25 enero 2012

Babor y estribor, o viceversa


Tengo que hacer, todos los días, verdaderos esfuerzos por seguir escuchando la radio. Es un coñazo abrir los ojos cada mañana y enchufar la radio para que esta vomite millones de datos, ninguno de ellos positivo, sobre el presente y el futuro. Soy consciente de la suerte que tengo y el privilegio que hoy en día supone tener que madrugar para acudir al trabajo. Y lo que antes, cuando éramos ricos, era una maldición bíblica que se sobrellevaba unos días mejor y otros peor, hoy se ha convertido en la única alegría mañanera que uno se lleva tras apagar el despertador. “Cosas veredes”.

No sé si alguno de los votantes del PP tenía vagas esperanzas en que esto mejorase. Alguno habrá, digo yo, pero entiendo que casi todos eran conscientes, como personas inteligentes que seguramente son, que al menos a corto plazo era una misión imposible. También creo que ninguno de ellos estaba preparado para comerse cruda una realidad cabezota que se empeña en demostrar que la situación era tan mala como se presumía y, lo que es peor, que aún no ha tocado fondo. Pero lo más intragable, lo absolutamente inconcebible, lo realmente imposible de aceptar es que no todo era culpa del maléfico Zapatero. Mira tú que ahora se han dado cuenta de que la crisis es internacional, ¡qué digo internacional!, ¡global!, ¡planetaria!, ¡universal! y que ahí fuera no gobernaba el malvado Zapatero. Y que su puñetera prima de riesgo resulta que también es prima de Mariano. Y que el FMI dice las mismas cosas sobre las reformas de Mariano que las que decía antes de las de Zapatero, y…

¿Y qué decir de Mariano?. Pues muy sencillo, que me cae bien. Que lo está haciendo bien. Que no me gusta que hable poco pero tampoco me sorprende. Que no me gusta alguno de sus ministros bocazas. Que su vicepresidenta está siendo todo un descubrimiento. Que creo que comete un error con tanto ministro económico y me da la impresión de que van a tardar tres telediarios en liarse a palos entre ellos. Que debería pegar un puñetazo en la mesa y dejarles claro a los obispos, sobre todo al de Valladolid, que cada uno se casa con quien quiere y donde quiere y eso no es óbice para impedirle ser pregonero de nada.

Vamos, que todo sigue igual y que nada cambia porque sí. Que nadie es culpable de todo ni lo arregla todo. Que da igual quien esté gobernando la nave porque son todos lo mismo y a todos les gusta arrimarse demasiado a la costa para saludar al tendido y hacerse los gallitos. Y que, de vez en cuando, el barco zozobra y todo el mundo termina en el agua.

Todos menos el capitán.

1 comentarios:

rickisimus2 dijo...

Buen símil el del capitán que se acerca a la costa. Me lo anoto.