Comenzaron los niños recitando la poesía de la golondrina Marina y terminaron los padres cantando todo el repertorio de los payasos de la tele. Sólo faltó el Avemaría de inicio de viaje y el Padrenuestro de agradecimiento al fantástico día que nos había ofrecido el Señor y del retorno sin ningún mal a nuestro punto de partida.
Si es que soy un malpensado. A la excursión de ayer sólo se apuntaron tres venerables sacerdotes entrados en años que tenían como máxima preocupación llegar al bar más cercano para echar una buena partida de tute. Lógicamente, aunque entre ellos, maldijeron todo lo que pudieron a nuestro presi ZP por obligar a abortar a todas las niñas españolas que cumplan 16 años, estén o no embarazadas. Y es que el diablo de nuestros días es el pobre ZP, que se pasa el día entero pensando en cómo joder a la Santa Madre Iglesia en vez de trabajar para sacarnos de esta crisis económica que él mismo ha provocado y que ha sumido al mundo entero en la agonía y en el caos.
Pues eso, que a los tres ancianitos se les había olvidado el báculo en sus celdas y no les vimos el pelo en todo el trayecto. Un trayecto, si no lo digo reviento, que me pareció feo de solemnidad. Sólo tenía una parte bonita, ya muy al final del camino, en el que paseábamos entre olivos y almendros y divisábamos en la otra orilla del río el país vecino, con sus laderas bien cuidadas y todavía en producción, no como las laderas patrias en las que los olivos aún sostenían entre sus ramas la cosecha sin recoger del pasado año. Y es que al españolito de hoy en día le duele mucho más la espalda que al vecino de enfrente y pasa de recoger cosecha alguna. Total, le van a pagar la misma subvención europea/española/regional/provincial/local de turno lo haga o no, así que no se molesta en hacerlo. Y hace bien, coño. Que trabajen otros.
Cual carrera ciclista, enseguida se fragmentó el grupo. En cabeza salieron disparados los aspirantes a comer a las dos y media en el punto final de la etapa, cumpliendo así el horario previsto, mientras que en el pelotón nos quedamos los que arreábamos al rebaño infantil que entre todos habíamos creado, y tratábamos de entretenerlos con las cosas más peregrinas para evitar que terminasen sobre nuestros hombros y añadir así más sufrimiento a nuestras piernas. Porque la etapa era de esas rompepiernas con contínuos subeybajas (¿se dice así, Gesualdo?) que hacían que nuestros gemelos, los de las piernas, fueran los que más trabajasen y por tanto más se resintiesen de cualquier peso extra. Mucho, pero que mucho polvo tragado después, conseguimos llegar a un lugar más o menos apetecible o discretamente pintoresco en el que sentaditos en el suelo y con mucho orden comernos el bocata de tortilla. Odio los bocatas. A mi mujer le chiflan con la misma intensidad que yo los rechazo. Y por ese odio innato al bocadillo frío, me había comprado en el Mercadona sin decir nada a nadie una ensalada americana de esas envasadas y me había preparado mi tenedor de plástico, así que me dispuse a hincarle el diente en cuanto asenté mis reales. Pero mi mujer, que es muy mujer, enseguida se dio cuenta de la jugada y sacó dos conclusiones: que no me gustaba el bocata que me había preparado (tan cierto como que me moriré algún día) y que ella también debía dar buena cuenta de MI ensalada (igual de cierto) Y sin comunicarme ninguna de las dos cosas, aunque por su mirada no hacía falta, decidió compartir MI ensalada. Así que tuve que comerme SU bocata, el que ella había hecho, y compartir MI ensalada, que yo había comprado para uso particular. Soy un calzonazos.
Cumplido el control de avituallamiento continuamos la etapa por, todo hay que decirlo, los más bonitos metros de la jornada. Sólo por este tramo, creo que mereció la pena el esfuerzo. Y llegamos triunfalmente los últimos a la linea de llegada sin que ello supusiera penalización alguna y por tanto sin quedarnos fuera de control, en loor de multitudes y con una gran ovación del público asistente. Helados para todos y merecido descanso a la sombra del bar en el que los vecinos de enfrente bajan a dejarse los ahorros en las máquinas tragaperras. Fin.
Bueno, fin tampoco, porque mi hijo, que es muy aventurero, me embarcó en el difícil reto de cruzar la frontera por el decrépito puente de hierro que cruza el río junto junto a un amigo suyo que no había salido nunca de nuestro país y al que le hacía especial ilusión expatriarse. Solicitado el permiso paterno y, acojonado por la responsabilidad de perder a dos criaturas en un kamikaze intento de cruzar semejante infraestructura, no sólo lo hicimos una vez sino dos. Y descubrimos la antigua estación de la localidad vecina que aún rezuma el romanticismo de una época en la que las estaciones eran algo más que centros comerciales, y donde las máquinas se giraban mediante manivelas para volver a la vía y deshacer su camino un rato más tarde.
De vuelta al autobús hicimos una parada intermedia en uno de esos castros que por aquí tanto abundan. No lo conocía y me dejaron perplejo su perfección, su situación y su conservación, aunque más perplejo me dejó que el padre de una de las criaturas no le cruzase la cara a su hijo por tirar desde lo alto de sus murallas una de esas piedras que llevaba en aquel lugar tan tranquilas casi 2.500 años. Yo sí habría sacado de mi interior al hombre de la Edad de Bronce que seguro que llevo en mis entrañas para lapidar a aquella criatura en aquel mismo lugar y con esa misma piedra.
Y así, con ese primitivo sentimiento, se termina mi relato. Cada uno a su casa y, en mi caso, a las diez y media en la cama porque no podía con mi alma.
Ya se lo digo yo a mis hijos: papá está viejito.