25 enero 2011

Mira que si llega a ser verdad lo del infierno...

Me he pasado media tarde vendiéndoles a unas monjitas que lo mejor que pueden hacer con su dinero es dejarlo en mis manos para que sean ellas, mis manos, las que lo conviertan en una maravillosa campaña publicitaria que les va a reportar el oro y el moro.

Lo que no les he dicho es que yo soy el moro que se quedará con su oro.


17 enero 2011

Lo más lejos, a tu lado

Sí, vale, les echamos de menos y hablamos mucho de ellos, quizás en exceso, pero la verdad es que eso de dejar a los niños con la abuela y largarse por ahí a pasar un par de días en soledad es una gozada.

Llegamos al hotel a eso de las seis de la tarde, justo un par de horas después de salir "quemando ruedas" y con la única y rapidísima parada en el McDonald's más cercano para echarnos al cuerpo un par de hamburguesas para saciar el hambre de toda una mañana de viernes. El hotel, sorprendente. 
  Sorprendentes sus lámparas...
Sorprendente su escalera...
Y sorprendentes las puertas de las habitaciones...

Sorprendente también la decoración de las habitaciones, pero de eso no tengo fotos. Porque en contra de lo que suele ser habitual en nuestras últimas escapadas, en las que la maleta terminaba tirada por cualquier parte de la habitación junto con nuestra ropa a los 30 segundos de haber llegado, en esta ocasión cambiamos el sexo por las rebajas.
Para encontrarnos con esto...
Aunque esto no fue todo lo que hicimos en las tres horas que teníamos por delante, ya que aguanté lo necesario para contentar a mi mujer y apagar sus ansias de comprarse todo lo que no había podido en nuestras salidas con los niños, y un par de horas después estábamos dando buena cuenta de las impagables e insuperables tajadas de bacalao rebozado y croquetas de bacalao en Casa Labra. Tan buenas estaban y tanto nos gustaba el tema que llegamos al teatro de milagro cuando faltaban 5 escasos minutos para comenzar.

Lo pasamos bien. No tan bien como creíamos, pero supongo que todo fue porque nos habíamos creado unas expectativas excesivas en base a tanto buen comentario y mejores críticas. Aún así, recomendable para pasar un buen rato.

De la noche y el despertar, no entraré en detalles, pero no puedo por menos de felicitar al diseñador del hotel y a su gusto de colocar espejos por doquier. Me gustan mucho los espejos.

¿Y qué decir del resto de nuestro sábado libre en pareja y de pareja libre?, pues besos, caricias y arrumacos por los rincones madrileños, tapeo vario y sin control entre otros tantos miles de turistas, y la tradicional visita a Ikea como fin de fiesta.
Yo, un salmón con terrina de patatas y verduras...
Y vuelta a la dehesa, tras un par de días de reluciente sol y temperaturas agradables.

A una dehesa inmersa en espesa niebla y gélida monotonía.





13 enero 2011

¿A qué huelen los bares?

Estoy encantado con la ley antitabaco. Uno puede tomarse el café sin preocuparse por el joputa de turno que te lo amargaba echándote el humo a sabiendas de que lo hacía y regodeándose. Yo habría ido más lejos y habría prohibido fumar en las aceras, en las terrazas, en el fútbol, en los toros, en la piscina, en el balcón...

Cierto es que lo de no fumar tiene también sus inconvenientes, y habría que solucionarlos. Porque ayer, en el bar donde decidí tomarme mi solitario café de la mañana, olía a pis.

Aunque utilizar el tabaco como ambientador, tampoco sería la solución.

12 enero 2011

Cuando te toca el gordo

Durante la reunión sonó el teléfono en un par de ocasiones. La primera vez despachó al interlocutor con educación, atendiendo a sus peticiones y anotando con rotulador de color rojo, y en el primer papel que tenía a mano, una cifra que no alcancé a ver desde mi posición y a la que añadió, porque al mismo tiempo lo deletreaba, "IVA no incluido". Y siguió diciendo, "¡qué barbaridad!".

La siguiente llamada fue diferente. "Dime, cielo. Sí, estoy reunida, pero tú dime, dime... Sí, llegaré a comer. Haz cualquier cosa porque será una comida rápida. Tengo que volver esta tarde. Pero vete pensando en la cena. Sí, algo rico para los dos. Sorpréndeme. Venga, que tengo gente. Hasta luego cariño."

"Era mi marido. He decidido que ya está bien. Que no voy a robar más tiempo a mi familia y que voy a atender todas sus llamadas siempre."

Claro, pensé yo. Total, te quedan tres telediarios en este puesto de dedazo que tienes, en el que te permites el lujo de hablar mal del presidente del gobierno, de tu gobierno, el que te puso ahí "digitalmente", ahora que ya está todo el pescado vendido. Y lo haces delante de cualquiera. De mí, que no te conozco de nada y que sólo te soporto porque estás ahí sentada y decides sobre un presupuesto que te la sopla pero del que yo dependo para comer.

Mierda de lotería, coño.

07 enero 2011

Herodes también era Rey

La vida de un padre es como una de esas fiestas non-stop de los años 90. Aquellas en las que miles de personas se pasaban días y noches bailando sin parar y yendo de un sitio a otro como pollos sin cabeza.

La diferencia es que los padres bailamos al son que marcan esos nuevos disc-jockeys que son nuestros hijos, que no tienen ningún tipo de conciencia ni escrúpulo para manejar nuestras vidas a su antojo, consiguiendo siempre lo que quieren sin reparar en que los que están bailando puede que estén ya algo pasados de rosca.

Hay días, los más, que uno está encantado de ser padre, de que lo dirijan sin tener mucho que decir y de seguir al ritmo que le marcan. Pero hay ocasiones, las menos, que lo que uno desearía es irse a la cama, cerrar los ojos y pasarse un mes entero durmiendo. Aunque fuese para después abrir los ojos y continuar la fiesta, pero al menos hacerlo descansado.

La Navidad, aunque no lo parezca por la introducción, es la época del año que más me gusta y de la que más disfruto. Siempre la he disfrutado, incluso cuando era un feliz no-padre de familia cuya única preocupación era elegir la estación invernal en la que vacacionar. Pero ahora, con dos hijos marcándome el ritmo, aún sigo disfrutándola, si cabe, más intensamente. Lo que peor llevo son tantas y tan excesivas comilonas. Y no por lo que otros critican del suplicio de estar tanto tiempo con la familia propia o ajena, sino por el hecho de que yo soy uno de tantos que disfrutan comiendo y no puedo decir que no ni siquiera al séptimo u octavo plato en casa de mi suegra. Porque mi suegra es de las que “no se complica la vida” y prepara de todo para todos y en cantidades inexplicables de calcular para por un cerebro humano. Y yo, que me pirro hasta por las migas de pan que quedan en el mantel, sufro.

El día de Reyes, el mejor día del año, es todo felicidad. Desde que amanezco hasta que me acuesto. Ayer, sin ir más lejos, el toque de corneta fue a la amanecida, y con la cara de felicidad de mis hijos durante aquellos primeros minutos del día llenaré las reservas del resto del año, por si vienen mal dadas.

En lo que a mí respecta: pantalón, polo, jersey, zapatillas de cuadros, musical y spa para dos.

Debo haber sido bueno.

Necesito dormir. ¡Que apaguen la música un ratito, por favor!

Nota del autor: en estos momentos recorren mi casa cinco criaturas, tres ajenas y dos propias, y dos adultos más a los que me he enterado que mi mujer había invitado hace menos de media hora. Una de las criaturas pasará aquí la noche. A tomar por culo mi sueño.