Mis hijos, cumpliendo a rajatabla sus obligaciones de estirar al máximo la jornada con todas las tretas posibles, me obligan cada noche a leerles un cuento antes de dormir. Tengo que armarme de paciencia y superar el momento de comenzar a leer, que es el más difícil, porque no puedo con ello. No ya porque sea tarde y tengan que madrugar al día siguiente, ni porque no haya cenado todavía, y ni siquiera porque esté cansado, que también, sino porque el hecho de leer un libro me produce una pereza de tal calibre que preferiría en ese mismo momento ponerme un chándal y largarme a la calle a correr un par de kilómetros.
Desde hace un par de noches, mi mujer se lleva un gran almohadón a la cama, lo coloca bien apoyadito en la cabecera, se pone las gafas que no usa durante el día, y abre un libro de Ana María Matute que le ha prestado mi suegra para leerlo antes de dormirse. Y yo, mientras, con la cabeza metida bajo mi almohada intentando conciliar el sueño, cosa que me cuesta 7 minutos en vez de 5. Y es que mi suegra, desde que se ha jubilado y tiene aún más tiempo del que ya disponía, ha decidido recuperar todo lo que no pudo leer durante 40 años y hacerlo cuanto antes, y se ha convertido en una lectora compulsiva de lo propio y de lo ajeno, contagiando de ello a mi mujer y por lo tanto perjudicando mi descanso. ¿Pero qué culpa tengo yo de que le apetezca leer a las doce de la noche?, ¿no puede quedarse en el sofá, apagar la tele y disfrutar de lo que cuente la Matute ella solita?
Sé que esto que digo se sale de la norma de la corrección política esa que tanto se lleva ahora, pero qué le vamos a hacer. Que no. Que no me gusta leer. Que me aburre. Que me aburre hasta ver cómo alguien lee un libro. También me ocurre algo contradictorio, y es que echo de menos aquellos tiempos en los que leer era gratificante. Aquellos tiempos en los que era obligatorio y me costaba tanto o más comenzar a leer un libro de lo que ahora me cuesta, pero en cuanto lo hacía me enganchaba. Eran los tiempos de San Manuel Bueno, Martir; Viaje a la Alcarria; Don Quijote de la Mancha... más tarde, en mi adolescencia, y en plena crisis de fe, cometí el tremendo error de comenzar a leer la mismísima Biblia, de la que me harté en el momento en el que leí que Matusalén vivió cerca de 1000 años y engendró cientos de hijos con, imagino yo, otras tantas mujeres. Claro está que a los 16 años, la simple posibilidad de pasar 1000 años engendrando hijos e hijas supuso en mi un golpe tan duro a mi imaginación que no fui capaz de leer ni una página más. Desde entonces, y no miento, no me he leído más de 3 ó 4 libros: El Médico (Noah Gordon), Hormigas (Bernard Werber) y La Metamorfosis (Franz Kafka).
Eso sí, habré consumido miles de periódicos y millones de horas de tele y radio, lo que me convierte en un crack jugando al Trivial y contestando a todas las preguntas de los concursos de la tele. Cultureta, que decía una profesora de inglés un poco seta durante la carrera. Sigo cualquier conversación aportando datos de interés, me sé de memoria ríos y afluentes, por la izquierda y por la derecha, sierras, cabos y golfos, hago operaciones matemáticas mentales con rapidez (dice el Braintraining que tengo ¡18 años!), localizo en un mapa cualquier país del mundo e incluso conozco su capital, hablo inglés con fluidez y utilizo bastante vocabulario, recito de memoria los verbos irregulares, y soy capaz de hacerme entender en cualquier parte. No suelo cometer faltas de ortografía, aunque el mejor escribano siempre echa algún borrón...
Si no leer me convierte en alguien inculto y socialmente mal visto, pues eso.