30 abril 2012

Don Pelayo

Desde el viernes por la tarde todo ha vuelto a la normalidad. El primogénito fue devuelto al hogar sin más daño que 5 puntos de sutura y un trozo de tripa menos en su anatomía. Final feliz.

La convalecencia ha dado lugar a un rosario de visitas, todas ellas acompañadas de cuantiosos dulces de todo tipo y ricas viandas para procurar la rápida recuperación del enfermo. Puesto que la operación ha supuesto un removimiento de entrañas más o menos grande, esto ha tenido como resultado una falta de apetito que poco a poco va recuperándose, pero que durante los primeros días me ha obligado a dar buena cuenta de pasteles variados, churros y porras y algún que otro bizcocho relleno de crema y chocolate. Todo sea por el bien de los hijos.

Esto ha reparado en parte el disgusto que me traje el viernes de la capital de España tras una mañana, y primera hora de la tarde, repletas de reuniones y sinsabores varios. El madrileño es un ser curioso. En primer lugar porque nadie es nativo, y en segundo lugar porque vivir en una ciudad tan grande produce una costra, yo diría caparazón, que endurece y muchas veces envilece al ciudadano hasta tal punto que le lleva al desprecio del no capitalino. Y uno, provinciano pero honrado, se da de calabazones contra las paredes cuando cae en la  cuenta de que ha caído en la trampa y ha entrado al trapo a una argucia tan simple como antigua: esta reunión no es importante, pero sin embargo marcará para siempre nuestra futura relación laboral. Mierda.

No todo está perdido porque uno tiene amigos hasta en el mismísimo infierno, y a eso de las tres de la tarde, tras varias horas de conversación telefónica, correos electrónicos y mensajes a través del maravilloso Whatsapp conseguí enderezar lo casi perdido y aprovechar el acueducto del 2 de mayo para replantearme el contraataque y la reconquista del terreno perdido. Tan intensa fue la mañana que tuve que aprovechar los veinte minutos que saqué para comer para entrar en una tienda de telefonía y comprar un cargador para mi listísimo teléfono, que será un hacha en gestionar mis contactos y quehaceres, pero es una puta mierda en lo que se refiere a duración de la batería.

Para colmo de males la vuelta se me complicó y coincidí con la operación salida, lo que sumado a la intensa lluvia que no paraba de caer hicieron de la vuelta algo insufrible, más si cabe si tenemos en cuenta las ganas que tenía de ver a mi hijo ya en casa.

Descubrimiento: la cafetería donde desayuné, justo frente a la Audiencia Nacional y a un tiro de piedra de la sede del partido en el Gobierno.

Qué asociación de ideas más rara.

25 abril 2012

Comunicado de una Casa Real

El heredero ha sido operado de apendicitis con éxito.

Tras dos noches de ingreso hospitalario, y puesto que los dolores no remitían, una ecografía confirmó todas las sospechas: apendicitis aguda.

La apendicectomía fue realizada con éxito por un equipo de 4 profesionales de nuestra maravillosa sanidad pública en el Hospital Clínico Universitario en una rápida intervención de apenas hora y media de duración.

El informe médico resultante, que no ha trascendido a los medios de comunicación, se hacía eco de las buenas perspectivas de recuperación del paciente, que en un breve plazo de tres días volverá a estar en su domicilio habitual, siempre que el tránsito intestinal se recupere con normalidad.



19 abril 2012

Acción/reacción


Esta primavera está primaverando demasiado. Sol, nube, lluvia, nube, sol, granizo, sol, lluvia, nieve, sol, nieve, granizo, nube, frío, granizo, sol, calor, nube, lluvia…

Joder, no sabe uno qué ponerse, ni si sacar paraguas o dejarlo en casa. Vamos, aquello de no saber si tirarse al tren o al maquinista. E igual que la primavera está la población en general: rara. Hace un par de semanas que no cierro nada más que trabajos de medio pelo que me cuesta Dios y ayuda que avancen. Que si no lo tengo claro, que si déjame que me lo piense y te llamo, que si no he tenido tiempo. El caso es que no dejo de abrir órdenes de trabajo pero se me pasan los días y no se desarrollan a la velocidad debida.

Esta desgana generalizada me contagia y los días se me hacen eternos. Además, si hacemos cuentas, entre el 1 de abril y el 1 de mayo sólo habrá 13 días laborables, con lo que este querer y no poder se acentúa. Todo el mundo está a medio gas porque cuando empieza a coger velocidad le viene un parón de varios días. 

Así nos va.

17 abril 2012

Vivir y nada más


Me da igual que el rey se nos vaya de cacería y se rompa la crisma; que su mujer, la reina, pase a verle por el hospital 10 minutillos casi cuatro días después; que su yerno sea un chorizo de muy buen ver; que su nuera esté más o menos delgada o que su nieto se vuele un dedo del pie con una escopeta de perdigones.

Estoy harto de todo el mundo, desde el rey hasta el más reciente de sus súbditos, pasando por políticos, periodistas, futbolistas, y demás “istas”. Harto de la lista de kirshner, del mudo de Rajoy y de la madre que los parió a los dos. Harto de la prima de riesgo y de los riesgos bursátiles. Harto de la economía y de la econosuya. Harto de salir a la calle para escuchar lamentos y crujidos de dientes.

Me la sopla todo.

Me paso el día viendo reportajes de españoles por el mundo que viven felices en playas lejanas y países remotos donde todo es felicidad y pieles bronceadas. Y como buen ciudadano de un continente del tercer mundo, quiero emigrar para encontrar el paraíso. Ese paraíso que sólo existe en la televisión.

Quiero disfrutar de mis hijos y verlos crecer sin pensar en más allá del próximo fin de semana.

¿Es que es pedir demasiado?

16 abril 2012

Me voy de putas

O lo que viene siendo a merendar.

Vamos, que hoy es "lunes de aguas".


11 abril 2012

Cartón piedra



Entre Semanas Santas, pitos y flautas, llevo casi 10 días sin aparecer por aquí. Cierto es que lo he intentado un par de veces pero no he encontrado motivos para decir nada. Hoy tampoco.

Ayer mantuvimos una esperadísima reunión en Madrid a la que llegamos 45 minutos tarde. Accidente en la A6, a la altura de Majadahonda, incendio de un camión de Coca Cola en los túneles de la M40 y caos generalizado. Un atasco pone a todos al mismo nivel. Da igual que seas portugués y vayas metido en un coche de no sé cuántos millones y juegues al fútbol. El tipo del carril de al lado, en este caso yo, está igual de resignado. Claro, que cuando la cosa se desatasca, la forma de ver la vida de cada uno sigue por rutas opuestas: yo, a sentarme con un tipo en la planta noble de un megaedificio de oficinas a rogarle que me dé las migajas de su presupuesto de marketing; él, a trotar un ratito en pantalones cortos y a echar el resto del día paseándose en megacoches y zumbándose a todas las rubias que se le ponen a tiro. Mierda de atascos.

Luego tuve que acercarme hasta el centro para hacer otras gestiones, entre ellas sentarme en el Rodilla de Serrano a tomar un cafetito. Me encanta el barrio. Es como un parque temático de las apariencias y los conjuntos imposibles. ¿Por qué los ricos tendrán ese gusto para mezclar colores?. Yo no sería capaz de ir por ahí con una americana azul cruzada, de esas con botones dorados, camisa azul celeste, pantalones verdes y zapatos nuevamente azules. Y siempre, pero siempre, pañuelo en el bolsillo. Verde, por supuesto. Qué valor. Qué cojones. Qué maravilla.

Soy feliz paseando, viendo tiendas, degustando ropa que no me pondría. Cazadora, 2.800; pantalones, 1.640; zapatos, 480. “Pues no son tan caros”, me sorprendo pensando.

Seré gilipollas…

02 abril 2012

Beber sin cabeza



Este fin de semana han caído más copas que durante todo el año pasado. Tres, exactamente. Esto dará una idea a mi incontable audiencia de mi afición desmedida por el alcohol y mi ajetreada vida de bares y garitos. Mayormente no soy muy aficionado debido a los efectos que el alcohol me causa, esto es, una resaca del carajo. Pero mira tú por dónde que este ha sido el fin de semana anual en el que mi cabeza decide no darme disgustos y ha superado la prueba con una matrícula de honor y aquí estoy, como un chaval.

Y es que el viernes decidí tomármelo libre de familia. Mi hijo mayor se había apuntado a una fiesta de pijamas en casa de un amigo, la pequeña tenía cumpleaños (acontecimiento del que hay que huir sin dilación), y mi mujer tenía previsto tirar la casa por la ventana para comprarse un vestido que estrenar en la comunión del heredero, que es el acontecimiento familiar del año. Así que yo, decidí darme a la bebida. Me senté en una terraza y, cara al sol, me calcé un par de copas de esas que se preparan con cariño y entran como si fuesen agua. Unos frutos secos, unas patatitas y unas aceitunas completaron una tarde maravillosa.
Llegada la hora de salida del cumpleaños y, una vez recogida la criatura, retomamos los lazos familiares quedando con la madre compradora compulsiva en otra terraza más familiar. Así que vuelta a la cocacola, aunque esta vez sin aderezo alguno, acompañada de montañas de patatas bravas de esas que no pican pero que están tremendamente buenas. El final estaba anunciado: mi hija no podía sujetar sus párpados y poco a poco se le fueron cerrando los ojos, así que vuelta al hogar.

El sábado no se madrugó porque el partido de mi hijo era a mediodía, y como estaba durmiendo fuera de casa no hubo que tocar diana. Desayuno con tostadas y viaje hasta el alfoz a recogerlo para poder llegar a tiempo al partido. Tras la victoria y con el orgullo de que mi primogénito metiera dos goles, regreso al gineceo para recoger a la otra mitad y salir raudos y veloces hacia un mesón en un remoto paraje en el que por 10 módicos euritos por cabeza celebramos el cumpleaños de una madre amiga con otro par de familias. Y ahí fue donde cayó la tercera.

El domingo, sin restos de malestar por algún tipo de milagro semanasantero, echamos la mañana paseando en bici por la ciudad y disfrutando de un tiempo inmejorable para rematarlo todo comiendo una fantástica paella casera con bien de arroz socarrat. La tarde me la pasé tirado en el sofá después de haberme echado la siesta, directamente, en la cama.

Un placer.