27 octubre 2010

Idas y venidas

Ayer envié un par de correos e hice otras tantas llamadas a alojamientos rurales para pasar el puente.La idea era acercarnos a los dominios de AdMiles y probar su teoría de las camas que tan bien nos explicó en su último post y que tantos recuerdos me trajo de mis correrías juveniles. Y es que eso de ser tragado por el abismo de la Tierra Media entre camas tiene cierta gracia. Para el que se queda arriba, claro.

Tenía pensado pasar estos días en la Sierra de Gata, y disfrutar de largos paseos, pesca de truchas cautivas y la mejor gastronomía local, pero no está la cosa como para arriesgarse a tener que meterse en casa ajena con dos niños para no salir.

Otra vez será.

Aprovecharé para salir a buscar unas cuantas setas, siempre que sea cierto que va a llover como Dios manda y la tierra se encharca, aunque sólo sea un poquito, para dejar salir a los intrépidos hongos que son, tan listos la mayoría de las ocasiones, como los mismísimos mocos y no se dejan coger.



18 octubre 2010

Yo, marciano

Nunca me he sentido más fuera de lugar que el pasado sábado a las cuatro y media de la tarde cuando, tras dos horas de caminata para cubrir el último tramo del Camino de Santiago, me vi con una pañoleta anudada al cuello mientras entraba en la catedral para asistir a una misa privada que había sido concertada por el colegio de mis hijos, o mejor dicho, por la dirección regional de la orden religiosa que regenta el colegio de mis hijos junto con otras cuantas docenas más.

Y allí me encontraba yo, con mis mundanos vaqueros y zapatillas hospicianas entre chicas más bien rubias vestidas con blusas de Carolina Herrera y chicos más bien morenos con camisas de Tommy Hilfiger escuchando canciones del tipo Amo a Laura al tiempo que trataba de esconderme de unos monjes ataviados con un hábito azúl chillón y amarillo con un santo amenazante tatuado en su pecho que patrullaban la Seo para salvaguardar el orden y de otros monjes más discretos que portaban una enorme bolsa de tela de al menos medio metro de profundidad y que abrían con dos palos para que les echases monedas, o abroncarte si no lo hacías.

Huyendo de los curas del cole, que querían atracarnos con un precio desorbitado por acudir en autobús y dormir en un albergue a una reunión de colegas, padres y alumnos de otras provincias, un grupo de padres amiguetes, muchos de ellos bastante meapilas, alquilamos una casita rural en la Galicia profunda cerca de Santiago. El plan era acudir con el cole a la catedral y pasar el fin de semana en Santiago disfrutando de la vida. Lo que yo no había medido era lo que yo sentiría una vez dentro de aquella marabunta en la que todo el mundo se quería y daba abrazos, todo era amistad y sonrisa, todo parabienes y felicitaciones. Yo, que soy de querer mucho a los míos y poco a los ajenos, no daba crédito. ¿Qué coños hacía allí tanta gente siendo tan feliz?, ¿y qué pintaba yo entre tanta felicidad que me era tan ajena?

No es que me disguste que la gente sea feliz, sino que no entiendo ciertas felicidades. Qué le vamos a hacer.

Supongo que ellos no entenderían que mi felicidad la encontré en la cena del sábado en La Casa de las Tortillas de Cacheira, o en el pulpo, los berberechos y las paellas de la comida del domingo en la playa de Tanxil.

O sí. 

A lo mejor el raro soy yo, que no soy capaz de disfrutar con todo.

15 octubre 2010

¿Hay algún teólogo en la sala?

"Tenemos que dar gracias a Dios porque todos están vivos. Es un milagro"

Me lo explique, porfa.

14 octubre 2010

¡Sin tocar!

Seguimos de reunión en reunión. Que si hoy conmigo sólo. Que si mañana con nosotros dos. Que si más adelante tendrán que venir ellos... Un lío.

Hoy, por ejemplo, la reunión es por videoconferencia. No sé muy bien qué es ni cómo lo vamos a hacer, porque de lo que se trata es de mostrarnos el "libro de estilo" de la compañia para que más adelante seamos nosotros quienes lo apliquemos, pero sin que por el momento podamos recibir nada.

Es como si me encerrasen en una habitación con una tía buena que se va desnudando poco a poco y, cuando me decido a acercarme a ella, me paran los pies y me dicen que no puedo tocarla.

Y me dejan con el calentón y con un buen dolor de huevos.

07 octubre 2010

(Aquí iba el título, pero sólo se me ocurren improperios)

Tengo la buena o mala costumbre de mirar el correo electrónico y fisgar un poco en internet a última hora del día y a primera de la mañana, lo que tiene sus pros y sus contras.

Pros: puedo marujear en lo mío y en lo ajeno y me calma mi ansiedad de adicto a internet.

Contras: recibes noticias inesperadas que te joden la noche o el día.

Hay que ser hijaputa para tenerme tres meses dando tumbos de aquí para allá, haciendo presupuestos día y noche, presentando propuestas a cual más extravagante y, cuando todo está atado y bien atado excepto por su parte, encontrarme con un correo electrónico de hace apenas media hora en el que me dice, hay que ser hijaputa, que todo tiene que hacerse mañana por la mañana: viernes, víspera de puente, con un horario que termina a las tres de la tarde, y con el director creativo de viaje en Bruselas hasta el domingo.


06 octubre 2010

Abriendo la Caja (de Pandora)

Hoy me encorbataré y acudiré con mi mejor disposición a la reunión más importante de mi reciente historia.

He tenido que tomarme un pelotazo de naproxeno para controlar mi dolor de cabeza, que últimamente sólo me hiere cuando estoy nervioso.

Y hoy estoy nervioso porque, si todo va bien, saldré de la reunión con el mejor contrato posible dentro de mi bolsillo, y con la completa seguridad de que habrá gente en esta ciudad que pase del infinito al cero al mismo tiempo que yo subo a las alturas.

Siento no ser más explícito, pero si os contase todo, tendría que mataros.

A partir de hoy, a algunos sólo les quedará la esperanza. Y ya me encargaré yo de que la espera sea larga.

03 octubre 2010

Su destino es imposible

Así me despachaba mi GPS cuando le marqué la dirección a la que quería llegar el sábado por la mañana.

Por eso, cuando el teléfono sonó en Ikea y al otro lado me pedían mil disculpas por el error que habían cometido y que suponía que mi reserva, realizada el 10 de agosto, no había sido tenida en cuenta y por tanto no había habitación disponible, mi estado de ánimo ni siquiera se alteró.

-¿El señor Pernam?
-Sí, soy yo
-Mi nombre es Alberto, y le llamo desde la recepción del hotel. Lamento comunicarle que al revisar las reservas del día me encuentro con la desagradable sorpresa de que el sistema informático ha fallado y no ha volcado las reservas de internet en el planning de hoy. El hotel está lleno, y por tanto me veo en la obligación de, puesto que el error es nuestro, darle una solución y le he buscado una habitación en otro de nuestros hoteles en la ciudad, de la misma categoría para que...
-Perdone, D. Alberto. ¿Me dijo Alberto, verdad?. ¿Me está usted diciendo que no tiene disponible una habitación que reservé el 10 de agosto y que tengo confirmada por escrito?
-Pues sí, D. Pernam, lo lamento mucho, pero es que, como le contaba, un error inform...
-Que sí, que ya me he enterado. Lo que quiero decirle es que ese error es de ustedes, y por tanto no tiene nada que ver conmigo. Entiendo que las reservas que ustedes tuvieran en su hotel para hoy fueron realizadas con posterioridad a la mía, ya que cuando yo la realicé, su sistema me dijo que tenía plazas vacantes, luego no estoy dispuesto a moverme de mi hotel puesto que yo elegí precísamente ese por la ubicación, así que ya puede usted ir diciéndole a alguno de sus huéspedes que desaloje mi habitación porque en unas horas estaré por allí.
-Pero D. Pernam, es que eso no es posible. Ya le digo que ha sido un error y que hemos buscado la mejor opción en las mismas condiciones...
-La mejor opción para ustedes, no para mí. Quiero mi habitación en su hotel.
-Lo siento mucho, pero eso no es posible. Le vuelvo a pedir disculpas y le aseguro que haré todo lo posible para que la alternativa sea más favorable para usted que las condiciones que le ofrecíamos en nuestro hotel. 
-Mire, no es cuestión de condiciones, sino de comodidad. Y el hotel que usted me ofrece está bastante más lejos de lo que yo estoy dispuesto a aceptar.
-¿Viene en coche, D. Pernam?. Este hotel que le ofrezco tiene garaje... 
-Claro que tendrá garaje, y lo quiero gratis.
-Ese es un extra que yo no puedo asegurarle...
-Pues si no quiere desalojar a uno de sus huéspedes, el garaje estará incluido en el precio de mi alojamiento, al igual que el desayuno.
-Pero...
-No puede haber peros, D. Alberto, así que haga, por favor, una llamada a sus compañeros del hotel alternativo para verificar lo que le estoy exigiendo, y me lo confirma telefónicamente.
-Voy a intentarlo, D. Pernam. En diez minutos le llamo.

Llamó en tres, y el garaje y el desayuno fueron incluidos en la oferta. También incluyó su apellido, que figuró en la hoja de reclamaciones que diligentemente entregué al director del hotel en el que pernocté. Eso sí, la atención educadísima de Alberto, fue lo único positivo que dejé en mi escrito.

Así, entre nosotros y sin que nadie se entere, me gustó el cambio. Sí, cierto es que estaba lejíiiiiiiiiiiiiiiisimos comparado con la situación inicial, pero el paseo, porque fuimos andando, merecía la pena. Hacía una tarde calurosa y era callejear por el Madrid que más me gusta, excepción hecha de la Gran Vía.

Llegamos al concierto de Elton John a la crítica hora, pero llegamos. Me pasé las tres horas siguientes con un nudo en la garganta, tratando de no montar el espectáculo en medio de un recital de canciones espectaculares y melodías que me han acompañado desde que me acuerdo. Y es que a la cuarta o quinta canción, Rocket Man, creí que ya habría llegado al éxtasis emocional, pero la cosa fue in crescendo. Tres horas maravillosas y, creo que no me confundo, el mejor concierto al que he asistido nunca (Bruce Springsteen me perdone).

Todo, absolutamente todo, ha sido perfecto este finde. La comida y la cena que, aunque no tenían nada que ver en estilo y contenido, van mucho con nuestra forma de ver las cosas y disfrutarlas según vienen. La mañana de compras. Y el pre y post concierto celebrado en una cama king size deferencia del hotel frente a unos luminosos ventanales.

Hoy he desayunado en un hotel. Es de las cosas que más me gustan en este mundo.

01 octubre 2010

Podía ser peor (¿Podría ser peor?)

Me gustaría llegar al fin de semana y no hacer nada. Llegar el viernes por la noche a casa, tirarme en el sofá y ver la tele hasta que se me cayesen los ojos. Levantarme el sábado, no quitarme el pijama en todo el día e ir de la cocina al sofá y del sofá a la cama. Que amaneciese el domingo para dormitarlo entero. Nada de afeitarse, ni peinarse, ni abrir la puerta a nadie.

Eso me gustaría.

Y eso es lo que yo espero de mis fines de semana cada viernes. Luego, la realidad y mis hijos me llevan por delante y mi mujer se encarga de arrastrarme a todo aquello que, tengo que reconocerlo, al final hace que el fin de semana sea divertido. Pero no es mi fin de semana soñado.

Y mucho menos es mi fin de semana ideal si yo mismo me encargo de chafármelo. No hay nada peor que tener todo el fin de semana planificado. Y el que viene, desde que lo planifiqué en junio, ha ido a peor:
  • 09:00: todos al coche (mis hermanas, mi mujer y yo)
  • 11:00: dejar a una de mis hermanas en una reunión en Madrid
  • 11:30: el resto del pasaje desembarca en IKEA
  • 18:00: estación de autobuses para aligerar cargas familiares
  • 19:00: check-in
  • 21:00: velada con Elton John
  • 00:00: cena más o menos ligera
  • 02:00: uso y disfrute de la habitación con cama king size
  • 10:30: desayuno buffet
  • 12:00: regreso a casa
  • 14:00: comida familiar en casa de mi madre
  • 17:00: minisiesta
  • 18:30: minisalida al parque con los niños
  • 20:00: retreta
  • 20:30: baño y masaje infantil
  • 21:15: cena infantil
  • 21:45: todo el mundo a la cama (válido para menores de 9 años)
  • 22:00: cena de adultos
  • 00:00: despedida y cierre
Y otra vez lunes.

Ya queda menos para el siguiente.