Me he puesto infinidad de veces durante todos estos días de ausencia frente a la pantalla del portátil. En alguna de ellas he llegado incluso a escribir algunas lineas que después he borrado, unas veces por lo aburrido de su contenido y otras porque no sabía cómo continuarlas. Y como no hay cosa que más ansiedad me produzca que mirar a la pantalla sin saber cómo continuar un texto, pues hasta ahora.
La verdad es que sí que tendría cosas que contar: que si la ciudad está llena de trabajos nuestros, que si llevamos un para de meses de locura, que si el tiempo no nos ha dejado movernos de casa...
Y, aunque a destiempo, informaré que mi semana santa fueron unos cuantos días no laborables que no destiné a nada en especial debido a una climatología adversa y desagradable. La dediqué, en parte, a terminar unas cuentas anuales que debía presentar en fecha y que siempre dejo para el final como un mal alumno, y a pasear con la familia propia y la política que en estas fechas se deja caer por aquí. Puedo decir que no vi ni siquiera una procesión, con lo que ya se acumulan varios años de absoluta indiferencia semanasantera por mi parte. Y no por anticlericalismo, que ya veo venir al bueno de AdMiles, sino por indiferencia y falta de atractivo. El día que la Semana Santa local se modernice y cree espectáculo al estilo andaluz, me tendrán como espectador fiel e incondicional. Pero esa supuesta sobriedad castellana en una provincia del Reino Leonés, no va conmigo.
Laboralmente la cosa sigue bastante fuerte. Los trabajos siguen sucediéndose y, aunque alguno de ellos está a punto de finalizar, seguimos teniendo bastante lío, así que no puedo quejarme. Lo bueno de terminar los trabajos es que ves sus resultados de una forma generosa y agradecida. Los ver por la calle, en las páginas web, en los periódicos...y eso siempre gusta. Aún en el caso de que el cliente haya sido guerrero y complicado, el trabajo final siempre es bonito de disfrutar y de ver que el resto también lo hace.
Y puestos a largar, ahí va mi ración de acratismo de hoy. No puede ser, por mucho que alguien se empeñe en explicarme que este sistema es el mejor de los que el hombre ha inventado, que un país/región/ciudad/pueblo se paralice por unas elecciones. No puede ser que llevemos más de un mes sin poder contratar nada con un organismo público porque la ley electoral impide gastarse un duro para que nadie lo haga de forma partidista. No puede ser que después de las elecciones vayamos a meternos en un verano larguísimo, en medio de una tremenda situación de crisis económica, y tengamos que esperar hasta el mes de septiembre para poder mover un papel con la administración. Y es que, después de las elecciones, viene la toma de posesión que se alarga ¡hasta el mes de julio!; y que después de julio (¡maldito Zapatero!), tengamos que tener un mes de agosto inhábil en todos los aspectos de la vida pública; y que después de agosto, por fin llegue el mes de septiembre (¡viva Zapatero!) y comience entonces a moverse la pesada maquinaria funcionarial que mueve todo este tinglado que tienen montado unos pocos para su mayor gloria y enriquecimiento.
Y ya que estoy en racha, también diré que la primavera está cayéndome encima y estoy todo el día pensando en meterme en la cama con mi santa que, por cierto, no me hace mucho más caso del habitual. Y no es que me queje de lo habitual, sino que lo habitual hay ocasiones que se convierte en escaso. Pero el sueño, los niños, el trabajo, y la puta vida nos pasa por encima y no nos deja encimar con quien debemos y nos apetece.
¡Joder! (No sé si este final es más una interjección malsonante o un anhelo inalcanzable)