29 enero 2010

El primer amor

Por causa de la incomprensible genética mi hijo, a sus siete años, es lo menos parecido a su padre que uno podría imaginar.

Es participativo, deportista, comunicativo, sociable y hasta guapo. Vaya donde vaya es capaz de organizarse la vida y la de los demás para que todo gire a su alrededor y divertirse. Si no tiene balón, lo busca. De una u otra manera consigue que todo el mundo termine considerándolo como el alma del grupo y aceptando sus indicaciones.

Ayer le dio un papel a su madre y le advirtió que era muy importante pero que era suyo, y que sólo se lo daba para guardarlo. Su madre, muy mujer ella, en cuanto se dio la vuelta lo sacó del sobre y lo leyó. Era una carta de amor que una compañera despechada le escribía. Eres el más guapo, el que más me gusta, el que tiene la sonrisa más bonita. ¿Por qué ya no me hablas?, ¿es que no quieres que volvamos a ser novios?. Yo sí quiero.

Él, muy en su papel de hombre, no le hizo el menor caso a la misiva y se marchó a jugar un partido. La pobre pretendiente caminaba detrás sin que el pequeño donjuán le hiciera el menor caso.

Yo siempre fui de los despechados, y ahora no sé muy bien si sentirme orgulloso del desdén de mi hijo hacia su ex por estar en el lado opuesto al mío o sentirme identificado con la pobre chica que tanto me recuerda a mí mismo.


28 enero 2010

Personas que no existen

En la frutería…
¿Qué quería?
Pues tres o cuatro kilos de naranjas de zumo, un par de kilos de naranjas, otro de kiwis y dos lechugas. Ah, y un kilo de peras.

En el kiosko…
¿Qué deseaba?
Pues la verdad es que sólo estaba echando un vistazo. El otro día vi una revista que me interesó en otro kiosko y me he acordado ahora mismo, así que si la tiene usted me la llevo.

Echando la primitiva…
¿Podría mirarme si este boleto está premiado?
¿No, verdad?, pues qué le vamos a hacer. Hágame otro igual y ahí van mis dos eurazos.

En el chino, comprando DVD’s sin canon de la SGAE para piratear juegos de la Wii…
¿Me das otra tarrina de esas de 25 DVD’s –R?
¿Eran 7 euros, no?

Acabo de darme cuenta de que en ninguno de estos casos me digné si quiera a mirar a la cara a mis interlocutores.
Soy un maleducado.

Costes extraordinarios

“Te voy a dar un disgusto: me faltan dos baldosas para terminar con el suelo de la cocina”

Me hubiera gustado verme la cara. En estos casos se echa de menos un Gran Hermano que nos vigile y nos grabe para luego regocijarnos en nuestra propia desgracia. Para que años después, superado el trance, nos echemos unas risas una fría tarde de sábado y podamos ver una y otra vez nuestro gesto en pausa y a cámara lenta.

Pero ahora, aún con la herida abierta, no paro de darme golpes contra la pared. ¡Dos baldosas!, ¡dos putas baldosas van a impedir que entre en mi cocina y pueda decir que la obra ha terminado!. ¡Me cago en mi mala suerte!

Rápidamente llamo a la tienda de las baldosas, donde me confirman que he elegido un modelo que tardará entre 15 y 20 días en llegar porque sólo se trabaja bajo pedido. Más rápidamente aún reacciono para tomar nota del teléfono del fabricante que figura en la caja y llamarle, para que una amable señorita me diga que no trabajan con particulares. Y por mucho que le expongo mi caso y que ella dice que se pone en mi lugar, también me dice que los trámites administrativos necesarios para darme de alta como cliente supondrían un engorro de tal calibre que no merecería la pena. Para ella claro. Le suplico su comprensión, le ruego su complicidad, me pongo a su disposición presente y futura, me arrastro telefónicamente incluso insinuándome, llego incluso a pensar en darle mi dirección de Skype para hacer una videoconferencia y mostrarle todos mis encantos, pero nada. ¡Que se lo pago por adelantado!, ¡que le hago una transferencia ahora mismo!, ¡que se lo juro por mis niños que es cierto todo lo que le cuento!... Y nada de nada.

Y tiro de teléfono de nuevo y llamo a un cliente al que sólo le llamo para sacarle pasta y que lleva meses sin contestar a mis llamadas por miedo a que le meta la mano en el bolsillo. Y claro, que dice su secretaria que no está. Y yo le digo que sí, que sí que está pero que ella tiene que decirme que no, y ella claro, que dice que no me puede decir que sí está, pero que vuelve a mirar a ver si lo encuentra, y que no, que no está, y yo que le digo que le diga que no le voy a pedir dinero y que se ponga, y ella que me dice que ya lo ha encontrado pero que está reunido y que le llame más tarde, y yo que le llamo 15 minutos después, y que sigue reunido, y que le mando un correo electrónico con el asunto “Favor personal”, y que me contesta, y que le explico el caso, y que me dice que va a mirarlo, y que luego me vuelve a enviar un correo diciéndome que en 48 horas tiene aquí las baldosas, y yo que le respondo que es el mejor cliente del mundo y mi mejor amigo y que le debo una muy gorda.

Así que el viernes tendré que invitarle a un café.

¿Un café está bien, no?

27 enero 2010

¡Taxi!


En mi época de esclavo encorbatado me pasaba buena parte del día metido en un taxi.


Viajé en taxis que olían a tabaco, a puro, a pies, a culo, a pedo, a pino…



Conocí taxistas charlatanes, excéntricos, malencarados, amables, sucios, limpios…




Me pasé horas en taxis cuidados, destartalados, apuntalados, impolutos, decorados…





Disfruté de todo tipo de emisoras de radio, música clásica, copla, tecno, antologías de Dire Straits y pude ver hasta la tele…





Los había con revisteros repletos cual sala de espera de dentista, con perritos que movían sus cabezas en la bandeja trasera, algunos tenían alcayatas en sus salpicaderos para sujetar bolígrafos que otros ensartaban en las salidas de la calefacción, de muchos de ellos colgaban pequeñas bombillas del techo alimentadas por un cable extraído de cualquier esquina…





Algunos contaban con cortavientos en las ventanas, estaban los que sujetaban los cristales con palillos, los desconfiados que ubicaban pequeños espejos retrovisores en cada esquina para controlar al pasajero, los que utilizaban mamparas y asientos duros de coche de policía en la parte trasera…




Hablé con taxistas entendidos en todo tipo de artes y oficios, con expertos en economía, con políticos potenciales, con estudiantes desencantados, con aspirantes a estudiantes, con opositores, con actores frustrados, con lectores impenitentes…





Acompañé a taxistas en chanclas, con botos camperos, taxistas en tacones, con gorra, con gorro y hasta con sombrero de ala ancha y traje bicolor…





Me gusta que me lleven.

23 enero 2010

20 enero 2010

Ocupado

Cagar es algo muy serio. Yo, por ejemplo, lo de cagar no lo hago en cualquier parte. Cuando me voy de vacaciones, tardo aproximadamente una semana en coger el ritmo, así que cuando quiero recuperarme ya estoy otra vez en casa. Si me marcho de fin de semana a alguna parte, lo más seguro es que regrese en el mismo estado en que marché. Y de cagar en las gasolineras ni hablamos.

Cagar en el trabajo es algo que me ocurre un par de veces al año, cuando no he podido siquiera pasa por casa y en caso de extrema necesidad. Además, necesito tener la absoluta seguridad de que estoy solo, por aquello de los sonidos más o menos inesperados que de vez en cuando surgen en el momento de obrar.

En la oficina se ha incorporado una nueva persona que tiene la costumbre de encerrarse en el váter a las nueve y media, y pasarse allí 10 ó 15 minutos. Transcurrido ese tiempo se oye la cisterna y una melodía silbada que denota que la deposición ha sido satisfactoria.

Yo, que nunca he sido de cagar a horas exactas cada día, y que lo mismo lo hago de día que de noche, que no lo hago, pues no entiendo muy bien eso de cumplir con un horario, y mucho menos en un váter unisex compartido.

Llevo algunos días buscando una excusa para sacar el tema de la existencia de una ventana en dicho recinto.

A ver si se entera de que los demás tenemos derecho a usarlo y respirar al mismo tiempo.

08 enero 2010

Vivir con estrecheces

Los aficionados a coger setas sabemos que, por algún motivo inexplicable, hay prados en los que sólo las encuentras en una parcela muy determinada que a simple vista no tiene diferencia alguna con el resto. Y resulta que a partir de una determinada piedra o más allá de la valla que separa la propiedad de uno u otro vecino, no merece la pena dar un paso más ni perder un minuto de tiempo buscando, ya que no se encontrará ni un sólo ejemplar más.

Algo así me ha ocurrido desde el pasado sábado 19 de diciembre. A partir de esa fecha, una sucesión de hechos ha disparado mi vida a un más que incierto futuro del que ya hablaré aquí cuando mi mente lo asuma. Ahora me apetece más lamerme las heridas que ahondar en ellas.

Desde el día de Reyes, mi mujer y yo nos hemos mudado. Hemos dejado a los niños en casa de mi madre para adecuar el nuevo piso a nuestra forma de vida, y que la llegada de los niños suponga el menor trastorno para ellos y para nosotros, ya que el lunes comenzamos la vida normal de coles, prisas y deberes. Así las cosas, llevamos un par de días disfrutando de nuestra soltería sin muchas alegrías pero sí con mucho trabajo. Viajes y más viajes de una casa a otra para trasladar todo lo esencial y diario. Yo, en un principio, me había hecho a la idea de que esto habría que tomárselo como unas vacaciones, o mejor dicho, como algo transitorio que no trastocaría en nada nuestra rutina, pero en linea con mi actual momento de caos vital y profesional, estaba equivocado. La primera mañana no era capaz ni de encontrar unos calzoncillos que ponerme.

Soy consciente de que lo que voy a decir a continuación será malinterpretado por muchos de los que me lean, pero cada uno interpreta la vida según la partitura que le ha tocado, y la mía es la que es. Nuestro piso de acogida tiene unos ridículos 90 metros que no dan para nada. Acostumbrados a vivir en una casa un 50% mayor, no sabemos dónde meter las cosas que utilizamos a diario. Hemos pasado de una cocina con despensa en la que teníamos acumulados alimentos para pasar una guerra a una cocina con poco más de seis armarios en los que hemos de encajar todo. Hemos pasado de cinco habitaciones a tres, de dos armarios roperos a ninguno, de tres armarios grandes a tres diminutos, de tener dos sofás a ninguno, de dos balcones a ninguno y de calefacción central y una temperatura cercana a la del núcleo terrestre a calefacción individual y unos sanísimos y gubernamentales 21 grados centígrados con los que yo paso un frío espantoso.

Mierdavida.

Desde nuestra nueva ventana vemos nuestra casa. No estamos cerca, pero tampoco lejos. Cierto es que en esta ciudad nada está lejos de nada, así que si digo que estamos a 15 minutos caminando, puedo equivocarme en dos o tres arriba o abajo. He localizado ya un par de supermercados en calles anejas, una carnicería bien surtida y una pescadería con muy buena pinta. También un par de fruterías, pero no así panadería con buen género. Tendré que ahondar más en mi nuevo barrio y descubrir sus entresijos.

Los vecinos del piso de abajo tienen perro, cosa que no me agrada en absoluto, aunque supongo que a ellos tampoco les agradará tener sobre sus cabezas dos criaturas correteando todo el día, así que tendré que soportar sus ladridos como ellos soportarán los juegos de mis hijos. El vecino de enfrente es un estudiante chino, y el de al lado un futuro piloto. Junto al ascensor, nada más entrar en el portal, se puede leer un cartel que exige a los vecinos no tirar basuras al patio.

¿Al patio, qué patio?