Decir que me lo he pasado como nunca sería quedarme corto.
Decir que he disfrutado no haría justicia a lo que he sentido. Decir que ha
sido la mejor experiencia invernal de mi vida se acercaría a la realidad, pero
sólo en parte.
Hace 20 años que esquío. 20 años de viajes,
miles de kilómetros en coche y autobús, noches sin dormir para llegar a la
crítica hora de calzarme las tablas y tirarme ladera abajo, forfaits
aprovechados hasta el último segundo para montar en el coche casi con las botas
puestas y llegar a casa con el tiempo justo de cambiarme de ropa y salir zumbando
al trabajo sin haber probado la cama, cenas pantagruélicas tras días de bajadas
sin paradas para comer, abandonos de pista por mala nieve para terminar frente
a un puchero de cocido montañés o monchetas con butifarra…
Pero estos 5 días han superado todos esos
buenos recuerdos por una única razón: mis hijos. Esquiar con dos niños que han
aprendido lo básico en una mañana y que ya son capaces de bajarse una pala sin
el mayor de los problemas es algo maravilloso. Ver cómo disfrutan desde el
primer momento. Ver cómo te miran y cómo aprenden. Ver su sonrisa eterna y su
afán de superación es algo que proporciona una sensación de bienestar
insuperable. Esquiar con tus hijos al lado es lo mejor y más gratificante que
me ha proporcionado un deporte que me envenenó el primer día.
Lo demás también ha acompañado: un hotel
modesto pero suficiente, una comida mediocre pero razonable, un precio asumible
y perfectamente justo con el servicio prestado. Un viaje eterno pero
ilusionante. Un tiempo fantástico y una nieve inmejorable.
Voy por la calle sonriendo y la gente me mira
extrañada.
No tienen ni idea.
2 comentarios:
Lo del ski tengo yo que probarlo algun día, aquí en la cosa provincial, todo el muno dice que es la mar de divertido pero por lo que cuentan las primeras veces lo único que haces es dar "cuerpás" y no me apetece mucho molerme.
Pero vamos, que me alegro, que haya alguien felíz en el mundo.
Pues creo que tú eres de los que lo tienen fácil para motivarse: echas la bici al coche, te llegas hasta la capital textil, te embutes en el coulotte (se dirá así, digo yo) y tiras p'arriba como alma que lleva el diablo. La subida, seguro que te gusta.
Y cuando llegues, si tienes cuerpo para pasar el resto de la jornada en plan esquiador, si quieres lo hablamos.
El final es bien fácil: das la vuelta a la máquina y la gravedad hará el resto.
Si lo coronas todo con un buen calderillo, el plan sería perfecto.
¿O no?
Publicar un comentario en la entrada