Por aquel entonces yo vestía a diario con traje cruzado.
Era lo que se llevaba, así que yo paseaba por ahí tan contento y muy estirado. Lo
vestía a diario, excepto los sábados. Porque hace unos cuantos años todavía se
trabajaba los sábados, aunque ahora sea algo que ni siquiera nos planteemos, y
los sábados eran más desenfadados y acudíamos a la oficina incluso en vaqueros.
Pudimos convencer, y lo nuestro nos costó, a
aquel jefe capullo de que no era necesario acudir todos en sábado, así que hacíamos
guardias de dos personas que atendían al público, y así podíamos descansar tres
de cada cuatro. Todos menos ella. Ella era la encargada de atender directamente
a cuantos acudían a aquella oficina a contratar su pequeño anuncio de compra,
venta o alquiler de inmuebles o cuerpos. Éramos un grupo bien avenido, así que
solíamos bromear y contarnos cosas más o menos íntimas, así que todos
conocíamos bastante bien lo que se cocía en cada casa, en cada pareja o en cada
relación.
Ella salía con un tipo aspirante a policía.
No hablaba mucho de él y lo que contaba no incluía muchos detalles, pero como
cada uno tiene su forma particular de vivir su intimidad, tampoco nadie le
tiraba de la lengua. Un buen día, tras cerrar la oficina surgió un problema que
me obligó a llamarla fuera de horas. El siguiente lunes apareció muy callada y
distante, sobre todo conmigo. Otra de las compañeras, ya avanzada la mañana, me
invitó a tomar un café. Me hizo saber que, a raíz de mi llamada, su novio se
había vuelto casi loco. Le pidió explicaciones sobre quién era yo y por qué tenía
su número de teléfono. Reconoció que en alguna ocasión le había puesto la mano
encima y que tenía miedo de que volviera a hacerlo. Con ella y conmigo. Fue la
última vez que la llamé por teléfono y supuso un punto y aparte en nuestra
cordial relación laboral.
Al finalizar su contrato la empresa
prescindió de ella. No volví a verla…hasta hace unos meses. Mi proverbial
despiste me llevó a abrir, sin llamar, la puerta de un despacho en la planta de
dirección de un gran almacén. Me metí en una habitación llena de gente y, en la
primera mesa, estaba ella. Los dos nos quedamos paralizados. Me alegró verla, y
mi sonrisa la invitó a levantarse. Dos asépticos besos en la mejilla y un educado
saludo para indicarme cuál era la puerta correcta a la que debía dirigirme.
Después de aquello nos hemos cruzado en dos
ocasiones. La primera volvió a saludarme, mientras que la segunda ya me volvió
la cara.
El pasado sábado, paseando por la ciudad, la
vi salir de lejos de un bar. Salía riéndose junto a otra chica. Tras ellas, dos
jóvenes. Le reconocí inmediatamente. Había engordado, pero conservaba aquel
corte de pelo a cepillo y el mismo gesto que yo recordaba.
Ella reía, pero su mirada seguía
transmitiendo aquella misma sensación de miedo.