Descartado
el objetivo del milenario, vuelvo a la normalidad de un blog anodino y sin
sustancia en el cual un anónimo cada día más público e identificable deja caer
sus pensamientos en la absurda esperanza de que alguien los lea.
Porque
sí, he de reconocer que en el fondo de cada uno de mis post hay una tibia esperanza
de que alguien, al otro lado, tenga un rato que perder y lea estas líneas que
tan indolentemente escribo. Porque hoy no tengo nada que contar. Porque la
pasada semana comenzó en un pequeño pueblo de la provincia de León en el que
nunca pasa nada más allá de que un vecino más, el de la vaquería, esté al borde
de la muerte por culpa de un derrame cerebral. Lo normal en un pueblo donde el
más joven cobra ya pensión. Porque el resto de la semana fue un quiero y no
puedo. Hoy fiesta, mañana medio fiesta, pasado fiesta y al otro medio nada.
Aunque,
pensándolo bien, el fin de semana sí fue especial. Porque los niños, que ya
piensan y actúan por sí solos, decidieron pasar la noche del sábado en casas
ajenas y su madre y yo nos encontramos en la más absoluta de las soledades sin
comerlo ni beberlo. Porque, mientras correteábamos en pelota picada por los
pasillos, el teléfono sonó para anunciarnos la pronta llegada de mis suegros
(¡maldita familia política!). Porque, tras su marcha, casi expulsión sin
concesiones, retomamos nuestros orgiásticos correteos y dimos rienda suelta a
nuestras más primitivas pasiones. Porque cenamos con vino y arrumacos. Porque
dormimos abrazados. Porque amanecimos en silencio. Porque pasamos la mañana
sentados y leyendo. Porque comimos juntos, compartiendo otra botella de vino
junto a una ventana contemplando un frío día de invierno.
Y llegó
la tarde. Y los niños. Y la rutina y…la habitual felicidad.
3 comentarios:
Pues qué bien, no sabes lo que te envidio. En algunas cosas, en otras... no tanto.
A mí lo que me falta es precisamente normalidad. Este andar a salto de mata, terminará pasándonos factura, estuvo a punto de hacerlo ya en la primera parte del semiacueducto, pero eso es historia para un post propio que de momento no me atrevo a escribir.
Mi admirado Pernam, la normalidad es completamente envidiable. Y nos gusta leer que alguien lleva una vida con cierta normalidad, sin grandes sobresaltos. Una vida razonablemente feliz.
Nos gusta leer sobre tus "pequeñas" hazañas. Y entrecomillo la palabra pequeñas porque lo que a ti te parece nada, a los demás nos puede parecer un mundo.
Te aseguro que yo siempre aprendo de todo el mundo, y en eso te incluyo.
Gracias a los dos.
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