Iba a marcharme, pero he decidido quedarme un ratito para escribir algo. La verdad es que no sé qué, pero algo.
Estamos pasando una mala racha. El trabajo se acumula, y no es que sea imposible sacarlo adelante, pero somos pocos y hacemos de todo, así que no nos da tiempo a hacer nada en concreto. Todos tenemos nuestra misión, pero cuando, por circunstancias, nos toca hacer alguna otra además de la nuestra, llega el caos.
Mi abuela apenas sabía escribir su nombre, pero era una de las mujeres más sabias que he conocido, y que seguramente conoceré. Pues mi abuela tenía un verdadero arsenal de refranes y dichos populares. Uno para cada cosa y para cada momento. Ella habría dicho en estos momentos aquello de "el que mucho abarca, poco aprieta", y no se hubiera equivocado. No se puede pretender que la facturación no se vea mermada cuando hace más de dos semanas que no hablo con ningún cliente, y sólo veo albaranes, facturas y cuentas bancarias. O una cosa o la otra, pero las dos al mismo tiempo no puede ser.
La semana que viene inauguramos el nuevo proyecto. La nueva aventura. Mi aventura. Y todos queremos que, como mínimo, tenga la misma calidad que el de ahora. Y eso lleva tiempo. Mucho. Estoy deseando que llegue el día y pasemos este primer trance. Una vez que veamos que todo ha salido bien (porque al final siempre sale bien), pasaremos página y volveremos a la normalidad. Pero hasta entonces, el caos.
Aún así no me quejo. No puedo quejarme. El trabajo me gusta y disfruto haciéndolo. Incluso con estas jornadas maratonianas en las que casi no veo a los niños. Me da mucha rabia estar con ellos tan solo 10 minutos antes de que se vayan a la cama, pero sigo convencido de que esto pasará pronto, y que las vacaciones cada día están más cerca.
El examen de mi mujer está a dos semanas vista, y cuando pase todo tendremos que plantearnos ese fin de semana que tenemos pendiente desde hace tiempo. Y creo que deberíamos irnos solos. Lo necesitamos. Mi exceso de horas en el trabajo y sus nervios pre-examen nos están pasando factura, y apenas hablamos. Cuando lo hacemos, acabo agachando la cabeza porque ella está soportando demasiada presión y no quiero discutir. Y ella lo sabe, porque en otras circunstancias ya me habría echado en cara mi pasividad ante las discusiones.
Ya que me he puesto a escribir, y no sé cuándo encontraré otro ratito, no puedo pasar por alto mi último capricho. Y es que no deja de ser un capricho el
manos libres para el coche que me compré el otro día. Sí, hablo por teléfono, y mucho, pero como apenas conduzco los días de diario, pues tampoco me hacía una falta extrema, pero no me puede aguantar. Estaba de oferta a 139€, y teniendo en cuenta que la multa son 125€ si te pillan, pues casi que merece la pena. Además, el otro día me fijé que cuando hablas por teléfono cuando conduces, haces las cosas mecánicamente y no te das ni cuenta de por dónde vas ni cómo. Me pasé casi 20 minutos hablando por teléfono y cuando me quise dar cuenta ya había llegado a mi destino. Intenté hacer memoria de por dónde había ido y no me acordaba, así que debe ser cierto lo de que es una causa directa de accidentes.
Y nada más. Que me marcho a casa. Que prometo volver pronto y que me disculpen todos aquellos que entran y entran en mi blog para ver si hay algo nuevo y no lo encuentran. Y que me disculpen también aquellos a los que suelo acudir y comentar sus posts.
Prometo regresar a la normalidad en breve.