En esta ciudad tenemos la ancestral costumbre de comenzar el fin de semana el jueves. Así no es nada extraño cruzarse por la calle a primera hora de la mañana con chicas calzando zapatos de altísimo tacón y ropas más bien propias de fiestas nocturnas, que por sus peinados más o menos desarreglados hacen ver que aún no se han acostado. O con chicos en estado de acusada embriaguez a horas en las que el resto de los mortales aún no hemos digerido el desayuno.
Los viernes son, por tanto, días más llevaderos. Los universitarios, casi 40.000, desaparecen de las calles durante las horas de luz, no suelen acudir a clase salvo honrosas excepciones, y dejan la ciudad libre para que el resto de ciudadanos disfrutemos de un tráfico menos congestionado.
A mí me hace gracia verlos por las calles hechos unos zorros tras una noche en blanco. ¿Envidia?, un poquito. No por salir, ya que nunca fui muy fiestero, sino por la falta de responsabilidades y nula percepción del futuro.
Es lo único que yo echo de menos de mi etapa estudiantil.
Eso, y no dar un palo al agua.
Los viernes son, por tanto, días más llevaderos. Los universitarios, casi 40.000, desaparecen de las calles durante las horas de luz, no suelen acudir a clase salvo honrosas excepciones, y dejan la ciudad libre para que el resto de ciudadanos disfrutemos de un tráfico menos congestionado.
A mí me hace gracia verlos por las calles hechos unos zorros tras una noche en blanco. ¿Envidia?, un poquito. No por salir, ya que nunca fui muy fiestero, sino por la falta de responsabilidades y nula percepción del futuro.
Es lo único que yo echo de menos de mi etapa estudiantil.
Eso, y no dar un palo al agua.






