Tengo
que hacer, todos los días, verdaderos esfuerzos por seguir escuchando la radio.
Es un coñazo abrir los ojos cada mañana y enchufar la radio para que esta
vomite millones de datos, ninguno de ellos positivo, sobre el presente y el
futuro. Soy consciente de la suerte que tengo y el privilegio que hoy en día
supone tener que madrugar para acudir al trabajo. Y lo que antes, cuando éramos
ricos, era una maldición bíblica que se sobrellevaba unos días mejor y otros
peor, hoy se ha convertido en la única alegría mañanera que uno se lleva tras
apagar el despertador. “Cosas veredes”.
No sé
si alguno de los votantes del PP tenía vagas esperanzas en que esto mejorase.
Alguno habrá, digo yo, pero entiendo que casi todos eran conscientes, como
personas inteligentes que seguramente son, que al menos a corto plazo era una
misión imposible. También creo que ninguno de ellos estaba preparado para
comerse cruda una realidad cabezota que se empeña en demostrar que la situación
era tan mala como se presumía y, lo que es peor, que aún no ha tocado fondo. Pero
lo más intragable, lo absolutamente inconcebible, lo realmente imposible de
aceptar es que no todo era culpa del maléfico Zapatero. Mira tú que ahora se
han dado cuenta de que la crisis es internacional, ¡qué digo internacional!,
¡global!, ¡planetaria!, ¡universal! y que ahí fuera no gobernaba el malvado
Zapatero. Y que su puñetera prima de riesgo resulta que también es prima de
Mariano. Y que el FMI dice las mismas cosas sobre las reformas de Mariano que
las que decía antes de las de Zapatero, y…
¿Y qué
decir de Mariano?. Pues muy sencillo, que me cae bien. Que lo está haciendo
bien. Que no me gusta que hable poco pero tampoco me sorprende. Que no me gusta
alguno de sus ministros bocazas. Que su vicepresidenta está siendo todo un
descubrimiento. Que creo que comete un error con tanto ministro económico y me
da la impresión de que van a tardar tres telediarios en liarse a palos entre
ellos. Que debería pegar un puñetazo en la mesa y dejarles claro a los obispos,
sobre todo al de Valladolid, que cada uno se casa con quien quiere y donde
quiere y eso no es óbice para impedirle ser pregonero de nada.
Vamos,
que todo sigue igual y que nada cambia porque sí. Que nadie es culpable de todo
ni lo arregla todo. Que da igual quien esté gobernando la nave porque son todos
lo mismo y a todos les gusta arrimarse demasiado a la costa para saludar al
tendido y hacerse los gallitos. Y que, de vez en cuando, el barco zozobra y
todo el mundo termina en el agua.
Todos
menos el capitán.
1 comentarios:
Buen símil el del capitán que se acerca a la costa. Me lo anoto.
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