31 marzo 2009

Fusilando a Pirado

Montándome sin billete ni permiso en el último post de Pirado, me ha venido a la memoria algo que, aún a riesgo de repetirme...

Tengo un amigo.

Es curiosa la percepción de la belleza. Cada persona tiene, como para otras facetas de la vida, una percepción totalmente distinta a la de las demás. Hay días que mientras uno está helado, el vecino tiene calor o viceversa. Igual pasa con la belleza.

Desde que le conocí me di cuenta de que éramos totalmente diferentes, y quizás por eso aún hoy mantenemos una estrecha relación y nos vemos a diario. En una de nuestras infinitas conversaciones llegamos a la conclusión de que nos gustaban modelos diferentes de mujer. "Antes", me dijo, "nos gustaban las mismas tías, pero ahora veo que no." Gracias a Dios, pensé para mí.

A él le van las rubias, mientras que a mí, tanto me dan unas como otras. No es que yo sea muy faldero, que no lo soy, sino que encuentro guapas a una serie de mujeres que otros ni siquiera considerarían como modelos a tener en cuenta para valorar un canon de belleza. De lo que sí me doy cuenta es que voy por la calle y, de vez en cuando, me quedo mirando a alguna chica hasta que ella se da cuenta y, entonces, aparto la mirada porque lo considero una agresión hacia ella. Normalmente se trata de chicas "normales" que cojean de uno u otro sitio, es decir, que no son la absoluta perfección que otros consideran como bello, pero que a mí me atraen por una u otra causa. Por supuesto que no soy de piedra y me doy cuenta de lo buenas que están las tías por las que todo el mundo babea, pero de ahí a que las eleve a lo más alto y suspire por ellas nada más verlas, pues no.

Mi mujer, que es muy suya, suele preguntarme por las chicas que salen en la tele. "¿Qué chica más guapa, no?", y normalmente no estoy muy de acuerdo con ella. Creo que lo hace para compararse, es decir, "que si esa chica yo creo que es tan guapa y este dice que no lo es tanto y ha terminado conmigo, quiere decir que yo soy más guapa que ella, así que soy un bellezón quetecagas"

Y tiene razón.

Así que le doy, en parte, la razón a Pirado, o mejor dicho, al video colgado en su último post en el que se dice de forma descarnada la auténtica realidad: nos fijamos en el embalaje, sí, aunque cada uno tenemos nuestra propio concepto del mismo y consideramos el de nuestra elección como el más bello. Lo que ocurre es que el embalaje termina por ser, siempre, algo accesorio que nos gusta conservar, aunque lo importante es siempre lo que envuelve.

(Y releyéndome me he dado cuenta de que mentes enfermas como las de mis miles de lectores pueden llegar a pensar que mi mujer es un cardo borriquero al que yo considero un bellezón. Pues no, mi mujer está muy, pero que muy buena. Así que en el fondo, yo soy uno más de esos que se quedan con el embalaje y luego descubren que también hay algo en el interior)

Lo inexistente

Si damos por bueno eso de que la música militar es lo uno o lo otro, creo que también deberíamos opinar lo mismo sobre el periodismo deportivo. O se dedica uno al periodismo o al deporte, pero lo uno no conjuga con lo otro. ¿Cómo se puede denominar periodista a quien utiliza palabros como "tribote"?

Pues bien, hoy he escuchado a una de estas juntapalabras deportivas en una emisora de radio que los turcos, con los que parece que jugamos mañana al fúrgol, están muy enfadados porque en el partido del otro día los españolitos futboleros que estaban en el campo pitaron mientras sonaba su himno nacional. Por aquellas cosas que tienen los programadores televisivos que consideran que cuando hay partido todo el país se paraliza para verlo, sin tener en cuenta que en todas las casas ya hay dos o más teles y que incluso ya se puede ver cualquier canal hasta en el móvil, el sábado pasado no me quedó más remedio que verlo un ratito. Y sí, me sorprendió la actitud de la borregada cuando sonaba el himno enemigo, aunque me expliqué luego muy bien el por qué de su forma de actuar cuando también les escuché entonar la letra del nuestro.

Y es que tiene cojones la cosa. ¿Cómo se va a respetar el himno del contrario cuando ni siquiera se respeta el nuestro?, ¿cómo se puede pedir respeto para lo ajeno cuando se tiene una letra tan profunda en el nuestro como Chunda, chunda, tachundachundachunda, tatachundachún, tachundachundachúuuuuuuuuuun?

No soy yo uno de esos meapilas patrioteros que enaltece los símbolos patrios, sino todo lo contrario, pero hay cosas que me ponen de mal humor, y una de ellas es la falta de respeto hacia lo ajeno, sobre todo cuando lo ajeno es algo tan delicado que toca los sentimientos de la gente. Es como el que va a misa con los auriculares de la radio en las orejas y no escucha el sermón; ¡coño, quédate en casa!.

Cuando veo por la tele a los ciudadanos de esos países que se llevan la mano derecha al corazón cuando suena su himno, pues qué quieres que te diga, me producen cierta envidia. Yo, cuando suena el himno español, me quedo como estaba, y cuando veo la bandera, pues tres cuartos de lo mismo. Y en muchos casos, en casi todos los que conozco, este sentimiento de indiferencia está tan metido en nuestros genes como lo está el rechazo a los franceses y lo que de allí venga.

Si en el caso de los franceses la cosa nos viene de hace un par de siglos y por culpa de un tal Bonaparte, el motivo del rechazo al himno y los símbolos nacionales mañana cumplirá 70 años.

1º de Abril. Día de la Victoria.

27 marzo 2009

Lo nuestro se acabó

"Gema he roto con tigo ja ja"

Y con el dibujo de un corazón tachado con un aspa terminaba la nota.

Para tener 7 años recién cumplidos, mi hijo carece de cualquier tipo de escrúpulos.

26 marzo 2009

Un sufi

(No tengo ni idea de por qué se me desconfigura este chisme en cuanto escribo mis tonterías en otra parte para luego copiarlas aquí, así que mis disculpas a aquellos que pierdan su precioso tiempo en leer este post pelín anticlerical. ¿Mira que si es el mismísimo Dios el que me estropea el post?. ¡Jodo!)

Mi hijo ha sacado un suficiente en Religión y mi mujer me preguntó ayer, mientras comía un yogur en el sofá y sin venir a cuento, si yo me explicaba el por qué. Me quedé mirándola esperando que aquella pregunta fuese de coña y ambos explotásemos acto seguido en una sonora carcajada, pero por su forma de dar la vuelta a la cuchara en su boca y quedarse mirándome fijamente a los ojos sin sacársela, me di cuenta de que la cosa iba en serio.

¿Pero qué vas a esperar de un niño que vive en un hogar en el que jamás se habla de Dios, no se reza nunca y bajo ningún concepto se va a misa los domingos, que apruebe con nota?, ¡pero si ni siquiera me sé el Padre Nuestro y no me acuerdo del Avemaría!, ¿qué quieres que saque el niño?, ¡demasiado es que le pongan un suficiente!. Además, mira que le gusta ir al cole y que todo lo lleva más o menos bien, pero en el caso de la Religión es la única asignatura que me ha dicho que no le gusta. ¿Ah, sí?, ¿y qué le respondiste?. ¿Pues qué le voy a responder?, pues lo que le habría respondido con cualquier otra, que lo que él tiene que hacer es estudiar y que si no le gusta que se aguante.

Y ahí terminó la conversación.

En casa no hablamos de religión. Ni bien ni mal. Bueno, yo he de reconocer que cuando escucho las autopromos de la COPE esas en las que dicen que cuentan verdades tal y como son, y escucho las editoriales esas de por las noches en las que dan lecciones de moralidad es que me desconpongo y no me queda más remedio que cagarme en todos ellos. Pero, eso sí, lo hago en la más completa soledad y sin que ninguno de mis hijos me escuche. Sigo manteniendo aquello de que bastante bien me harán el trabajo ellos mismos como para tener yo que perder el tiempo malmetiendo en su contra. No me hace falta, se bastan solitos. Ahora, que no me pidan que haga proselitismo a su favor porque por ahí no paso.

Y paro el carro porque me pierdo.

¿Y qué si el niño saca un suficiente en Religión?, ¡pues ya sacará un bien, como su padre, que era adicto a esa nota!

¿Está el niño contento?: sí. ¿Creo que es buena la educación que le están dando?: sí.

Pues punto pelota.

25 marzo 2009

La tienda

Mentiría si dijese que me pasé allí días enteros, aunque sí que fueron muchas horas. Horas en las que mataba el tiempo viendo a mi madre y a mi tía hacerse el café de media tarde en un hornillo de aquellos de camping-gas y tomárselo mientras escuchaban a la Señora Francis en aquel aparato de radio enorme. A la espera de algún cliente se pasaban la tarde charlando mientras ambas cosían: mi madre por obligación y mi tía para echarle una mano.
Otra de mis aficiones era coger el alfiletero, acerico más bien, y meter y sacar las agujas y las alfileres una y otra vez para desesperación de mi madre, que se temía lo peor. También era divertido cazarlas con aquel imán curvado y aquel otro redondo que no se podían ni ver y que se repelían en cuanto los acercabas. Más de una vez hice el intento de coser algún botón, cosa que aún no se me da nada mal, intentando que mi madre no me viese hacerlo sin dedal, que era algo que no podía soportar.
Subiendo las escaleras se accedía a un primer piso que, con la edad, se me fue quedando, literalmente, pequeño. Era un primer piso sacado a duras penas y por el que al cabo de los años me tocó pasear ladeando la cabeza para no darme contra el techo. Allí había un par de habitaciones llenas de bolsas y de perchas, y una sala bastante grande que terminaba en un ventanal por el que se veía la calle. Una especie de estor transparente de color naranja que dejaba que el sol entrase con toda su fuerza, cosa de agradecer en invierno y de temer en verano, y unas ventanas laterales de estilo veneciano que tenían en su parte superior unos pequeños ventiladores para extraer el aire hacia la calle, hacían de aquel piso un refugio confortable y a la vez muy entretenido.
Allí vi por primera vez una mujer desnuda. Bueno, desnuda del todo, no, porque en aquellos años 70 y primeros 80 sólo se llevaba enseñar algún pecho que otro y poco más. Pero aquello era suficiente para un niño ávido de conocimiento que veía en aquellas revistas que allí guardaba mi padre un tesoro de incalculable valor. Con los años me enteré que aquella recopilación de revistas, casi todas ellas repetidas decenas de veces, se había producido como consecuencia de una información comprometedora que allí se publicaba sobre un hermano de mi padre y que podía llevarle a la ruina. Por eso mi padre y mi tío se pasaron días enteros recorriendo todos los kioskos de la ciudad comprando todas aquellas publicaciones y gastándose todo el dinero que no tenían para evitar que aquello tuviera más difusión de la necesaria.
Así que resultaba que era cierto que esas revistas tenían chicha informativa, y la aderezaban con chicas ligeras de ropa para darle un poquito más de picante al asunto. Mira tú.
Como vecinos teníamos a una droguería y a una ferretería. En ambos casos, sus dueños tenían dos hijos. Chico y chica en la droguería y dos chicos en la ferretería. Nunca nos llevamos bien, y jugamos más bien poco. Los de la droguería eran un poco raritos y se parecían bastante a los hijos de Nels Oleson, el del almacen de Walnut Grove en el que compraba Charles Ingalls, aunque en este caso el niño era el mayor y la hija la pequeña, mientras que los hijos del ferretero eran dos elementos indomables a los que se les veía venir que terminarían sus días en la misma tienda que les dejase su padre porque no daban más de sí que para contar tuercas, si no eran muchas.
Y llegó la puta crisis. Sí, aquella crisis que echó por tierra todos los sueños mercantiles de mis padres y obligó a despedir a mucha gente y, al final del todo, cerrar la tienda. Pasó unos cuantos años cerrada porque nadie podía comprarla o alquilarla, hasta que la situación se hizo tan insostenible que se tuvo que malvender en el peor momento. Un par de años más y mis padres hubieran hecho el negocio de su vida. Mierda de vida. Así, la tienda pasó a ser de otros. Cambiaron los rótulos, los usos y las personas que allí trabajaban. Al principio era raro, pero con el tiempo la herida fue curando y aquello dejó de ser parte de nuestras vidas. También fracasó aquel negocio y la tienda se convirtió en frutería.
Ayer, mientras regresaba a casa dando un paseo sonó el móvil: "Oye, cuando pases por la frutería, si está abierta, coge unos kiwis y unas naranjas" Entré, compré la fruta, y salí por la puerta en el mismo momento que, por mi izquierda, se acercaba el hijo de los drogueros al que agarraba del brazo su mujer. Lo que en su día fue una droguería hoy es un zapatero remendón que lo mismo te pone medias suelas que te hace una copia de la llave del garaje. Pasaba a la altura de lo que fue su tienda y le pillé mirando hacia su interior como con melancolía. Cuando volvió la vista nuestras miradas se cruzaron, y me di cuenta del gesto que hacía al verme salir de lo que en su día fue mío.
Ambos desviamos la mirada y nos cruzamos sin decirnos nada. Nada quedaba ya de lo que vivimos mas que recuerdos, y ninguno de los dos quiso abrir una puerta que llevaba años cerrada.

23 marzo 2009

Perdonen que no me levante

Hace dos meses visité a mi dentista, y salí de su consulta con 55 eurazos menos en el bolsillo y un empaste blanco blanquísimo en una de mis muelas.

Me puse en sus manos porque me dolía una muela y porque nunca jamás me ha hecho daño, cosa que es de agradecer en alguien que hurga en tu boca con decenas de instrumentos de tortura justo después de pincharte un par de veces con una aguja larguísima. Yo digo que usa decenas de instrumentos porque los he visto al sentarme en la silla, y no porque mientras me los mete en la boca tenga los ojos abiertos. No, no. Yo me siento, entrecruzo mis dedos, abro la bocota y aprieto los ojos hasta que todo aquello termina. Más de una vez me ha preguntado si me hace daño, porque de tanto apretar los ojos suelo terminar llorando.

El caso es que, como decía, hace un par de meses me dolía una muela. Y resulta que ahora me duelen dos: la misma que me empastó y justo la de encima. Y hoy, que tocaba revisión de lo que yo creí que era un empaste del color de la nieve, resulta que no, que era un apaño temporal que ha habido que levantar para plantarme otro de esos antiestéticos empastes de papel Albal que tanto afean mi sin par sonrisa cuando se convierte en carcajada de macho tabernario. Total, otros 30 eurazos por meterme las manos en la boca y hacerme sufrir apretando los ojos. Y encima, cita para el próximo miércoles 1º de Abril, Día de la Victoria. Hay que joderse.

Esto de la cuarentena ya me empieza a joder un poquito: que si me duelen los gemelos por la caminata, que si me quedo frito después del acto, que si me tengo que ir a la cama a la misma hora que las gallinas, que si me despierto siempre a la misma hora aunque sea domingo, que si tengo canas, que si se me desgastan los empastes...

Joder con la madurez. Estoy tan maduro que creo que el día menos pensado me voy a caer de algún sitio y terminaré hecho añicos contra el suelo.

Ya puedo imaginar mi epitafio: "Aquí se espachurró Pernam"

Arrieritos somos

Comenzaron los niños recitando la poesía de la golondrina Marina y terminaron los padres cantando todo el repertorio de los payasos de la tele. Sólo faltó el Avemaría de inicio de viaje y el Padrenuestro de agradecimiento al fantástico día que nos había ofrecido el Señor y del retorno sin ningún mal a nuestro punto de partida.
Si es que soy un malpensado. A la excursión de ayer sólo se apuntaron tres venerables sacerdotes entrados en años que tenían como máxima preocupación llegar al bar más cercano para echar una buena partida de tute. Lógicamente, aunque entre ellos, maldijeron todo lo que pudieron a nuestro presi ZP por obligar a abortar a todas las niñas españolas que cumplan 16 años, estén o no embarazadas. Y es que el diablo de nuestros días es el pobre ZP, que se pasa el día entero pensando en cómo joder a la Santa Madre Iglesia en vez de trabajar para sacarnos de esta crisis económica que él mismo ha provocado y que ha sumido al mundo entero en la agonía y en el caos.
Pues eso, que a los tres ancianitos se les había olvidado el báculo en sus celdas y no les vimos el pelo en todo el trayecto. Un trayecto, si no lo digo reviento, que me pareció feo de solemnidad. Sólo tenía una parte bonita, ya muy al final del camino, en el que paseábamos entre olivos y almendros y divisábamos en la otra orilla del río el país vecino, con sus laderas bien cuidadas y todavía en producción, no como las laderas patrias en las que los olivos aún sostenían entre sus ramas la cosecha sin recoger del pasado año. Y es que al españolito de hoy en día le duele mucho más la espalda que al vecino de enfrente y pasa de recoger cosecha alguna. Total, le van a pagar la misma subvención europea/española/regional/provincial/local de turno lo haga o no, así que no se molesta en hacerlo. Y hace bien, coño. Que trabajen otros.
Cual carrera ciclista, enseguida se fragmentó el grupo. En cabeza salieron disparados los aspirantes a comer a las dos y media en el punto final de la etapa, cumpliendo así el horario previsto, mientras que en el pelotón nos quedamos los que arreábamos al rebaño infantil que entre todos habíamos creado, y tratábamos de entretenerlos con las cosas más peregrinas para evitar que terminasen sobre nuestros hombros y añadir así más sufrimiento a nuestras piernas. Porque la etapa era de esas rompepiernas con contínuos subeybajas (¿se dice así, Gesualdo?) que hacían que nuestros gemelos, los de las piernas, fueran los que más trabajasen y por tanto más se resintiesen de cualquier peso extra. Mucho, pero que mucho polvo tragado después, conseguimos llegar a un lugar más o menos apetecible o discretamente pintoresco en el que sentaditos en el suelo y con mucho orden comernos el bocata de tortilla. Odio los bocatas. A mi mujer le chiflan con la misma intensidad que yo los rechazo. Y por ese odio innato al bocadillo frío, me había comprado en el Mercadona sin decir nada a nadie una ensalada americana de esas envasadas y me había preparado mi tenedor de plástico, así que me dispuse a hincarle el diente en cuanto asenté mis reales. Pero mi mujer, que es muy mujer, enseguida se dio cuenta de la jugada y sacó dos conclusiones: que no me gustaba el bocata que me había preparado (tan cierto como que me moriré algún día) y que ella también debía dar buena cuenta de MI ensalada (igual de cierto) Y sin comunicarme ninguna de las dos cosas, aunque por su mirada no hacía falta, decidió compartir MI ensalada. Así que tuve que comerme SU bocata, el que ella había hecho, y compartir MI ensalada, que yo había comprado para uso particular. Soy un calzonazos.
Cumplido el control de avituallamiento continuamos la etapa por, todo hay que decirlo, los más bonitos metros de la jornada. Sólo por este tramo, creo que mereció la pena el esfuerzo. Y llegamos triunfalmente los últimos a la linea de llegada sin que ello supusiera penalización alguna y por tanto sin quedarnos fuera de control, en loor de multitudes y con una gran ovación del público asistente. Helados para todos y merecido descanso a la sombra del bar en el que los vecinos de enfrente bajan a dejarse los ahorros en las máquinas tragaperras. Fin.
Bueno, fin tampoco, porque mi hijo, que es muy aventurero, me embarcó en el difícil reto de cruzar la frontera por el decrépito puente de hierro que cruza el río junto junto a un amigo suyo que no había salido nunca de nuestro país y al que le hacía especial ilusión expatriarse. Solicitado el permiso paterno y, acojonado por la responsabilidad de perder a dos criaturas en un kamikaze intento de cruzar semejante infraestructura, no sólo lo hicimos una vez sino dos. Y descubrimos la antigua estación de la localidad vecina que aún rezuma el romanticismo de una época en la que las estaciones eran algo más que centros comerciales, y donde las máquinas se giraban mediante manivelas para volver a la vía y deshacer su camino un rato más tarde.
De vuelta al autobús hicimos una parada intermedia en uno de esos castros que por aquí tanto abundan. No lo conocía y me dejaron perplejo su perfección, su situación y su conservación, aunque más perplejo me dejó que el padre de una de las criaturas no le cruzase la cara a su hijo por tirar desde lo alto de sus murallas una de esas piedras que llevaba en aquel lugar tan tranquilas casi 2.500 años. Yo sí habría sacado de mi interior al hombre de la Edad de Bronce que seguro que llevo en mis entrañas para lapidar a aquella criatura en aquel mismo lugar y con esa misma piedra.
Y así, con ese primitivo sentimiento, se termina mi relato. Cada uno a su casa y, en mi caso, a las diez y media en la cama porque no podía con mi alma.
Ya se lo digo yo a mis hijos: papá está viejito.

20 marzo 2009

Qué buenos son, que nos llevan de excursión

Creo que me repito, pero me da lo mismo. A mi ingente cohorte de seguidores incondicionales les tengo tan engañados como los programadores de Antena3 a sus espectadores, y repiten y repiten sin cesar los capítulos de Los Simpsons. Pues eso, que hoy, seguro que me repito.
Soy un ser insociable. No me gusta hablar con desconocidos. No me gusta tratar con los padres de otros niños en el cole. No me gusta entablar conversaciones vacuas con ningún miembro de mi misma especie que no haya conocido ya y no forme parte de mi guardia pretoriana. Yo ya tengo mi círculo de confianza y no necesito que entre nadie más. Punto pelota.
Mi mujer, que me trae por la calle de la amargura, me ha preparado la sorpresa de tener que compartir jornada con un autobús enterito lleno de padres, madres e hijos, ajenos a cualquier círculo o guardia pretoriana. Es decir, que me ha preparado una encerrona en la que sufriré mucho muchísimo teniendo que poner sonrisa eterna desde las nueve de la mañana, hora de la salida, hasta las siete de la tarde, hora de llegada.
Pero, ¿por qué?, ¿qué he hecho yo?, ¿qué pecado he cometido para tener que ir detrás de un cura por esos caminos de Dios armado de un cayado y soportando los llantos y crujir de dientes de niños ajenos?, ¿tan mal me he portado?, ¿no sería mejor pasarse el domingo comiendo y bebiendo de gañote en casa de algún pariente?
Seguro que luego me pasa lo de siempre y llego a casa y pienso que me lo he pasado bien y que incluso ha merecido la pena, y que soy un cenizo y un malpensado...
Pero es que la gente se cree que por salir por ahí una vez ya eres su amigo del alma y yo, con el alma no juego, ni la vendo, ni la alquilo por horas.

(Post recuperado y no publicado. Vaya usted a saber por qué)

Mi cuñado#1 es de esos que te echa la bronca cuando compras donuts porque lleva no sé qué estabilizante que parece ser que provoca todos los males del infierno y cuarto y mitad de los de este mundo si lo ingieres. Por los donuts y por todo, vamos. Que si hay que beber mucha leche, que si no hay que comer mucha carne, que si el yogur es lo mejor del mundo, que si el chorizo es lo peor, que si el jamón de york es veneno, que si las lentejas son lo más... Así se pasa todo el día.

Hace ya muchos años nos regaló un folio llenito de cifras y letras y detrás de todos ellos había un montón de enfermedades malísimas que te podían afectar si comías algo que tuviera esa sopa de letras entre sus ingredientes. Una lista que a parte de decir por qué eran horribles aquellas siglas, describía pormenorizadamente todos los productos que las contenían. Así las cosas resulta que no podías comer casi de nada que viniera embolsado o medio cocinado o que se adquiriese en cualquier supermercado. Vamos, que si no te mataban los estabilizantes te morías de inanición.

Y siempre que venía, la misma monserga: que si hay que hacer mucho ejercicio, que si todos los días hay que comer verdura, que si la leche, que si el yogur, que si los garbanzos, que si la miel por toneladas...

Hacía un par de semanas que no sabíamos nada de él y le llamamos. ¿Qué tal?. Pues mal. ¿Cómo que mal?. Pues eso, mal. He tenido que ir al hospital. ¡Pero, ¿qué te ha pasado?!. Pues mira, un cólico. ¿Nefrítico, de vesícula...?. Nefrítico: me pasé toda la noche orinando sangre. No veas qué susto. ¿Y qué te han dicho?. Pues después de hacerme no sé cuántas pruebas parece ser que es de la alimentación. ¿De la alimentación?. Sí, dicen que puede ser debido a la ingesta de leche y verduras, y que se me han formado cálculos de ácido úrico que han provocado el cólico. Osea, que si te hubieras pasado todos estos años comiendo bistecs de kilo bien sanguinolentos esto no te hubiera ocurrido, ¿no?. Pues algo así me han dicho...
Je.

18 marzo 2009

La prima Vera

Después de llevar a los niños al cole he vuelto a casa sólo para dejar el coche y, con el sol de cara, me he bajado hasta la oficina. En esta ciudad se sube o se baja en función de dónde vayas, y yo, para venir a la oficina tengo que bajar hasta el centro para luego subir hasta ella. Cosas.

El caso es que mientras bajaba me he comprado el primer helado de la temporada. Uno de esos que se llaman Cheesecake y que está más que rebueno. Y entre lametón y lametón, mordisco y mordisco, me he llegado hasta aquí dándome un buen paseo, que eso se llama por estos lares a un trayecto caminando de 20 ó 30 minutazos.

Joder, qué gusto da esto de la primavera. Han llegado docenas de cigüeñas que copan todos los campanarios, cúpulas y aristas, que son muchas, de esta ciudad. Y te llaman poderosamente la atención porque se encuentran todas, como muy bien decía mi abuela, "machando el ajo", es decir, emitiendo ese característico sonido de su época de celo que realizan con su pico. Crocoteo, dicen los más listos del lugar. Las palomas, algo agobiadas por este sol que empieza a calentar en demasía, ya buscan las paredes opuestas de los edificios para descansar tomando la sombra, que es lo que más apetece a ratos.

Y caminando, caminando, hete aquí que no me queda otra que cruzar el ágora, y en ella me encuentro toneladas de carne tostándose a la piedra e infinidad de canalillos y huchas de todo tipo que invitan al solaz y proporcionan buenos ratos a los jubilados que no salen de su asombro ante tanta juventud de prietos lomos. Ah, la jubilación, quién la pillara.

¿Te has fijado en las tetas de A?
¿Cómo no me voy a fijar si casi unto mi nariz en ella cuando me hablaba?
Joder, yo ya se lo he dicho alguna vez, ¿pero dónde vas así, criatura?
No me extraña. Si yo tuviese que trabajar con ella, no sé si podría apartar los ojos.

Será la edad, pero últimamente es que no puedo por menos.

12 marzo 2009

En canal

He vuelto a dejar de afeitarme y no lo hago desde el domingo. Me hace gordo.
Me duele la cabeza.
Las tías van desnudas por la calle y creo que se me han metido al menos una docena de tetas en un ojo y varias minifaldas en el otro.
Me he comprado 2 entradas para ver a Springsteen el 26 de julio en el bocho y las llevo en la agenda como si no tuvieran ningún valor. Como las pierda voy a tener un disgusto grave conmigo mismo.
Por más que le meto a la gente las manos en los bolsillos no consigo sacarles lo suficiente para que mi facturación semanal tenga un aspecto saludable.
Después de echar un polvo me quedo frito. Pero frito, frito.
Últimamente me ha dado por decir mi edad como un número ordinal y me mola más que en su forma cardinal.
Cada vez me da más pereza discutir.
Cada vez me da más pereza casi todo.
Tengo ganas de ir a la playa.
¿Por qué hay días que me los pasaría escribiendo cosas en el blog y luego paso semanas sufriendo por que no tengo nada que contar?
¿Seré un tipo voluble, vago, vacío, hueco, falto de creatividad?
¿Tomé la decisión adecuada el día que dejé de ver partidos de fútbol porque me parecían una tomadura de pelo?
No hay nada mejor que hacer la compra en un Mercadona un día de partido.
¿Por qué cojones la deflación ha de ser un problema?, ¿no sería fantástico que las cosas te costasen menos cada vez que fueras a la tienda?
¿No es acaso el ser humano un ser estúpido por naturaleza?, ¿no tenemos todo lo necesario para poder vivir sin dar un palo al agua y sin embargo hemos construido una sociedad inhabitable?
No quiero que mis hijos crezcan.
¿Por qué soy capaz de reaccionar con tranquilidad en situaciones límite?
¿Por qué lo dejo todo para el final?, ¿acaso lo hago porque si no me veo en una situación sin salida no valoro todas las opciones posibles para escoger la adecuada?

Me voy a dar una vuelta.


10 marzo 2009

...y nadie sabe cómo ha sido

¡Ah, las tetas, digo... la primavera!

¿En qué estaría yo pensando?

09 marzo 2009

¡Uyyyyyyyy!

Ayer, aprovechando que la primavera se nos ha desplomado encima de una hora para otra y hemos pasado de tener que ir con plomos en los bolsillos para no volarnos a enseñar los lomos para pillar colorcillo, me llevé a la tropa infantil al parque ese que tenemos por aquí en el que hay de todo pero al mismo tiempo falta de todo para pasar la tarde.

Y mientras yo jugaba con el niño a darle patadas al balón (al fútbol, dice él, sin darse cuenta de lo mal que lo hace su padre...) mi mujer no podía ni levantarse del soleado banco en el que acampamos porque la niña no paraba de toser y empezaba a dar síntomas de fiebre, así que muy bonito todo. Una horita después llegaron mis suegros, con la intención de pasear con nosotros un ratito y aprovechar la tarde, pero entre los mocos/fiebre/toses de la niña, y que las sobras de los árboles se alargaban ya tanto que cubrían los últimos rayos del sol y el frío empezaba a sentirse, la cosa se quedó en eso, unas pataditas a un balón.

Eso sí, el que tuvo, retuvo. Mi suegro fue futbolista del equipo local hará más de 50 años, y aunque no para de quejarse de lo mucho que le duelen los pies y de lo mal que tiene la espalda, no hay más que echarle un balón para ver que no lo hacía mal del todo. Es curioso cómo se diferencia a simple vista a alguien al que se le da bien eso del fútbol de otro que lo intenta pero no tiene lo necesario. No se trata de dar mil toques al balón sin dejar que baje al suelo, no señor, sino que el simple hecho de tener el balón cerca y colocar el cuerpo ya deja entrever si es o no lo tuyo. Y mi suegro, lo tiene.

La putada es que a él le tocó ser futbolista cuando casi había que poner dinero para jugar, y no estos tiempos que ahora vivimos en el que una panda de adolescentes tatuados ganan más en una hora de lo que el resto de sus conciudadanos en un mes.

Si mi hijo se casase con la hija de un futbolista dentro de unos años, lo tendría todo hecho por los siglos de los siglos. Y no como yo.

05 marzo 2009

Tócamela (la cabeza, digo)

En días como hoy saldría yo de casa encantado de la vida. Este viento me aseguraba el éxito total. En aquellos tiempos tenía yo un flequillo fuera de lo normal. Un flequillo largo, bien cuidado y que nacía en una raya rectísima que cruzaba mi cráneo en su parte izquierda para luego dejarse caer sobre mi ojo derecho. Caer, lo que se dice caer, no caía. Digamos que formaba una especie de voladizo sobre su órbita que yo no paraba de atusarme con la mano y que, en el cenit de la elegancia, volvía a su estado perfecto con un simple soplido que yo interpretaba de forma maravillosa. Y todo lo acompañaba con unos calcetines blancos estupendos que resaltaban magníficamente dentro de unos negros mocasines con borlas.

¡Ah, los años 80!, ¡pero qué panda de horteras éramos y qué bien los disfrutamos, coño!

Pero aquello ya pasó, gracias a Dios, y hoy mi flequillo ha desaparecido. No es que el pelo haya desaparecido, nada más lejos de la realidad, sino que su forma ha cambiado. Ahora me peino para atrás, o mejor dicho, para arriba, porque el pelo lo tengo tan corto que siempre está medio de punta. Tampoco hay raya, y creo que sería ya imposible intentar siquiera hacerla salir porque mis cabellos se rebelarían tras tantos años de nuevo peinado y la cubrirían en cuanto estuvieran secos. Y qué decir de los laterales, tan cortos tan cortos que ni siquiera puedo atusarme los cabellos con lo que eso a mí me gustaba.

Que me soben la cabeza es algo que me pone y que me pierde. Si alguien quisiera hacer de mí lo que fuera tendría que sobarme la cabeza o rascarme la espalda. Tan sencillo como eso. Sobarme el pelo es lo más para dejarme inconsciente, y rascarme la espalda es lo más para ponerme en estado de disposición absoluta a todo lo que llegue. Así de fácil soy.

¿Y a qué venía todo esto?, pues a nada, porque lo que yo quería realmente era poner a parir a este tiempo coñazo que no es ni carne ni pescado. Hace viento, para, vuelve, arrecia, llueve, graniza, sale el sol, nieva un poquito, sale el sol, sale el sol mientras llueve y graniza y nieva y sopla un ventarrón terrible todo al mismo tiempo, para, diluvia... ¡coño, que se ponga de acuerdo y haga sólo una cosa, porque no sabe uno si salir con paraguas o sin él, con el bañador debajo del abrigo o con el pantalón de pana y el gorro y la bufanda o en vaqueros y camiseta!, ¡que ya está bien, hombre, que ya está bien!

02 marzo 2009

36 años

Hace unos días, mientras esperaba la salida de mis hijos en el patio del colegio, se me pasó por el pensamiento algo más bien macabro y que intenté que se me fuera de la imaginación lo más pronto posible: ningún padre de ningún niño conocido de mis hijos había muerto en estos casi cuatro años. Pensé por un momento cómo se le dice a un niño que alguno de sus padres ha muerto, y cómo se transmite ese mismo acontecimiento a todos sus amigos de 6 años.

Iré a recogerlos en menos de media hora y tendré la respuesta.

La vida, en ocasiones, no es más que un montón de mierda.