Desde el viernes por la tarde todo ha vuelto a la normalidad. El primogénito fue devuelto al hogar sin más daño que 5 puntos de sutura y un trozo de tripa menos en su anatomía. Final feliz.
La convalecencia ha dado lugar a un rosario de visitas, todas ellas acompañadas de cuantiosos dulces de todo tipo y ricas viandas para procurar la rápida recuperación del enfermo. Puesto que la operación ha supuesto un removimiento de entrañas más o menos grande, esto ha tenido como resultado una falta de apetito que poco a poco va recuperándose, pero que durante los primeros días me ha obligado a dar buena cuenta de pasteles variados, churros y porras y algún que otro bizcocho relleno de crema y chocolate. Todo sea por el bien de los hijos.
Esto ha reparado en parte el disgusto que me traje el viernes de la capital de España tras una mañana, y primera hora de la tarde, repletas de reuniones y sinsabores varios. El madrileño es un ser curioso. En primer lugar porque nadie es nativo, y en segundo lugar porque vivir en una ciudad tan grande produce una costra, yo diría caparazón, que endurece y muchas veces envilece al ciudadano hasta tal punto que le lleva al desprecio del no capitalino. Y uno, provinciano pero honrado, se da de calabazones contra las paredes cuando cae en la cuenta de que ha caído en la trampa y ha entrado al trapo a una argucia tan simple como antigua: esta reunión no es importante, pero sin embargo marcará para siempre nuestra futura relación laboral. Mierda.
No todo está perdido porque uno tiene amigos hasta en el mismísimo infierno, y a eso de las tres de la tarde, tras varias horas de conversación telefónica, correos electrónicos y mensajes a través del maravilloso Whatsapp conseguí enderezar lo casi perdido y aprovechar el acueducto del 2 de mayo para replantearme el contraataque y la reconquista del terreno perdido. Tan intensa fue la mañana que tuve que aprovechar los veinte minutos que saqué para comer para entrar en una tienda de telefonía y comprar un cargador para mi listísimo teléfono, que será un hacha en gestionar mis contactos y quehaceres, pero es una puta mierda en lo que se refiere a duración de la batería.
Para colmo de males la vuelta se me complicó y coincidí con la operación salida, lo que sumado a la intensa lluvia que no paraba de caer hicieron de la vuelta algo insufrible, más si cabe si tenemos en cuenta las ganas que tenía de ver a mi hijo ya en casa.
Descubrimiento: la cafetería donde desayuné, justo frente a la Audiencia Nacional y a un tiro de piedra de la sede del partido en el Gobierno.
Qué asociación de ideas más rara.