La vida de un padre es como una de esas fiestas non-stop de los años 90. Aquellas en las que miles de personas se pasaban días y noches bailando sin parar y yendo de un sitio a otro como pollos sin cabeza.
La diferencia es que los padres bailamos al son que marcan esos nuevos disc-jockeys que son nuestros hijos, que no tienen ningún tipo de conciencia ni escrúpulo para manejar nuestras vidas a su antojo, consiguiendo siempre lo que quieren sin reparar en que los que están bailando puede que estén ya algo pasados de rosca.
Hay días, los más, que uno está encantado de ser padre, de que lo dirijan sin tener mucho que decir y de seguir al ritmo que le marcan. Pero hay ocasiones, las menos, que lo que uno desearía es irse a la cama, cerrar los ojos y pasarse un mes entero durmiendo. Aunque fuese para después abrir los ojos y continuar la fiesta, pero al menos hacerlo descansado.
La Navidad, aunque no lo parezca por la introducción, es la época del año que más me gusta y de la que más disfruto. Siempre la he disfrutado, incluso cuando era un feliz no-padre de familia cuya única preocupación era elegir la estación invernal en la que vacacionar. Pero ahora, con dos hijos marcándome el ritmo, aún sigo disfrutándola, si cabe, más intensamente. Lo que peor llevo son tantas y tan excesivas comilonas. Y no por lo que otros critican del suplicio de estar tanto tiempo con la familia propia o ajena, sino por el hecho de que yo soy uno de tantos que disfrutan comiendo y no puedo decir que no ni siquiera al séptimo u octavo plato en casa de mi suegra. Porque mi suegra es de las que “no se complica la vida” y prepara de todo para todos y en cantidades inexplicables de calcular para por un cerebro humano. Y yo, que me pirro hasta por las migas de pan que quedan en el mantel, sufro.
El día de Reyes, el mejor día del año, es todo felicidad. Desde que amanezco hasta que me acuesto. Ayer, sin ir más lejos, el toque de corneta fue a la amanecida, y con la cara de felicidad de mis hijos durante aquellos primeros minutos del día llenaré las reservas del resto del año, por si vienen mal dadas.
En lo que a mí respecta: pantalón, polo, jersey, zapatillas de cuadros, musical y spa para dos.
Debo haber sido bueno.
Necesito dormir. ¡Que apaguen la música un ratito, por favor!
Nota del autor: en estos momentos recorren mi casa cinco criaturas, tres ajenas y dos propias, y dos adultos más a los que me he enterado que mi mujer había invitado hace menos de media hora. Una de las criaturas pasará aquí la noche. A tomar por culo mi sueño.