30 septiembre 2009

Pequeño respiro

Por fin llueve. Ha llovido durante toda la noche y de una forma ordenada. Nada de trombas ni tormentas. "Bien caidita", que diría mi abuela.

Hoy, a la entrada del cole, atasco de paraguas y capuchas. Y ni una queja. Es raro que llueva y nadie se queje, pero así ha sido esta mañana. Luego, de camino a la oficina, buenas caras y pocas prisas.

No veíamos llover desde el pasado mes de mayo.

28 septiembre 2009

La anormalidad está en el que mira

A medida que pasan los años se me van acumulando las fotos vergonzantes. La primera que recuerdo es una en un céntrico parque de la ciudad. Allí, entre muchos patos y junto a una fuente, aparecía un niño entonces más bien rubito con unos hermosos pantalones de campana llenitos de cuadros. Foto fantástica donde las haya. Recuerdo también una, unos años más tarde en la comunión de mis hermanas, luciendo un tremendo pantalón blanco y un "niqui" de manga corta del mismo color, y unas fantásticas zapatillas de deporte que no me quitaba ni a tiros. Hay una impagable foto de mi adolescencia en un patio muy pequeñito junto a la catedral más vieja de esta ciudad en la que, junto a un jersey de lana de rayas azules, verdes y grises, lucía unos muy ajustados pantalones vaqueros que remataba con unos calcetines blancos bien embutidos en unos zapatos negros de punta. Y para más inri, un espectacular flequillo caía sobre mi ojo derecho... Yo, por aquel entonces, me veía estupendo. Igual que me veo ahora. He sido yo, y no la foto, quien ha cambiado.

Mi padre, sastre de profesión, no daba crédito a mis gustos a la hora de vestir, pero nunca se metió más allá de criticar lo mal hecha que estaba la ropa que comprábamos en las tiendas de la ciudad. Mi madre, modista, intentaba reconducirme hacia la "normalidad", pero acabó dándose por vencida. Al fin y al cabo, no daba guerra, mi trayectoria académica era la adecuada y no se me conocían vicios nocivos para la salud.

Mis hijos, de momento, son lo suficientemente pequeños para que aún hagan caso a sus padres, pero de vez en cuando ya asoman la patita y apuntan maneras propias, por lo que haciendo bueno el aviso de mi suegra, "ahora estais viviendo lo mejor de todo, porque a medida que crecen la cosa empeora".


Hay ocasiones en las que el gregarismo nos coacciona y así, en las bodas, nos empeñamos en amargarnos la jornada con trajes incómodos, cuellos asfixiados por corbatas o escotes imposibles. Recuerdo que el día de mi boda, quienes mejor se lo pasaron fueron mi primo el artista, que apareció con guayabera y alpargatas y luciendo una barba absolutamente dejada desde hace meses, y un novio que por aquel entonces tenía una prima de mi mujer, que haciendo honor a su profesión de saltimbanqui, se presentó en mangas de camisa y pantalón de algodón y los bolsillos llenos de globos para hacer figuritas de animales.

Sí, fueron la comidilla de la celebración, pero no más que mi prima vigesimoséptima L, que lució un llamativo vestido rojo en el que no cabían sus tetas, y unos no menos rojos labios, los de la cara, que pedían a gritos un repaso con una buena espátula.

De las fotos de mi boda la más llamativa es, sin duda, la de mi prima la del vestido rojo. Mucho vestido, mucho escote, mucha "normalidad", pero un auténtico desastre. Todo el mundo pregunta, cierto es, por la identidad del invitado con guayabera o del que hacía figuras con los globos, pero queda todo en una anécdota simpática frente a otras cosas supuestamente más políticamente correctas.

Pena capital

Si alguien quiere hacerme daño y ponerme de mal humor, sólo tiene que hacer una cosa: obligarme a ir a un parque.

Odio los parques. Aborrezco los parques.

Un parque es un lugar donde los niños, por extraño que nos parezca a los adultos, se divierten. Suben, bajan, trepan... Es un lugar en el que al menor descuido les pierdes de vista y tu cerebro es incapaz de discriminar las cabezas lo suficientemente rápido para localizarlos, entrando en un profundo estrado de estrés y ansiedad de forma casi inmediata.

Por regla general, los parques están mal diseñados. No hay bancos suficientes, cuando los hay, para tanto padre desgraciado, así que encima tienes que hacer guardia apoyado junto al columpio de tuno. Los parques están diseñados por jovencitos imberbes que no saben lo que es sufrir a pie de obra una tarde de ocio infantil. Sí, son muy bonitos y tienen muchos colores, pero también son infinitamente insoportables para una mente adulta.

Ayer perdí una tarde de mi vida sentado en un reluciente banco de madera escuchando todo tipo de sandeces de mis vecinos de desdicha. Que si han dejado muy bonita esta plaza, que si mañana por fin es lunes y les pierdo de vista, que si hoy no me ha comido bien la paella, que si ayer vi a tu hermana y la encontré muy joven...

Ahora entiendo a esos abuelos que, hastiados de su vida sin horizontes tras pasar cada tarde sobre un cartón en cualquier banco de un parque, se me abalanzan en los pasos de cebra como kamikazes suplicando ser atropellados.

Y yo, desconocedor hasta ahora de sus desdichas, desoyendo sus plegarias.

27 septiembre 2009

Primera salida

Ayer nos fuimos al campo. Buscamos un sitio agradable al lado de un río y desplegamos la tortilla de patatas y los filetes empanados. Malgastamos el tiempo intentando pescar unos peces diminutos con unos anzuelos demasiado grandes, tomamos el sol, dormitamos, robamos higos maduros, e intentamos asaltar un peral sin demasiado éxito. El melón no era muy bueno, pero estaba fresquito tras pasar un par de horas en reposo en la orilla del río, y el café del termo nos pareció fantástico entre aquellos farallones.

El otoño siempre ha sido por estos lares la mejor época para disfrutar del campo. Tiempo fresquito, pero agradable; horas suficientes de sol y vegetación exuberante hasta este año.

El campo está arrasado y ni siquiera hay hierba seca. La sierra está verde, sí, pero de un verde apagado que no augura nada bueno si la situación no cambia. Los cauces de los ríos están, salvo en contadas excepciones, secos. Las charcas para el ganado se asemejan a cráteres causados por algún meteorito, y sólo se ven restos de la comida que les echan desde los tractores y unas reses flacas, casi africanas.

Este año comeremos pocas setas.

25 septiembre 2009

Financiación

Conversación en una ciudad cualquiera, digamos que una pequeña capital de provincias, cualquier día del año:

-Oye, que sí, que os vamos a echar una mano, aunque no va a poder ser con todo lo que nos pedíais.

-Joder, no sabes lo bien que nos viene, por poco que sea. ¿Y cómo lo hacemos?

-Mira, creo que lo más cómodo para todos, y lo más discreto, es que se haga de forma trimestral.
-¿Habrá facturas?
-¡Hombre, claro!, pero no del Partido directamente.
-¿Y entonces?
-Pues mira, ahora mismo te voy a decir yo el nombre de una persona. Te pones en contacto con él, le dices que llamas de mi parte y que el importe es el que hemos hablado. El concepto ya no es cosa mía. Háblalo con él.
-¿Pero él ya lo sabe?
--Sí, no te preocupes. Tú sólo tienes que llamarle.
-¿Y con el resto, cómo hacemos?
-Llámame al final de cada trimestre y yo te diré un nombre y una empresa, y lo hacemos así hasta final de año.
-Joder, qué bien nos viene. ¿Cómo puedo agradecértelo?
-Ya sabes, hablando bien de lo que hacemos y, de vez en cuando, publicando lo que te envíen desde Comunicación. Eso sí, de forma discreta. No quiero que esto salga a la luz.
-Ni yo que se nos vea el plumero. Ya sabes que tenemos que vivir de esto y tengo clientes de todas las ideologías. 
-No te preocupes, que te entiendo perfectamente. Sabrás hacerlo de una forma elegante, estoy seguro.
-¿Habrá que comer algún día, no?
-Hombre, para eso siempre saco tiempo...

Financiar a un partido político es muy fácil. El poder que tienen es mucho,  y por tanto los mecanismos de corrupción casi infinitos. No hace falta ir a Valencia, ni a Madrid, ni a Andalucía. No hace falta viajar. No hace falta nada más que salir a la calle y ver las obras, leer los periódicos, escuchar las emisoras de radio o ver las teles. La corrupción lo envuelve todo.

El sistema apesta y todos lo sabemos.

24 septiembre 2009

Humor radiofónico

Hay un "pograma" fantástico en la radio de los curas por la tarde que está dirigido por una mujer que se sale de cualquier rango, en el sentido más amplio de la palabra. Yo lo escucho recién levantado de mi siesta de 10 minutos, porque creo que es la única forma de soportar semejante panfleto, en estado de duermevela y con la guardia bajada. Pero tengo que reconocer que lo de hoy ha sido insuperable.

Resulta que un día el Papa fue a África y dijo que "...no se puede superar el problema del Sida sólo con eslóganes publicitarios. Si no está el alma, si no se ayuda a los africanos, no se puede solucionar este flagelo sólo distribuyendo profilácticos: al contrario, existe el riesgo de aumentar el problema." Y se quedó tan ancho.


Resulta que un día un diputado del Congreso español obligó a sus señorías a votar en pleno para decirle a este buen hombre que lo que había dicho estaba muy mal. E hizo perder el tiempo y el dinero de todos los contribuyentes para semejante gilipollez.

Resulta que los Obispos se enfadan porque a un fantoche se le ocurre la gilipollez anterior y espetan, sin ruborizarse, que “la justa distinción entre Estado y sociedad y, más en concreto, entre Estado e Iglesia y entre el orden político y el orden moral, exige que las instituciones del Estado se abstengan de intervenir en el libre desarrollo de las instituciones religiosas, y en nuestro caso, de la Iglesia Católica”. Con un par.

Joder, qué rato más bueno.


Grado de fiabilidad: 98,4%

Ayer me hicieron una encuesta telefónica.

¿Opina usted que la imagen de los bancos ha mejorado o empeorado en el último año?, ¿confía usted más en las cajas o en los bancos?, ¿opina usted que las cajas deberían parecerse más a los bancos?, ¿ofrecen las cajas productos iguales/mejores/peores que los bancos?, ¿las cajas suponen para el particular una opción más asequible que los bancos?, ¿los políticos intervienen más, en su opinión, en las cajas o en los bancos?, ¿podría clasificar usted su tendencia política del 1 al 10, siendo 1 la más a la izquierda y 10 la más a la derecha?, ¿qué estudios tiene usted?, ¿trabaja usted por cuenta propia o ajena?, ¿podría decirme su profesión?


Así que si dentro de unos días alguien escucha en las noticias una supuesta encuesta científica realizada mediante consultas telefónicas a particulares, aviso de que uno de los encuestados fui yo, a las ocho de la tarde, dentro de un coche, con dos niños discutiendo en la parte de atrás, y con un dolor de riñones terrible que casi me impedía articular palabra.

Es decir, que contesté lo que me dio la gana.

Si yo me como dos pollos y tú ninguno, la estadística dirá que tú has comido lo mismo que yo.

¿A que estaba rico?


Autoempleo

Acabo de recibir un correo electrónico que me llega desde mi propia dirección de correo electrónico. En este correo, supuestamente me ofrezco un trabajo facilísimo y bien retribuido. Ganaré/me pagaré 1.500 euros semanales sólo por: tener tiempo libre, hacer llamadas telefónicas y hacerlo sólo durante dos o tres horas al día.

¿Me contrato?,

¿Me contrataría a mí mismo?

¿Soportaría tenerme como mi propio jefe?

¿Me respetaría como jefe?

¿Puedo fiarme de una oferta de trabajo que yo mismo me hiciera?

23 septiembre 2009

¡Agüeeeeeeeeeelo!

Empiezo a estar preocupado con mi lumbago. Cada vez son más frecuentes los chispazos que me pegan mis riñones y no puedo siquiera coger a mis hijos sin pensar que seguramente me quedaré doblado y daré con mis huesos en el suelo encogido de dolor.

Esta mañana el dolor apareció al ir a abrochar los cinturones de la silla de seguridad de mi hija. Tan mala cara debió verme mi hijo que se ofreció a abrochar el diabólico dispositivo de seguridad de la silla de su hermana. Al final no pudo hacerlo y tuve que hacerlo yo a cámara lenta.

¿Por qué tengo yo que afiliarme a este tipo de dolores incurables?, ¿no me bastaba ya con ser migrañoso?

Entre los dolores de este post y las batallitas del anterior me estoy dando mucho miedo.





22 septiembre 2009

Papá, me aburro

Cuando yo era pequeño, cada época tenía sus juegos. Jugábamos a las chapas, a las canicas (bolas, decíamos por aquí), a la peonza, al clavo…
También jugábamos al escondite, a Pico-Zorro-Zaina, a la goma, a la comba, al monopatín, a montar en bici…
Cogíamos bolsas de pipas y las uníamos dándoles golpes con piedras en sus extremos hasta que hacíamos unas larguísimas cintas con docenas de ellas…
Pasábamos tardes enteras cavando agujeros en el descampado con un palo y una piedra…
Poníamos petardos en los hormigueros y nos reíamos del montón de cadáveres humeantes que ello provocaba…
Echábamos partidos de fútbol con los chicos de otros barrios que solían terminar muy malamente…
Sisábamos monedas a nuestras madres para echar unos cuantos futbolines o jugar a las máquinas…
Hacíamos aviones de papel y los lanzábamos por las ventanas sin caer en la cuenta de que llegarían al suelo y descubrirían a los ingenieros aeronáuticos…
Atábamos arañas de goma a sedales y las bajábamos por el hueco de la escalera para asustar a las vecinas…
Recogíamos los flejes de los palés de ladrillo de las obras, los enrollábamos en forma de espiral y los atábamos con un cordel para más tarde cocerlos en agua con la complicidad de mi abuela, consiguiendo con ello una especie de muelle con los que hacíamos guerras incruentas…
Coleccionábamos cromos de fútbol y nos sabíamos de memoria cuáles nos faltaban, utilizando el trueque y mercadeando con los demás niños para terminar las colecciones…
Esperábamos sentados en el suelo a que la carta de ajuste dejase paso a los dibujos animados del lagarto Juancho, el Oso Yogui o del Pájaro Loco…
Salíamos a hurtadillas de la cama, a la que nos habían enviado sin posibilidad de discusión alguna, para ver alguna escena calificada de dos rombos…

Eran otros tiempos.

17 septiembre 2009

On

Me reinicio con fallos de carga.
Me duele la cabeza.
Será por las vacunas de los niños. Me parezco a mi padre. Mi padre, cuando la vecina del primero subía a casa para ponernos aquellas terribles inyecciones de Bencetacil, se marchaba de casa. No podía soportar aquella escena en la que nos bajábamos los pantalones y nos apoyábamos en la mesa camilla mientras ella nos banderilleaba como a Mihuras.
Ayer tuve que soportar el ver cómo a mis hijos les clavaban una jeringuilla en el brazo para vacunarles de la varicela. Sí, ya sé que es sólo un pinchazito de nada, pero una cosa es que me lo hagan a mí (que ya lo paso mal...) y otra ver cómo hacen daño a mis hijos. Me parezco a mi padre. Tanta tensión en poco rato hace que mis arterias se dilaten y mis glóbulos rojos reboten en sus paredes como autos de choque (coches chocones, decimos por aquí).
Luego está el tema de mi mujer, que sigue un poco tirante. Parecemos adolescentes de esos que se enfurruñan durante una temporada para terminar siendo más amigos todavía. Pero claro, esa temporada en la que no te apetece mucho hablar, no es demasiado agradable. Las comidas se hacen eternas y más los desayunos, cuando estamos en completa soledad y sólo se oye el rumor del locutor de turno que despotrica contra el Gobierno o hace un resumen de los maestros maltratados por padres e hijos delincuentes.
También está el trabajo. Hay momentos en los que me gustaría salir corriendo. De hecho, esta semana he salido corriendo en varias ocasiones para alejarme de él. Mala solución. Es como correr para no tener un resfriado cuando ya lo llevas dentro. Es como cerrar los ojos para no ver la realidad, sabiendo que la realidad, la verdad, está ahí fuera (Mulder dixit).
En fin, que vuelvo a tener ganas de apagarme.
¿Dónde está el botón?, pregunta Gesualdo.
Yo sé que lo tengo, aunque el muy cabrón cambia de sitio con frecuencia y no me es fácil encontrarlo.

15 septiembre 2009

Off

Ayer tuve que llamar al informático de guardia más a mano para que viniera a echarle un vistazo a la red de la oficina. Desde el pasado jueves en que me dio por borrar una pila de archivos que no hacían más que ocupar espacio en el megaservidor que todos utilizamos como vertedero de nuestros trabajos, la red se había convertido en algo así como una antigualla a pedales que no era capaz de absorber todas nuestras peticiones.
Tras unos cuantos años y experiencias en salir del paso arreglándomelas por mí mismo, llegué a la conclusión de que el asunto se me escapaba de las manos y era hora de llamar a un profesional. Y el profesional en cuestión, tras una larga lucha de media horita con el aparato, dio con la solución a todos nuestros males reiniciando el sistema.
Vamos, lo normal cuando pasan estas cosas.
Y tras esta mierda de introducción que no me lleva a ninguna parte, voy a proceder a reiniciarme a ver si recobro mi sentido común y algo de la responsabilidad que se me supone por edad y cargo.

14 septiembre 2009

No acabo de verlo claro

¿Cómo va lo del aniversario?, me pregunta Pirado.

Pues mira, Pir, no va. La cosa se ha enfriado de tal forma que mucho me temo que nos quedemos en casa para no celebrar tan histórico evento familiar. He mirado Spas, balnearios, hoteles, apartamentos, billetes de avión y hasta autocaravanas, pero no encuentro ningún tipo de respuesta en mi mujer lo suficientemente ilusionante como para decantarme por ninguna de las opciones.
Estoy un poquito cansado de ser yo siempre el que sorprenda, así que he caído en la más absoluta apatía "aniversárica".
Creo que voy a sorprenderla no sorprendiéndola.

09 septiembre 2009

Y habrá más, no lo dudes.

Hoy estaba invitado al preestreno de Casa Isidoro, así que allí me he presentado para envidia de miles de jubilados que se han pasado un par de años apostados al otro lado de las vallas de unas interminables obras mientras se levantaba semejante mole. El plan era muy sencillo: charleta informativa sobre cómo ha discurrido todo durante estos años, paseo por el centro para regocijo de las damas presentes y comida de confraternización para estrenar el restaurante de la cafetería. Miratú.
Lo primero que hice al llegar a la sexta planta fue acercarme a las mesas, porque no sé por qué motivo mis ojos se posaron en un cartelito que había delante de un plato, en la esquina de una mesa, que decía algo así como Sr. D. Pernam. 
¡Coño!, dije yo, ¿y con quién me habrán colocado?, me pregunté.
Y pegándole un indisimulado repaso al resto de nombres de los cartelitos descubrí que no conocía a dos de ellos, que otro era mi compañero de trabajo, y que los otros dos eran mi exjefejoputa y uno de sus actuales lacayos. No pude por menos de sonreir. Siempre que coincido con mi ex, me pongo de buen humor pensando lo mucho que le jode mi presencia...
Como casi siempre, llegó tarde. Y se le torció el gesto nada más verme segúramente por dos motivos: ya había descubierto que seríamos compañeros de rancho y, lo que le reconcomía más las entrañas, había averiguado al mismo tiempo que yo quiénes eran nuestros acompañantes. Y es que resulta que una mano amiga (ya me encargaré de descubrir quién fue...) había colocado a mi vera y justo delante de mí a los dos jerifaltes de la cosa que el amo Isidoro había enviado a presentar el acto. Yo, que en ningún momento me imaginé que aquello pudiera suceder y me veía haciendo cola para besarles el anillo con ánimo indisimulado de beneficiarme de las migajas que pudieran soltarme como limosna, compartiría mesa y mantel al mismo tiempo que mi súperex que se cree siempre, como por derecho divino, que debe ser él y ningún otro quien ocupe los mejores lugares en todos los saraos.
¡JODER!, ¡CÓMO HE DISFRUTADO DE LA COMIDA!, ¡QUÉ GUSTAZO!, ¡QUÉ SENSACIÓN DE PLENITUD!, ¡QUÉ MANERA DE VENGARME POR ENÉSIMA VEZ!, 
¡
U
É
G
O
Z
A
D
A
C
O
Ñ 
O
!
Y tras un orgasmo de venganza tras otro, tras olvidarme de mi lumbalgia durante casi tres horas, tras mirarle a los ojos siempre que él buscaba los míos, tras una sobremesa divertidísima en la que el protagonismo no era suyo en propiedad, tras unos sonoros palmetazos en la espalda y unos fuertes apretones de mano... me despedí de él con un "me ha alegrado mucho verte" y una boca llena de dientes.
Y he llegado a casa tan contento con mi regalo de bolígrafo Mont Blanc y tarjetero de piel y una bolsa  llena de triángulos verdes y negros utilísima que se pliega y pueden llevar las señoras en su bolso. 
Y es que, en el fondo, soy un rencoroso.

Club de fans

Venía yo dispuesto a contar mi quincuagesimoséptima (me encanta esta palabra, la más larga en castellano... ) recaída en la lumbalgia y mis sobredosis de Mio-relax, cuando en la portada del Blogger me encuentro con que Eleuterio se me ha añadido como seguidor.
Cierto es que hace unas semanas estuve enredando con el panel de Blogger para ver qué era eso de los "seguidores" que había visto en tu blog y en algún otro, pero en ningún momento se me ocurrió colgarlo en el mío. Pero resulta que en algún paso debí meter la pata y añadir la posibilidad de hacerlo.
Gracias Eleuterio, por tu detalle. Estaría dispuesto a hacerte una reverencia si seguidamente mi espalda me permitiera volver a erguirme.

07 septiembre 2009

Necesito consejo

En breve cumpliré una década como hombre casado y responsable padre de familia, y con este motivo, querría yo darle una alegría a nuestros cuerpos y marcharme con mi santa a algún lugar en el que sólo se oiga, como mucho, el rumor del mar o el de un buen jacuzzi.
He mirado una escapada a un balneario, a algún spa, a varias casas rurales, a picaderos capitalinos y a todo tipo de lugares más o menos alejados del mundanal ruido. 
¿Alguna sugerencia?

03 septiembre 2009

Poluciones

Hoy me desperté a las cuatro de la mañana. Algo interrumpió mi sueño y abrí los ojos. Pensé que habría sido alguno de los niños e intenté aguantar despierto unos segundos para ver si se repetía la llamada, o lo que fuese, para salir de dudas.
Error.
Enseguida descubrí lo que me había despertado. Eran los vecinos de abajo, que tienen la mala costumbre, buena para ellos, de follar a las horas más intempestivas. Y ella, que es muy de gemir en esas circunstancias, lo hace de una forma muy original, acompañando con gemidos cada empujón de su pareja. Nada de gemidos largos o gritos continuados, sino gemidos cortos y rítmicos.

Y claro, uno que no es de piedra, pues se desvela gracias a una imaginación inagotable que intenta recrear  el cómo y de qué manera se desarrolla la cópula. Además, también me da por pensar si ellos nos escucharán a nosotros.

Mi mujer dice que no, porque a ella no la puede escuchar nadie porque no emite ningún ruido. Y claro, yo, que soy el que más cerca de ella está en estas situaciones puedo asegurar que algo de ruido sí que hace. Igual que yo. Y esto, en la quietud de la noche, pues supongo que no hay tabique que lo resista.

¿Se desvelarán ellos también por nuestra culpa?

Espero que sí, porque eso de no volver a pegar ojo desde las cuatro de la mañana sabiendo que a las siete suena el despertador jode lo suyo.