13 junio 2012

No te veo. No existes



No sé muy bien por qué, hay gente a la que retiré el saludo sin motivo alguno. Por pereza, quizás. Por timidez, tal vez. Por desgana, también. Por… vaya usted a saber.

Viviendo en una ciudad pequeña como esta en la que tarde o temprano terminas por tropezarte con quien no debes, eso de dejar de saludar a la gente conlleva el pago de excesivos peajes. Ahí va alguno:

  • Fue profesor mío. De Filosofía, para más señas. Era cura, hasta que dejó preñada a la hija de un militar chusquero que vivía, curiosamente, en el portal de al lado del mío. Desde hace años somos vecinos, compramos en la misma frutería y nos cruzamos día sí y día también en el mismo trozo de acera. Él me conoce, y yo a él. Él no me saluda, y yo a él tampoco. Cada vez que le veo le recuerdo con sotana, un cáliz en la mano y dando la comunión en la capilla del colegio. Supongo que a él le traigo también recuerdos que preferiría olvidar. No nos saludamos y todos tan contentos.
  • Era un mal bicho. Vamos, lo que es ser un mal bicho a los doce años. Era repetidor, lo que conllevaba un halo de maldad intrínseco que se acentuaba con los constantes abusos al prójimo. Mal hablado, pendenciero, de dientes amarillos y siempre despeinado, terminó siendo expulsado del colegio y desapareció durante muchos años. Hoy, mira tú por dónde, regenta la óptica que se instaló hace ya un par de años en la esquina de mi manzana. Cruzo por delante de su puerta a diario, y muchas veces me lo encuentro fumando apoyado en ella saludando a todo el que por allí pasa. Menos a mí, al que mira con insistencia buscando un cruce de miradas que le lleve a entablar una conversación a la que no estoy dispuesto. Porque no me da la gana.
  • Me quiso más que yo a ella. Fue uno de esos amores no correspondidos porque yo, qué le vamos a hacer, bebía los vientos por otra. Lo intentó, vaya si lo intentó. Y yo, ni caso. Por más que se arrimaba, por más que lo pedía, por más que lo gritaba, yo, ni caso. Hasta que se cansó, claro. Y yo descansé, también. Perdimos el contacto durante muchos años en los que yo supe de ella y ella de mí, pero sin más interés que el meramente informativo. El pasado viernes me la encontré en unos grandes almacenes. La reconocí por el rabillo del ojo mientras pedía en el departamento de atención al cliente, por enésima vez, la clave de acceso de mi tarjeta para operar por internet. Hice como que jugueteaba con mi hija para pasar el mal trago de tenerla a menos de tres metros y no decirle nada. Hasta que ella, viendo que me hacía el remolón, me dijo: “¡Pero bueno, no me lo puedo creer!. Pero si estás igual que hace…¿cuánto?, ¿14 ó 15 años?. Es increíble, a los demás les he seguido viendo, pero a ti no. Y estás igual: sigues teniendo pelo, no tienes barriga… ¿pero cómo lo haces?”.  No pude por menos de agradecer todos sus halagos y corresponderlos. Estaba como yo la recordaba. Una rápida puesta al día de nuestros respectivos estados civiles e hijos que aportábamos cada uno, alguna que otra carantoña y cuatro cariñosos besos hicieron que mi mujer, emboscada tras unas estanterías de comida para mascotas, esbozara más de una socarrona sonrisa cuando se reunió conmigo unos minutos después. “¡Ay, Pernam, Pernam…!”, me dijo mientras se agarraba a mi brazo.
¿Y, ahora que caigo, qué haría mi mujer en la sección de mascotas si no tenemos ninguna?


2 comentarios:

Eleuterio dijo...

Te hará un hámster para la cena.

Muy bonitas historias de no encuentros.¿Así que no tienes barriga y estás igual que hace 15 años? Mmm....:-))

Pernam dijo...

Eleuterio, se agradece el halago. Y cuídame en tu imaginación, seguro que en ella estoy mucho mejor que al natural.