que yo me los encuentro. Me paro cuantas veces me lo piden y les indico lo mejor que puedo para llegar a su destino, y me preocupo tanto por si mis indicaciones han sido correctas que más de una vez me he dado la vuelta para perfeccionar la ruta o, incluso, les he acompañado hasta el lugar al que querían llegar.

Mi mujer no sale de su asombro cuando me ve girar la cabeza hacia atrás una y otra vez para ver si giran en la esquina adecuada, o hablo solo y me pregunto si habrán llegado bien o se acordarán de mí por lo contrario. Y es que yo no estoy de acuerdo en eso de que en esta ciudad somos unos tipos fríos y antipáticos. Yo no sé con qué tipo de gente se relacionarán los demás, pero yo estoy rodeado de gente amable y educada aunque, eso sí, bastante desconocedora de su entorno más próximo. No entiendo muy bien a esas personas que viven en una ciudad que no conocen y ni siquiera se interesan, ni remotamente, en obtener información alguna sobre calles o edificios. Les daría igual vivir en la luna, y la conocerían igual de superficialmente.

Podemos tocar piedras de más de 2000 años, pasear por calles de renombre universal, visitar edificios en los que han vivido o se han educado sabios y santos, subir a azoteas que huelen a Historia y sentir estancias llenas de saberes en las que el solo hecho de pensar en llevarse un libro conllevaba pena de excomunión…

No entiendo la ignorancia a sabiendas, ni el orgullo de pasearla.

03 octubre 2011

944


Acabo de coincidir en la cola del súper con dos veinteañeros vestidos de negro, con los pelos de colores, los ojos pintados y kilos y kilos de tachuelas y elementos metálicos en sus ropajes. Y con la que está cayendo, por si fuera poco, botas de suelas de tres dedos de ancho hasta media pierna.
En fin, que yo también fui joven y me gustaba dar la nota, pero tener que sufrir tanto para salir de casa y luego pasar tanto calor, como que no lo veo.
Pero vamos a lo que vamos...El fin de semana se presentaba más o menos tranquilo, aunque echando la vista atrás me doy cuenta de que no hemos parado ni un solo minuto. El sábado por la mañana, a pescar. Y es que tengo un hijo que lo mismo se apunta a una carrera ciclista que a un partido de fútbol, o a montar en patín o a jugar a los bolos. Y últimamente le ha dado por pescar, así que he rebuscado entre mis viejos pertrechos y rescatado un par de cañas de buen ver para pasarnos las horas sacando peces del río. Pero no sólo mi hijo, sino que le han cogido el gustillo mi santa y mi hija pequeña, así que me paso el rato yendo y viniendo para desanzuelar a los pobres pescaditos, poner gusanitos en los anzuelos o rescatar veletas enganchadas en cualquier piedra subacuática. Aun así, me divierto.
Por la tarde, reunión semifamiliar con suegros y cuñados. Digo semifamiliar porque estaba parte de mi familia política, gracias a Dios, y sólo tuve que soportar tres horitas de cantinela del tipo “hay que ver cómo está todo”, “nos vamos a la ruina” o “aquí va a pasar algo gordo”… Y es que, no sé si mi distinguida audiencia lo tendrá bastante claro, pero estoy hasta los huevos de comerme, día sí y día también, horas y horas de la puta crisis. Así que me enrosco en la silla de turno y me pongo a trastear con mi móvil, que para estas ocasiones viene muy bien la tarifa plana de interné. Y sólo intervengo cuando noto un extraño silencio a mi alrededor y levanto la cabeza para descubrir que todo el mundo me está mirando y esperando mi respuesta. En ese momento me basta con decir un “estoy totalmente de acuerdo” para que la tertulia siga discutiendo si ZP es galgo o podenco, y para jalear las tertulias de la cadena del torito en las que sólo escuchan lo que ellos quieren oír para retroalimentarse y ganar en indignación. Cada loco con su tema.
El domingo, y por orden de la autoridad, zafarrancho de limpieza. “Hay que ver cómo tienes el despacho, ¿no te da vergüenza?. Ponte a ordenarlo ahora mismo o me pongo yo”. Así que ante tamaña amenaza y la sola idea de que alguien me coloque lo mío, no me quedó más remedio que ponerme. Y he de reconocer que aquello parecía una leonera, pero es que a mí me gusta mi leonera. Ahora sigue siendo una leonera, pero apta para visitas inesperadas. A la hora de comer, comimos. Y comimos bien y sin niños revoloteando con el gaznate abierto por unas u otras cosas, porque este restaurante tiene ludoteca. Premio Nobel para el inventor de las ludotecas en los restaurantes. Sobremesa agradable y trayecto cortito hasta la orilla del río para tomar un Vodka con Coca Cola y tentar a los hados de las migrañas. Pero es que hay veces que a uno le apetece darse un homenaje, coño. Que no creo que sea mucho pedir poder tomarme una copita al año. Vamos, digo yo.
Y nada más. O nada menos.
Esta semana se presenta más tranquila. Lo que pasa es que no sé si esto es bueno o malo, porque después del apretón de trabajo de la anterior, pasar a una semana tan tranquila no es bueno. Es mejor organizar una transición paulatina e ir bajando de intensidad, porque si no, da la sensación de haber pasado del todo a la nada. Toca preparar presupuestos atrasados, actualizar contactos abandonados y visitar potenciales clientes.
Pero lo mejor es pasear por las calles y ver parte de tu trabajo ondeando al viento, que en este caso sopla desde el este…