Hace
unos días, en medio de una agotadora y acalorada discusión mantenida por correo
electrónico a varias bandas, una de las intervinientes me espetó lo siguiente: “…y
yo sí que me he sentido intimidada por tus palabras”
Me
sentí profundamente dolido y severamente castigado sin, desde mi punto de
vista, fundamento alguno. Soy extremadamente cuidadoso en la forma en que me
expreso, sobre todo cuando lo hago por escrito. Soy excesivamente impulsivo cuando
se trata de contestar argumentos esgrimidos sin razón ni lógica por mi
interlocutor, pero precisamente por eso, porque me conozco, intento respirar la
mayor cantidad de veces posible antes de enviar ningún correo electrónico, y aun
así leo y releo hasta la saciedad su contenido para que no quepa la menor duda.
Porque lo escrito, escrito queda. Y por eso, porque me aburro de leer antes
todo lo que escribo, no me caben en la cabeza argumentos peregrinos como que
intimido. No señor (señora, en este caso)
Todo
esto ocurrió el pasado viernes, y mi sensación de maltratador aún no se me ha
quitado de la cabeza. He intentado hablar con la acusadora en varias ocasiones y
ni siquiera ha tenido la decencia de descolgarme el teléfono. Le he pedido
disculpas por escrito argumentándole con datos mi absoluta “inocencia” de cualquier
cargo que pretenda echarme encima y he rebatido lo más amablemente que he
sabido todos los motivos de su queja pero lo único que he tenido ha sido la
callada por respuesta.
Mañana
tengo una reunión con ella. Con ella y otras 7 personas más. Mi idea era
pedirle públicas disculpas por cualquier palabra, idea o retorcida insinuación
que ella haya podido interpretar como intimidación, pero en muchos momentos del
día lo que me pide el cuerpo es plantarle cara y pedirle que me justifique sus
palabras delante de todo el mundo.
Seguiré
dándole vueltas, seguro, pero creo que voy a tomar el camino de en medio y
observar cómo se desarrollan los acontecimientos para, esta vez sí hacer sangre
o aceptar sus disculpas.
3 comentarios:
Ahora me he dado cuenta que hay muchas chicas que se hacen las víctimas y nos hacen sentir como maltratadores cuando se les lleva la contraria. Eso me está deslizando levemente por el camino de la misoginia profesional, fíjate tú.
Créeme si te digo que durante estos días y, sobre todo, durante los primeros momentos me sentí como un maltratador.
¡Y todo por una interpretación personalísima de un correo electrónico!
Mira, hay gente que es muy sensible y, en cambio, exigen que los demás traguemos con carros y carretas. Es la ley del embudo aplicada al ámbito profesional. Lo malo es que en el caso de las chicas, el ambiente feminazi hace que si no te pliegas a cualquiera de sus deseos eres un perfecto machista.
Últimamente ya deseo que me llamen machista, la verdad. En la boca de algunas es todo un halago.
Publicar un comentario en la entrada