Ayer estrené mi nuevo carnet de abonado al servicio de alquiler de bicis municipal. Una gozada, tú.
La primavera y el otoño son lo mejor de esta
ciudad, que arde en verano y es un auténtico congelador en invierno. Y pasear
en bici con los 18 grados que disfrutamos cada día desde hace ya algunas
semanas es algo impagable. Bueno, sí. Se paga mediante un precio público de
risa: 20,60€ anuales. Y por ese miserable precio tienes tropecientas bicis a tu
servicio distribuidas por toda la ciudad para que puedas ir haciendo etapas o
recorridos cortos sin tener que utilizar el coche y mejorando tu salud. Porque nuestro
Gobierno Municipal siempre vela por sus ciudadanos.
El caso es que va uno por la calle sorteando
peatones y saludando a una parroquia que me mira entre sorprendida e incrédula.
Porque ver a un cuarentón que va por ahí diciendo que no hace ejercicio desde
que hizo la mili a principios de los noventa montado en una bici con cestita es
algo, como poco, sorprendente. Pero que me da lo mismo. Que yo, a pedalear. Eso
sí, doy fe de que esta ciudad está asentada sobre 5 colinas, tal y como narra
William Bradford en su “Viaje por España y Portugal”, y para un recién llegado
a esto de las dos ruedas eso no deja de ser una putada (¡deja ya de reírte,
AdMiles!)
En fin, que con la venia del ciclista
farinato, seguiré practicando y disfrutando de las cuestas hasta la llegada del
tórrido verano. Siempre y cuando sean hacia abajo, claro.
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