Recuerdo
aquellas enormes monedas de diez duros entre mis manos. Una fortuna. También
recuerdo a alguien que colocó en la vía una de ellas y esperó a que el tren
pasase por encima. Recuerdo que lloraba.
Recuerdo
aquellas mañanas de domingo de futbolín en el barrio. Después de misa había que
gastarse la paga. Recuerdo que el dinero se iba rápido, y el domingo era muy
largo.
Recuerdo
la Sesión de Tarde de los sábados. Echaban pelis de vaqueros. Recuerdo que
nunca podía verlas por culpa de la catequesis.
Recuerdo
el fino hilo de humo azulado que despedía el cigarro de mi padre reposando sobre
el cenicero. Agitaba mis manos a su lado y se rompía en mil pedazos, pero
siempre se recomponía. Me recuerdo mirándolo.
Recuerdo
las moscas pinchadas en las púas que tenía aquel tiesto de la ventana. Movían
sus patas sin parar, a veces durante días. Recuerdo que a mi madre no le
gustaba aquel cementerio.
Recuerdo
aquella mano sobre el pecho izquierdo de mi vecina. Hubiera matado por que
fuera la mía. Recuerdo que su recuerdo alimentó muchas de mis fantasías
adolescentes.