15 julio 2012
11 julio 2012
10 julio 2012
Mirando al mar
Tengo la extraña sensación de que el tiempo se me va de las
manos. Intento pararlo de la misma forma que defiendo un castillo de arena
contra las olas. Pretendo poner una barrera lo más alta posible, reforzarla en
sus cimientos y mantenerla cuidada con todo el mimo del que soy capaz, pero las
olas van golpeándola una y otra vez llevándose la arena poco a poco. Hasta que,
no sabe uno muy bien por qué, el mar crece de repente y una enorme masa de agua
se traga el castillo entero, dejando unos pocos montículos romos como única
huella de que allí hubo algo.
Ayer observaba a mi hijo en la piscina jugando con un grupo
de adolescentes con los que ha hecho buenas migas en el último torneo al que
acudió. Son buenos chicos, pero sufren el exceso hormonal propio de la edad
biológica y los arranques de cretinez lógicos de la edad mental. Él los mira
como embobado y se une a sus bravuconadas. Yo le miro como a mi castillo de
arena y, ya muy cerca, puedo ver también cómo la ola se va acercando.
Espero que con el cubo, la pala y el rastrillo que ya me he
comprado sepa defender bien mi castillo y, llegado el momento, ayudar a reconstruir
sus ruinas.
09 julio 2012
Pareceres
Este fin de semana hemos comenzado a preparar todo lo
necesario para la gran partida del próximo lunes. La casa está llena de
cachivaches propios de unas tradicionales vacaciones playeras, y puede uno
tropezarse por el pasillo con una enorme bolsa repleta de cubos y palas, la
caja de plástico en la que viajarán los alimentos que matarán el hambre del
primer día, la baca o la tabla de surf y el traje de neopreno del heredero.
Yo, por mi parte, ya tengo a la vista para
que no se me olvide la llave del apartamento. El próximo jueves llamaré, como
por equivocación, a mi casera de verano para preguntarle cualquier fruslería y
sondear la posibilidad de adelantar un par de días nuestra llegada. No sería la
primera vez, aunque lo veo difícil. Al coincidir en cambio de quincena con un
fin de semana dudo mucho que el apartamento quede libre anticipadamente, pero
por preguntar nada se pierde.
Tengo ganas de irme. Como siempre, siento la
necesidad de huir. Tengo ya esa sensación en el estómago que me indica que el
momento ha llegado. También como siempre las dos últimas semanas antes de
partir son muy intensas. La pasada semana estuve a punto de sufrir un infarto,
y esta no augura nada diferente. Necesito bajar las pulsaciones y olvidarme del
teléfono móvil y del correo electrónico durante unos cuantos días.
Parece fácil. Parece imposible.
06 julio 2012
Burofax
A quien corresponda.
Mediante la presente le hago saber mi disconformidad con la actual situación. Como usted bien sabe, durante los meses de julio y agosto mi contrato laboral incluye dos cláusulas de obligado cumplimiento:
- Horario continuado de 8 a 15 horas de lunes a viernes
- Temperaturas acordes con la estación
Es evidente que la cláusula segunda no se está cumpliendo, y no hay derecho a que en vísperas de la celebración del único Santo al que venero, exclusivamente por sus connotaciones taurinas, aún siga saliendo de mi domicilio provisto de una cazadora y abrochado casi hasta el cuello.
Le ruego que tome nota de este escrito y dé las órdenes oportunas para que esta situación no vuelva a repetirse, más si cabe cuando sólo faltan 10 días para que den comienzo mis vacaciones, en las que espero y deseo que toda esta situación se haya reconducido.
Atentamente.
02 julio 2012
Asturias en negro
Encontré una Asturias desconocida. Bonca y áspera como nunca.
Nada más pasar el túnel, la presencia de dos furgonetas de la Guardia Civil enrareció
el ambiente. Eran guarcias civiles de esos que asustan sin necesidad de llevar
tricornio. De esos con medidas de armario ropero y boina verde.
Por el camino, más furgonetas detenidas en el
arcén y patrullas a las que adelantábamos cada ciertos kilómetros. Avisos en
las pantallas de la carretera para que los camioneros se detuvieran en tal o
cual punto para, luego lo descubrí, agruparse y continuar su ruta escoltados.
Y de pronto me vinieron a la memoria imágenes
que pasaron desapercibidas para mí hace unos días. Imágenes de Telediario
llenas de humo y barricadas. Y violencia, mucha violencia.
Pasamos sobre decenas de lugares que aún
mostraban los restos de aquellas batallas. Señales sobre un asfalto derretido
en parte que eran síntoma inequívoco de haber estado expuestos a altas
temperaturas. Señales circulares de neumáticos ardiendo. Cada 500 metros, una.
Toda una estrategia bien planificada de guerra de guerrillas.
Los niños jugaron, y no lo hicieron mal.
Sufrieron lo suyo, pero llegaron lejos. Se sobrepusieron a una grada atronadora
y unos contrincantes marrulleros. Con diez años, pero con síntomas de estar
incubando algo que no me gustaría tener dentro.
La culpa no es suya. Debe ser difícil jugar
al fútbol por las tardes después de haber despedido a tu padre por la mañana
sabiendo que se va a la guerra. A una guerra que lo invade todo con pancartas,
soflamas y comentarios. Me los imagino hablando durante la comida: ¿qué tal
esta mañana, papá?; pues todo bien, organizamos media docena de barricadas y
lanzamos unos cohetes a la Guardia Civil. Luego apedreamos a unos camioneros y
bloqueamos varias carreteras; ¡Cómo mola!, ¿puedo ir contigo mañana?
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