La
próxima semana, con las primeras lluvias, daré por finalizado el estío e
inauguraré el otoño rescatando los calcetines del fondo del cajón. Ya lo
siento, pero es que hoy ya hace un frío del carajo, y durante el día la cosa no
recupera lo suficiente como para que merezca la pena pasarse la mañana con los
pies helados. Otro efecto colateral del otoño es que nos damos cuenta de que se
acerca el fin de año y este hecho, en las administraciones públicas, causa
notable nerviosismo.
¿Os he
contado alguna vez que en mi juventud me pasé algunos veranos vestido con un
mono azul y subido a un camión de basura?. Pues sí, yo era uno de esos seres
invisibles que todos sabemos que existen pero en los que nunca nos fijamos y
que se dedican a deshacerse de lo que nosotros tiramos. Me dediqué al honrado
oficio de basurero estival para poder pagarme la carrera, y algún que otro
capricho, durante el infinito invierno, y durante estas etapas descubrí que el
ser humano es capaz de tirar a la basura cualquier cosa. Desde animales vivos o
muertos a tazas de váter. Desde aparatos rotos e inservibles, a ropa y
complementos en sus embalajes originales. Se tira para olvidar que se tiene y
justificar lo que ha de venir.
Y si el
ciudadano es capaz de tirar lo útil y propio por el sólo impulso de consumir, imaginemos
lo que puede hacer con lo que considera ajeno, aunque se trate, no olvidemos,
de lo suyo. Y me refiero a las administraciones públicas. Me refiero al hecho
de que se acerca el final del ejercicio fiscal y hay que tirar por la ventana
todo lo que queda en el almacén y en la caja para justificar que hay que volver
a llenarlos. Los teléfonos, esta semana, echan humo. Las visitas a clientes
oficiales se han multiplicado porque, seamos sinceros, dinero hay. Y mucho.
Alguno dirá que eso no es posible por lo que ve y escucha cada día en los
medios de comunicación, pero yo aseguro que el dinero sobra. Y como sobra, hay
que gastarlo. Da igual en qué y cómo, pero tiene que salir a toda prisa. ¿Me
podrías hacer una factura de tantosmil?, ¿te daría tiempo a editar un libro de
esto que tenemos por aquí y justificarlo con una factura de tropecientosmil?,
¿podríamos imprimir unos cuantos miles de trípticos y me facturas todo por esta
vergonzante cantidad?, ¿estamos a tiempo de que me factures esta barbaridad y
me pones como concepto que me has vendido unos cuantos folios?... Y así todo el
puto día.
¿Y todo
para qué?. Pues muy sencillo: tenemos que dejar la caja vacía para que el año
que viene nos den, como poco, el mismo dinero que este. Y si me lo monto bien,
pido un poquito más porque se me acabó todo en el mes de octubre y ni siquiera
tuve nada para los dos últimos meses del año. Total, qué más da, si los
presupuestos públicos no son de nadie…
No
entiendo cómo hemos llegado tan lejos. No entiendo cómo nadie tira de la manta.
No entiendo que nadie nos haya echado ya el alto o, directamente, nos haya
echado de todas partes. No entiendo que se hable de Grecia, de su calamitoso
estado financiero, de sus corruptelas, de su estado manirroto, de su forma de
gastar a lo bárbaro y nadie, absolutamente nadie, diga nada sobre lo que aquí
está pasando. Y alguien puede decirme: ¿y tú?, ¿por qué no dices tú nada?. Pues
muy sencillo, porque yo no soy nadie. No soy nada. Soy un engranaje más de una
maquinaria que lo envuelve todo.