A media mañana me preparé, como de costumbre, mi cafetito de máquina. De reojo no pude evitar echarle una miradita al lugar donde tenemos todos los complementos que hacen de este momento algo tan apetecible. Donettes, pastas y las rosquillas de la abuela de I. recién traidas del pueblo. Juraría que una de ellas tenía ojos y me guiñaba el izquierdo de manera provocativa para que mis manos la acariciaran y la acercaran a mi boca. Imaginé su sabor, ya que el olor llegaba perfectamente a mi nariz. Una de mis manos hizo ademán de acercarse a ella, pero mi cerebro le ordenó a voz en grito que no lo hiciera. Ella, muy disciplinada, volvió a su sitio. Pero, ese olor... Mi nariz órdenó a mis pies que se acercaran sigilosamente, mientras mis manos seguían moviendo la cucharilla de plástico dentro del vaso. Pero en ese momento mi cerebro, siempre vigilante, y en un astuto golpe de efecto, provocó que uno de ellos se enganchara en el cable de la fotocopiadora, y que el resto de mi cuerpo se abalanzara sobre mi silla, que fue la que evitó que terminase en el suelo. Por suerte, mis manos agarraron el vaso de café fírmemente evitando que se derramase ni una sola gota.
Mi cerebro, mientras me sentaba, obligó a mis ojos a mirar justo delante de mi, bajo la pantalla del ordenador. Y ahí estaba, sobre el taco de Post-it amarillos que nunca utilizo. Una brillante y maravillosa barrita de energéticos cereales sin calorías y con 0% de materia grasa que, quien sabe por qué, compré hace unos días en el súper.
