El 31 de diciembre de 2008, a las 8 de la tarde, se fue la luz. No regresó hasta bien entrada la madrugada. No fue un apagón general en la ciudad, sino en parte del barrio y, más concretamente, un apagón inexplicable en mi manzana. Eso nos obligó a tomar las uvas a la luz de las velas y mientras retransmitían las campanadas por la radio. Sí, muy original todo pero una especie de augurio sobre lo que podía ser el recién nacido año.
No llegué a pensarlo siquiera en su momento, y mucho menos cuando once meses y medio después me ha venido a la memoria un negro comienzo que se une con un final del mismo color.
El viernes 18 nos reunimos todos los compañeros y cónyuges para celebrar la Navidad. Todos menos dos. Uno de ellos viajaba por aquellas fechas por Croacia, mientras que la otra pasaba su primera semana en el hospital tras una complicada operación de ovarios que terminó en una histerectomía. En total, 27 personas, unas cuantas más que el pasado año por esas mismas fechas, lo que sin duda nos hacía entrar en el libro Guiness de los récords como la única empresa del orbe que ha creado empleo en este nefasto año, económicamente hablando. El lugar, curiosamente el mismo que Gesualdo y su SE visitaron hace unas semanas, era el de otras ocasiones, ya que me une una estrecha amistad con su directora y no tengo ningún problema a la hora de dejar en sus manos cualquier celebración con la absoluta seguridad de que todo, absolutamente todo, saldrá a pedir de boca.
Nada hacía presagiar lo que se me venía encima.
El sábado fue un día tranquilo. Tan tranquilo que hasta me dio tiempo a echarme una siesta. Hasta las 18:08 en que sonó el maldito móvil. ¿Hombre Y, qué pasa?. Perdona que te moleste pero...ha muerto mi papá y no sabía a quien llamar, no sé qué hacer, no puedo irme porque no hay billetes y mi papá ha muerto.
La pobre Y no podía parar de llorar, y no era para menos. La conocimos a principio del verano, cuando se ofreció para trabajar con nosotros. Licenciada en matemáticas está en nuestra ciudad preparando su doctorado y necesitaba trabajar para no ser una carga para su familia. Chilena de nacimiento, poco a poco se fue haciendo un hueco en la empresa por su constancia, buen hacer y porque tenía que hacérselo. Y por buena persona, sobre todo por eso. Siempre alegre y dispuesta, se integró desde el primer momento, y no sólo con nosotros sino con el resto de la ciudad. Descubrimos con asombro que era la encargada de abrir uno de los principales monumentos religiosos de la ciudad, ya que junto a su párroco y otro grupo de inmigrantes como ella, habían constituido un grupo que compartían su profunda fe católica casi a diario.
Sólo quería comunicarte que, como no podré acudir al funeral de mi papá, celebraré una oración a las ocho de la tarde, y estás invitado sin ningún tipo de compromiso. A las ocho, como un clavo, allí me presenté y, junto con mi mujer, un par de compañeros más a los que había avisado, el párroco del templo y su grupo de amigos celebramos, no una oración, sino un funeral en toda regla. El oficiante nos colocó en torno al altar. No éramos más de una docena. Y allí, bajo un espectacular retablo del siglo XVII, y con la enorme iglesia vacía a nuestros pies, compartimos todos su desgarro y su dolor de una forma tan cruel para mí como consoladora para ella.
Al día siguiente salió para Barcelona con la intención de volar hasta Santiago de Chile. No he vuelto a hablar con ella. No he podido. Buena señal porque estará donde ella quería, junto a los suyos.
El miércoles 23 volvió a sonar el móvil. Era mi cuñado#3 y colgué. Él sabe, como yo cuando él hace lo mismo, que en ese momento, por uno u otro motivo, no podemos hablar. A los pocos segundos volvió a sonar. Era él otra vez y, claro está, respondí. ¿Qué pasa hombre, tanta prisa tienes?. Ha muerto M, pero M hijo. ¿Cómo que el hijo?. Como lo oyes, le ha pegado un infarto y ha muerto en casa. Pero... Sí, así me he quedado yo cuando me he enterado.... Inmediatamente, nada más colgar, llamé a su mujer. No me contestó. Hice otro par de llamadas que enseguida me confirmaron la noticia. Fui director general de una de sus empresas durante algo más de un año y, durante todo ese tiempo, hice buenas migas con parte de su familia y, sobre todo, con su mujer. Solemos comer una vez al mes juntos para seguir en contacto y contarnos chismes, que es algo que a los dos nos gusta. Habían sido padres hacía poco tiempo y estaban felices después de un embarazo bastante problemático y un no menos difícil parto. Apenas les había visto durante estos meses aunque seguíamos manteniendo contacto telefónico. El miércoles, nada más abrir el tanatorio, me pasé a verla. Estaba sentada en un sofá con los ojos entreabiertos y con una expresión terrible en su cara. En cuanto me vio abrió sus brazos y se abalanzó hacia mi cuello. Se echó a llorar de tal forma que no pude por menos de dejar escapar también mis lágrimas. Era la viva imagen del dolor y no sabía cómo consolarla. Morir a los 39 es una gran putada, pero no sé ni cómo definir la situación de enviudar a los trentaytantos con una hija de apenas cuatro meses.
No he vuelto a llamarla. No me atrevo. No sé qué decirle.
El día de nochebuena cenábamos, como siempre, en casa de mis suegros. Y el móvil, otra vez el puto móvil, comenzó a sonar pasadas las once. Mi hermana, al otro lado, me anunciaba la muerte de mi tío en plena cena de nochebuena. En su día, ya le dediqué un post que ahora rescato y que dejaba bien a las claras mi opinión sobre él, pero que fuera a morirse el día de nochebuena ya era lo que me faltaba por aguantarle. Conociéndole, y por joder, seguro que hasta lo había planeado todo: ahora voy y me muero en plena cena y les jodo a todos las navidades. Y dicho y hecho.
Mi madre, que es como es, en ese mismo momento dio por suspendida toda celebración navideña, así que la comida de Navidad la tuvimos que improvisar añadiéndonos de nuevo a la lista de invitados en casa de mis suegros, no sin antes pasar por el velatorio del aguafiestas con la única intención de no darle un disgusto a mi madre, y no porque él se lo mereciera o le tuviera el mínimo aprecio. Puesto que era Navidad, hubo que enterrarlo pasada la festividad y esperar al sábado 26. Tres días, tres, de cabeza por su culpa. Murió como vivió, amargándonos la existencia.
Una cosa he de agradecerle: su funeral fue en una de las iglesias más espectaculares que yo haya conocido, y el párroco nos obsequió con una misa fantástica que, en cuanto pueda, le agradeceré personalmente. Si hubiera algún rescoldo de fe en mi interior, a buen seguro que lo hubiera reavivado.
Fin. Espero.
Sólo quería comunicarte que, como no podré acudir al funeral de mi papá, celebraré una oración a las ocho de la tarde, y estás invitado sin ningún tipo de compromiso. A las ocho, como un clavo, allí me presenté y, junto con mi mujer, un par de compañeros más a los que había avisado, el párroco del templo y su grupo de amigos celebramos, no una oración, sino un funeral en toda regla. El oficiante nos colocó en torno al altar. No éramos más de una docena. Y allí, bajo un espectacular retablo del siglo XVII, y con la enorme iglesia vacía a nuestros pies, compartimos todos su desgarro y su dolor de una forma tan cruel para mí como consoladora para ella.
Al día siguiente salió para Barcelona con la intención de volar hasta Santiago de Chile. No he vuelto a hablar con ella. No he podido. Buena señal porque estará donde ella quería, junto a los suyos.
El miércoles 23 volvió a sonar el móvil. Era mi cuñado#3 y colgué. Él sabe, como yo cuando él hace lo mismo, que en ese momento, por uno u otro motivo, no podemos hablar. A los pocos segundos volvió a sonar. Era él otra vez y, claro está, respondí. ¿Qué pasa hombre, tanta prisa tienes?. Ha muerto M, pero M hijo. ¿Cómo que el hijo?. Como lo oyes, le ha pegado un infarto y ha muerto en casa. Pero... Sí, así me he quedado yo cuando me he enterado.... Inmediatamente, nada más colgar, llamé a su mujer. No me contestó. Hice otro par de llamadas que enseguida me confirmaron la noticia. Fui director general de una de sus empresas durante algo más de un año y, durante todo ese tiempo, hice buenas migas con parte de su familia y, sobre todo, con su mujer. Solemos comer una vez al mes juntos para seguir en contacto y contarnos chismes, que es algo que a los dos nos gusta. Habían sido padres hacía poco tiempo y estaban felices después de un embarazo bastante problemático y un no menos difícil parto. Apenas les había visto durante estos meses aunque seguíamos manteniendo contacto telefónico. El miércoles, nada más abrir el tanatorio, me pasé a verla. Estaba sentada en un sofá con los ojos entreabiertos y con una expresión terrible en su cara. En cuanto me vio abrió sus brazos y se abalanzó hacia mi cuello. Se echó a llorar de tal forma que no pude por menos de dejar escapar también mis lágrimas. Era la viva imagen del dolor y no sabía cómo consolarla. Morir a los 39 es una gran putada, pero no sé ni cómo definir la situación de enviudar a los trentaytantos con una hija de apenas cuatro meses.
No he vuelto a llamarla. No me atrevo. No sé qué decirle.
El día de nochebuena cenábamos, como siempre, en casa de mis suegros. Y el móvil, otra vez el puto móvil, comenzó a sonar pasadas las once. Mi hermana, al otro lado, me anunciaba la muerte de mi tío en plena cena de nochebuena. En su día, ya le dediqué un post que ahora rescato y que dejaba bien a las claras mi opinión sobre él, pero que fuera a morirse el día de nochebuena ya era lo que me faltaba por aguantarle. Conociéndole, y por joder, seguro que hasta lo había planeado todo: ahora voy y me muero en plena cena y les jodo a todos las navidades. Y dicho y hecho.
Mi madre, que es como es, en ese mismo momento dio por suspendida toda celebración navideña, así que la comida de Navidad la tuvimos que improvisar añadiéndonos de nuevo a la lista de invitados en casa de mis suegros, no sin antes pasar por el velatorio del aguafiestas con la única intención de no darle un disgusto a mi madre, y no porque él se lo mereciera o le tuviera el mínimo aprecio. Puesto que era Navidad, hubo que enterrarlo pasada la festividad y esperar al sábado 26. Tres días, tres, de cabeza por su culpa. Murió como vivió, amargándonos la existencia.
Una cosa he de agradecerle: su funeral fue en una de las iglesias más espectaculares que yo haya conocido, y el párroco nos obsequió con una misa fantástica que, en cuanto pueda, le agradeceré personalmente. Si hubiera algún rescoldo de fe en mi interior, a buen seguro que lo hubiera reavivado.
Fin. Espero.


