29 septiembre 2011

943

Semana agotadora de viajes interminables, calores insoportables, convenciones sin sentido, discursos farragosos, prisas inesperadas y promesas de futuro.

Sólo falta que mi cabeza explote. Y lo hará, sin ninguna duda, mañana viernes, cuando más necesitaría que nadie me molestase.

21 septiembre 2011

942

Hay que ver como están las cosas. No sé, no sé...
Lo que yo te diga, esto no tiene arreglo.
¡Claro que lo tiene!, ¡una dictadura es lo que hace falta!. ¡Alguien que nos diga lo que tenemos que hacer y nosotros a obedecer, que es lo que sabemos hacer!

Tras esta conversación entre mi suegro y su cuñado sólo tenía dos posibilidades: echar a correr o morirme de risa.

Elegí lo segundo. Todavía me duran las agujetas.

19 septiembre 2011

941



Nació en Madrid en el año 37. Por aquel entonces ya caían bombas en la capital y sus padres tomaron la decisión de abandonarla para refugiarse en el pueblo. Junto con sus tres hermanas tomaron el tren que les llevaba a casa de sus tíos. Era una casa grande, de las mejores del pueblo. No era para menos, pues en ella vivían el cura y la maestra, junto con otros dos hermanos solteros que se dedicaban, una a las labores del hogar, y el otro al cuidado de haciendas y ganado.
Allí pasaron los primeros años de su niñez, entre misas y rosarios presididos por su tío, y clases en la escuela que dirigía con mano de hierro su tía. Ya en casa, observaban desde un rincón de la cocina y sin entender mucho de lo que allí se hablaba, las tertulias que al amor del hogar se mantenían a diario y a la que acudían los dos hermanos casados y algún otro prohombre del pueblo. Y es que tener al cura del pueblo en casa era algo muy, pero que muy importante.
Pasada la guerra volvieron a Madrid y las visitas al pueblo se convirtieron en un peregrinaje anual. No para todas las hermanas, puesto que dos de ellas fueron “prestadas” a los tíos para que les ayudasen y viviesen con ellas, mientras que las otras dos y el hermano que llegaría después, retomaban su vida en la capital. Los años fueron pasando, las hermanas fueron casándose y los tíos envejeciendo. La muerte sucedió a la vida y, hace más de 30 años, murió el último nexo de unión y obligación con el pueblo. Los hijos de todas ellas fueron haciéndose mayores y teniendo otras prioridades y, poco a poco, las visitas al pueblo fueron distanciándose. Más aún cuando la muerte también comenzó a visitar a las hermanas. Murió, la mayor, después la segunda. Ya no había motivo para visitarlo más que para recordar tiempos pasados y soltar alguna lágrima, así que sólo aparecen por allí cada dos o tres años.
Tanta distancia y tantas ganas de olvidar hacen que pasear de nuevo por sus calles sea algo extraño. En esta casa nací, esta otra era de mi abuelo, allí vivía fulano… Las gentes, al cruzarse por la calle, siempre saludan. Unos con más ganas que otros, pero siempre hay un gesto. Algunos de ellos, sobre todo ellas, se detienen un momento y, en seguida, cambian su gesto y la llaman por su nombre. Ella aguanta el tipo para intentar, con una o dos preguntas, reconocer a esa extraña que tanto sabe de su vida y que le pregunta por sus hijos llamándoles por sus nombres. Cuando no hay salida, se come su orgullo y reconoce su ignorancia sobre la identidad de su interlocutora. Y sin darle mayor importancia a semejante desprecio, le contesta rápidamente, no con su nombre, sino con el nombre de su familia: yo soy de los…
Así se conocen todos en el pueblo. No te preguntan por tu nombre sino por tus padres. ¿Y tú?, ¿de quién eres?
Los años han pasado para todos. Pero ellos, acostumbrados a cruzarse con pocos extraños durante el año, enseguida reconocen a la gente.
No han pasado los años en lo referente a las costumbres. A las doce y media, misa. A las cinco, rosario. De lunes a domingo. Al salir de misa, vermú. Y en el vermú, chismes locales.
-Este cura no es Don José, ¿no?
-No. Don José murió hace ya unos años. Pobre hombre, mira que sufrió al principio. Luego se hizo con el pueblo, pero los primeros años…
-No tenía yo ese recuerdo. Siempre creí que había sido un buen cura. Porque, ¿estuvo aquí muchos años, no?
-Más de veinte, pero los primeros fueron duros. Es que en este pueblo, al que no cae bien se lo hacen saber enseguida. ¿Sabes qué le hicieron?
-Miedo me da preguntarte.
-Pues no me extraña, porque tú les conoces tan bien como yo. Pues no se les ocurrió otra cosa que colgar del cable de la luz que hay a la entrada del pueblo, ese que se ve desde aquí, una maleta y una sotana atada con una soga. ¿Qué te parece?, ¡querían que se fuese y le pusieron la maleta y la sotana a la entrada del pueblo colgada de un cable!
-¡Hebreos!, ¡aquí son todos Hebreos! (atruena una voz desde el fondo del bar...)

15 septiembre 2011

940


Por aquel entonces yo vestía a diario con traje cruzado. Era lo que se llevaba, así que yo paseaba por ahí tan contento y muy estirado. Lo vestía a diario, excepto los sábados. Porque hace unos cuantos años todavía se trabajaba los sábados, aunque ahora sea algo que ni siquiera nos planteemos, y los sábados eran más desenfadados y acudíamos a la oficina incluso en vaqueros.

Pudimos convencer, y lo nuestro nos costó, a aquel jefe capullo de que no era necesario acudir todos en sábado, así que hacíamos guardias de dos personas que atendían al público, y así podíamos descansar tres de cada cuatro. Todos menos ella. Ella era la encargada de atender directamente a cuantos acudían a aquella oficina a contratar su pequeño anuncio de compra, venta o alquiler de inmuebles o cuerpos. Éramos un grupo bien avenido, así que solíamos bromear y contarnos cosas más o menos íntimas, así que todos conocíamos bastante bien lo que se cocía en cada casa, en cada pareja o en cada relación.

Ella salía con un tipo aspirante a policía. No hablaba mucho de él y lo que contaba no incluía muchos detalles, pero como cada uno tiene su forma particular de vivir su intimidad, tampoco nadie le tiraba de la lengua. Un buen día, tras cerrar la oficina surgió un problema que me obligó a llamarla fuera de horas. El siguiente lunes apareció muy callada y distante, sobre todo conmigo. Otra de las compañeras, ya avanzada la mañana, me invitó a tomar un café. Me hizo saber que, a raíz de mi llamada, su novio se había vuelto casi loco. Le pidió explicaciones sobre quién era yo y por qué tenía su número de teléfono. Reconoció que en alguna ocasión le había puesto la mano encima y que tenía miedo de que volviera a hacerlo. Con ella y conmigo. Fue la última vez que la llamé por teléfono y supuso un punto y aparte en nuestra cordial relación laboral.

Al finalizar su contrato la empresa prescindió de ella. No volví a verla…hasta hace unos meses. Mi proverbial despiste me llevó a abrir, sin llamar, la puerta de un despacho en la planta de dirección de un gran almacén. Me metí en una habitación llena de gente y, en la primera mesa, estaba ella. Los dos nos quedamos paralizados. Me alegró verla, y mi sonrisa la invitó a levantarse. Dos asépticos besos en la mejilla y un educado saludo para indicarme cuál era la puerta correcta a la que debía dirigirme.

Después de aquello nos hemos cruzado en dos ocasiones. La primera volvió a saludarme, mientras que la segunda ya me volvió la cara.

El pasado sábado, paseando por la ciudad, la vi salir de lejos de un bar. Salía riéndose junto a otra chica. Tras ellas, dos jóvenes. Le reconocí inmediatamente. Había engordado, pero conservaba aquel corte de pelo a cepillo y el mismo gesto que yo recordaba.

Ella reía, pero su mirada seguía transmitiendo aquella misma sensación de miedo.

09 septiembre 2011

939

Después de cada crisis mi cuerpo se reinicia. He llegado a la conclusión de que mis migrañas tienen mucho que ver con un reseteo de las funciones corporales debido a sobrecargas y disfunciones en mi cerebro.

He pasado maña noche. Lo normal habría sido lo contrario, pero el dolor de cabeza de ayer fue intenso pero no insoportable. Es decir, que el reseteo ha sido parcial o incompleto y lo único que ha provocado es un déficit en la calidad del sueño de hoy y, a lo peor, se producirá una réplica en breve. Confiemos en que me equivoque.

Esta mañana, al bajar (porque en esta ciudad no se va de un sitio a otro, sino que se sube o se baja…) a trabajar, me he cruzado con docenas de jovenzuelos que caminaban dando pasos torpes y zigzagueando tras una noche que aún no había acabado. Muchos de ellos intentaban fijar su mirada en mí con la misma fuerza que yo la evitaba. Porque un tipo que baja a trabajar a la misma hora que otros suben de juerga puede dar para mucho si ese cruce de miradas se confunde con una provocación o una incitación al cruce de palabras, así que mejor mirar al frente y recordar aquellos tiempos en los que el papel de jovencito trasnochador era el mío. Otros tantos desayunaban churros por cualquier parte: unos dentro de los bares, otros sentados en cualquier portal o escalera y los más mientras caminaban de un lado a otro sin destino concreto. En fin, la típica mañana de viernes de una ciudad con más de 40.000 universitarios.

Para colmo de males, hoy empieza el cole. Mis hijos retoman hoy su rutina, y yo con ellos. Aunque yo, realmente, comenzaré el lunes esas maratonianas mañanas de desayunos, discusiones, bocadillos y prisas que desembocan en días sin siesta y sin final conocido. Vamos, que el lunes comienza la vida.

Lo de estos dos meses pasados era un sueño.

04 septiembre 2011

938

Uno tiene eso que vulgarmente se llama "el culo pelao". Tantos años tratando con todo tipo de gente en todo tipo de ambientes me ha llevado a desconfiar por sistema del ser humano y preguntarme, casi a diario, cómo habremos llegado tan lejos como especie.

Pero siempre hay algo que te desconcierta y reconcilia, aunque sea unos instantes, con el resto de tus congéneres. Y ese algo ocurrió el viernes a media tarde.

Sonó el timbre en casa de mi cuñado#3 en plena vorágine de preparación de la merienda. Que si una tortilla en la sartén, que si embutido en varios platos, que si queso curado... Venían a recoger a su hija, que estaba jugando con mis sobrinas en el jardín, y fueron obligados, casi a empujones, a entrar en casa y compartir las viandas. La sorpresa fue mayúscula cuando les vimos entrar en casa con un carrito y un bebé de apenas dos meses. Él, militar de profesión, y ella, ama de casa. Dos hijas propias y una adoptada. Y ahora, con un bebé en acogida cuya madre estaba en paradero desconocido y de la que se harían cargo entre 6 meses y un año, tiempo suficiente para encontrarle una nueva familia que la adoptaría para siempre.

Yo no salía de mi asombro. ¿Dos hijas naturales, una adoptada, y ahora esto?, ¿qué puede mover a unas personas a sacrificarse de esta forma?

Cierto es que son una pareja singular, con unas ideas de implicación y compromiso social que ya conocía pero, ¿se puede ser aún más solidario?, ¿se puede pedir más?, ¿se puede dar más?

Yo mismo no lo haría. No me considero capaz. No tengo capacidad de sufrimiento y suficiente generosidad. 

Llevo dos días dándole vueltas e intentando comprender cómo es posible. No me entra en la cabeza que todavía quede gente buena. Es una rara sensación. Es incluso agradable.

Pero mañana es lunes.