25 abril 2011

921

Tenía yo, no sé muy bien por qué, la idea de llegar a 1.000 entradas en el transcurso del presente año, pero va a ser casi imposible si sigo como hasta ahora. 

No sé si por desidia o pereza, pero seguro que por alguna de ellas.

El caso es que, a partir de ahora, numeraré mis post con números para ver si así me animo a llegar al millar.

Mil posts, mil historias, mil tonterías...

21 abril 2011

Días raros

Cuatro días de fiesta, cuatro. Qué cosas.

Aunque abren el panadero, el carnicero, Casa Isidoro, todos los supermercados, las franquicias, los bares, los kioskos, los chinos...

¿Y para qué abren, digo yo?. ¡Pero si vas por la calle y no conoces a nadie!, ¿para los turistas?. Porque, eso sí, esto está hasta las trancas de turistas. Vetones, lo que se dice Vetones, apenas quedamos unos cuantos. El resto, todo foráneos.

En mi comunidad, de los 30 vecinos, apenas habitamos 6 en estos días.

Y, a todo esto, el tiempo que no va ni para atrás ni para adelante. Que si sol, que si lluvia, que si viento, que si todo al mismo tiempo.

Un sin Dios.

10 abril 2011

Reivindicaciones

Acabo de desayunar: café, un par de tostadas de pan de pueblo de Mercadona, y un puñado de cereales.

¿Y qué tiene de especial un desayuno dominical como este?, pues muy sencillo, he desayunado solo. Mi mujer y mis hijos han salido a primera hora de la mañana hacia algún lugar lleno de flores en el que pasarán la jornada caminando y merendando a la sobra.

Y es que estoy cansado. Cansado de ir de un lado para otro durante la semana y más cansado aún de no poder descansar los fines de semana, así que he decidido quedarme. Y aburrirme.

Reivindico mi derecho a aburrirme y a no hacer nada. Reivindico mi necesidad de quedarme en casa y no salir a disfrutar de un hermoso día de primavera. Reivindico mi urgente necesidad de convivir un rato conmigo mismo.

06 abril 2011

Vaya tela (poca, muy poca)

Las tías están todas locas.

¡Ah, no!, ¡es la primavera!

01 abril 2011

Paseos de primavera

Pasaba yo a media mañana por la catedral y me topé de bruces con un fraile. Sí, uno de esos frailes que llevan vestiduras de tela tosca y gruesa y una cuerda anudada a la cintura. Uno de esos que van en sandalias y con los pies desnudos en lo más rudo del invierno. Vale, que viviendo donde vivo no es raro encontrarse con monjas y todo tipo de curas y no sé por qué me extrañé tanto, pero la verdad es que por estos pagos, monjes, lo que se dice monjes de esos de los de la peli, pues no es muy corriente cruzártelos por cualquier esquina.

Y un poco más allá me crucé con uno de esos moros con chilaba que, de cuando en vez, asoman por ahí. Y, lo prometo, al doblar la esquina, alguien envuelto en un pañuelo que no supe muy bien definir en cuanto a edad, pero que seguía al moro. Y, no me va a creer nadie, unos cientos de metros más tarde, dos venerables monjas coetáneas de un tal matusalén que a duras penas caminaban sobre las piedras que pueblan la calle de la puerta principal de su convento.

Total, que me faltó para el duro un judío ortodoxo con sus tirabuzones y los rollos de la Torá en la mano mientras recitaba al profeta Malaquías.

Y me dio por pensar en la manía que tiene la gente de disfrazarse para autoafirmar sus creencias.

¿Y yo?, ¿de qué me disfrazaría yo?