Hasta hace poco no me había dado cuenta de que soy muy tocón. No en el aspecto ese de sobar lascivamente a nadie, sino que me gusta "sentir" a la gente con la que estoy hablando tocándola.
Suelo tocarles los brazos, o arrimarme hombro contra hombro si la situación se presta. Lo hago para acercar posiciones y hacer ver que me encuentro cómodo. No lo hago de forma consciente, sino que me sale de forma natural como a otros les salen las muletillas al hablar.
Y me he dado cuenta de que no todo el mundo recibe bien esos tocamientos. Yo mismo los encuentro desagradables según el interlocutor de que se trate y si es él quien me toca. Así que si eso me ocurre a mí, lo mismo les ocurrirá a los demás, digo yo.
Así que a partir de ahora he tomado la determinación de no tocar para evitar que alguien se sienta agredido, y me va a costar porque yo lo hago de forma natural y sin darme cuenta. Sí que me doy cuenta de las veces que repito las mismas palabras cuando hablo, pero no de las veces que toco a alguien mientras tanto. Y por eso tengo dos objetivos a cumplir: tengo que dejar de decir tantas veces "efectivamente" y tengo que dejar de a tocar brazos ajenos.
Y de escribir tonterías como esta que no me llevan a ninguna parte, y no tienen siquiera el acompañamiento de un toqueteo con alguien al otro lado de la pantalla.
Vivir en una capital de provincias del lejano oeste tiene sus cosas. El abandono secular de estas tierras hace que la mínima mejora en cualquier terreno sea tomada por los que aquí vivimos como algo espectacular. ¿Que abren un hipermercado?, lleno total. ¿Que se pierde por aquí una compañía que trae un musical?, éxito sin precedentes. ¿Que un programa de la tele propone darnos la mano y hacer la fila más larga del universo?, todos a una, ¿que abren un trocito de autovía que comunica la capital con el pueblo más cercano?, pues hay que probarla cuanto antes, aunque el acceso y la salida supongan perder más tiempo y correr más peligro que llegar allí por la nacional de toda la vida.
En fin, que ser de provincias te otorga un halo especial que te hace disfrutar de la vida y todas sus pequeñas cosas.
Así que esta mañana me monté en mi coche y me marqué un viajecito a la ciudad vecina. Sí, sí, a esa ciudad a la que tradicionalmente se llegaba en una hora y ya ha perdido hasta la rima fácil por culpa del progreso. Y he constatado en mis carnes que esa autovía que figura en los mapas con rayitas discontínuas lo hace porque no puede hacerlo de otra manera. Un ratito sí, y otro no, uno no, y otro sí. Obras aquí, obras allá, obras acullá. Qué bonito todo. Antes, cuando estábamos peor comunicados pasábamos por los pueblos y veíamos a los abuelos con boina y cachava sentados en los poyos de las puertas de sus casas echando los días mirando a los coches, mientras que ahora que hemos entrado en el futuro por la puerta grande rodeamos esos mismos pueblos y no vemos más que sus patios traseros llenos de tractores viejos y aljibes herrumbrosos. ¿Y qué harán ahora los abuelos de los pueblos, digo yo, mientras los provincianos capitalinos vamos de oca en oca por las relucientes autovías con el cronómetro en la mano para comprobar lo poquito que se tarda ahora en llegar a la ciudad de enfrente?
¿Y para qué cojones queremos llegar antes, digo yo también?
Hay días en los que uno tiraría todo por la borda y terminaría también en el agua pensando que era la mejor solución.
Quince años llevo en esto de la publicidad intentando aconsejar a todo el mundo de la forma más honesta posible. No hagas esto, haz lo otro, quita esto, pon lo otro...y al final te das cuenta de que lo único que se tiene en cuenta a la hora de tomar una decisión final es la idea inicial que tenía el cliente ya preconcebida, y que por lo tanto todo tu esfuerzo y parte del trabajo que te pagan, que se supone que consiste también en asesorar, no vale absolutamente para nada.
Unos días te da lo mismo, pero otros...digamos que cuesta aceptarlo. Hoy, me cuesta. Me cuesta sentarme con alguien al que le apesta el aliento a tabaco, que no se deja aconsejar en absoluto, que se toma tus consejos como crítica feroz a sus criterios y que te deja bien claro que el que paga, manda.
Pues mira, sí. Tú pagas y yo obedezco. Es un error, pero obedezco.
Una de mis películas favoritas es "El increíble hombre menguante" En esta peli, el pobre Scott es víctima de los maléficos efectos de una nube radioactiva que le produce a los pocos días la constante pérdida de peso y estatura, y le lleva a convertirse en algo insignificante.
Y así me siento yo desde hace unas cuantas semanas cuando comencé a darme cuenta que cada vez me es más difícil mear en las tazas de las paredes de los baños públicos porque cada día están más altas. Eso o que yo estoy menguando, o que cada vez la tengo más larga, o que la talla media nacional ha subido tan rápidamente que el día menos pensado tendré que aguantarme las ganas o mear en los baños de las chicas.
No deja de ser sorprendente que a un vago redomado como yo, que huye de todo aquello que huela a ejercicio físico y que presume de no haber corrido más de 100 metros seguidos desde el año 94, esté encantado de la vida por tener agujetas después de un fin de semana de esquí.
Y es que he de reconocer que, una vez vencida la pereza del madrugón, el dolor físico que me supone abrir la cartera para pagar todo lo que hay que pagar, el sacrificio de comer un bocadillo para no perder tiempo, y las secuelas físicas de tanto sube y baja, el fin justifica todos los medios: tengo buen color de cara y por fin no parezco un muerto, la adrenalina aún corre por mis venas y por lo tanto me dura el subidón, he disfrutado viendo a mi hijo de 6 años morirse de risa bajando sus primeras pistas azules, he contemplado buena parte de mi provincia desde las mochas cumbres de la sierra, no me he mareado ni un poquito esquiando con niebla como era costumbre, y he comido chocolate sin remordimientos justificando su ingesta por aquello de aportar glucosa al organismo.
Todo lo anterior provoca que esté de buen humor, que mi calenturienta mente ya esté preparando una próxima escapada a los Pirineos y que mis doloridos gemelos no sean más que un acicate de todo ello.
En unos pocos días finalizamos un trabajo en el que fundamentalmente intervienen clínicas y empresas relacionadas con la salud. Entre ellas, hay varias clínicas de psicología y entre estas últimas una que me ha llamado especialmente la atención porque ofrece algo que las demás, por lo menos públicamente, ni siquiera mencionan. Y lo ofrece de la siguiente manera:
Reorientación sexual: Homosexualidad
Y yo, que tengo facilidad para echar mi mente a volar sin mucha justificación, me he planteado cómo sería un diálogo entre un supuesto paciente, osea yo, y la clínica en cuestión: Buenos días. Buenos días. Mire, que venía a que me reorienten sexualmente. Ah, muy bien. ¿Cuál es su problema? Pues mire: yo soy heterosexual, casado felizmente y con dos hijos. pero resulta que no hago más que ver en los telediarios y escuchar en la radio y leer en las revistas que los homosexuales son seres felicísimos, con alto poder adquisitivo, sin cargas familiares y con un gusto exquisito para mezclar los colores de la ropa que se ponen, y he pensado en cambiarme. ¿Cómo que se quiere usted cambiar? Pues sí, que quiero que me hagan homosexual. He visto en su publi que reorientan sexualmente, y yo quiero que me reorienten porque estoy harto de llegar a casa después de trabajar y tener que jugar a los Playmobil con mi hijo y a las princesas con mi hija. Además, mi mujer últimamente me recuerda mucho a mi suegra, a la que quiero mucho, pero que tiene sus cosas con mi suegro. Y mire, que yo no me quiero ver así dentro de 40 años, así que vengo a que me haga mariquita. ¡Pero eso no es posible! ¿Cómo que no?, usted lo pone en su folleto, mire: reo-rien-ta-ción-se-xu-al. Muy clarito lo pone, ¿ve? Le digo que no es posible porque usted es...digamos...normal ¿Cómo normal? Pues eso, que usted no tiene ningún problema ¿Pero es que no ha oido nada de lo que le he dicho?, tengo dos hijos que se empeñan en jugar con su padre cuando no puedo ni levantar los zapatos del suelo y una mujer que se empeña en darme de comer pescado a mediodía cuando a mí sólo me gusta comerlo por las noches, ¿le parece poco lo que me pasa? A lo que yo me refiero es que lo normal es ser como usted. Ah, osea que ser gay o como usted quiera llamarlo no es normal. No. Digamos que es una patología que ha de tratarse. ¿Cómo que una patología?, ¿me está usted diciendo que ser homosexual es como tener los pies planos?, pues mire, si es como usted dice y los pies planos se curan con unas plantillas adecuadas, pues supongo que la heterosexualidad también será algo parecido y se curará con algún medicamento o una prótesis. ¿O sólo se está usted refiriendo a la homosexualidad? Pues mire, sí. Pues no sé muy bien qué decirle, mire usted. No lo entiendo muy bien. Además, yo quiero que me cure usted lo mío para disfrutar de todo lo que esos maricones dicen que hacen excepto en lo que se refiere al sexo con hombres. Eso no, mire usted. Yo quiero hacerme gay para tener pasta, irme de viaje cuando me apetezca y asistir al teatro todas las noches, y sólo para eso. Para irme de vacaciones ya me buscaré a alguna lesbiana, porque seguro que los maricones y las lesbianas se conocen todos, y así no caeré en la tentación de rozarme con ella, porque como no le irán los tíos, pues no habrá nada que hacer. Mire, lo que usted necesita no son nuestros servicios psicológicos, sino un buen psiquiatra, así que le aconsejo que en cuanto salga de aquí se busque uno. Pues no, mire usted, lo que voy a hacer en cuanto salga de aquí es irme a la delegación de Consumo para denunciarle por publicidad engañosa, porque si usted reorienta sexualmente y no quiere reorientarme hacia donde yo quiera pues está usted engañando o algo peor.
Aunque parezca lo contrario por lo que a continuación voy a describir, no soy precisamente un maniático del orden. Lo único que pretendo haciendo lo que hago es no perder el tiempo buscando las cosas y saber dónde las tengo. Otro cantar es si lo que dejo donde lo dejo debería estar ahí o en la forma que está, no sé si me explico…
A simple vista puede parecer que las cosas las guardo o coloco según me viene en gana, pero nada más lejos de la realidad: las llaves, en el bolsillo izquierdo las de casa y en el derecho las del coche. Si llevo abrigo o chaqueta, en los bolsillos de cualquiera de ellas y en verano, en los de los pantalones. El móvil en el bolsillo exterior del chaquetón o en el bolsillo derecho del pantalón, porque si lo llevo en el de atrás, no me entero de que vibra porque la piel de mi culo debe tener un grosor superior a lo normal y ni siente ni padece. También puede ser que lo lleve en el bolsillo de la camisa, pero siempre que no se note. La cartera, en el bolsillo trasero derecho de los vaqueros o, si no los llevo, en el interior de la chaqueta o chaquetón de turno. Las monedas, en la relojera, que para eso está. Si no existe relojera, en el bolsillo derecho.
Dentro de la cartera, las tarjetas de crédito que más utilizo en primer lugar, y el resto en los otros apartados destinados a ellas. Las tarjetas de descuento del súper, detrás de la última por aquello del “qué dirán”. Los billetes, en el apartado exterior de la billetera, mientras que en el interior, en su parte izquierda, siempre encontraré el boleto de la primitiva que me sacará de pobre y algún que otro papel que creí en su momento que me serviría para algo (alguna cuenta de restaurante, el recordatorio de la fecha del dentista, una tirita…) La parte derecha, siempre vacía. No tengo ni idea de por qué. En la izquierda, y bajo los carnets de identidad y de conducir, las tarjetas de visita. En la parte derecha, y bajo las tarjetas de crédito, el bonobús, la tarjeta de acceso por internet a mi banco y la de la Seguridad Social.
Vamos, que si existiese el ejercicio ese tan militar de vendarse los ojos y armar y desarmar mi cartera, lo haría en tiempo record sin temor a equivocarme.
Si fuera fumador, guardaría el tabaco siempre en el mismo lugar, junto al encendedor. Nunca he comprendido a los fumadores. ¿Cómo es posible que alguien que realiza el acto compulsivo de encender un cigarro cada pocos minutos tenga que palparse todo el cuerpo para encontrar su “herramienta de trabajo”?, ¿cómo se explica que ninguno de ellos sepa nunca dónde tiene el encendedor?, ¿será esta falta de memoria un efecto secundario de la adicción?
Cuando entro en casa, lo primero que hago es sacar de los bolsillos las llaves de casa y dejarlas en su sitio. Sólo hay dos sitios posibles para dejar mis llaves, así que siempre las encuentro. Después, saco los móviles. Suelo llevar más de uno, así que siempre los dejo juntos. Si alguien me llama, el teléfono termina en el sitio donde lo recogí en cuanto la conversación termina, así que siempre los encuentro. Si saco mi cartera del bolsillo, sólo hay dos sitios donde la dejo, así que siempre la encuentro. Si llevo algún papel del trabajo a casa, sólo hay un lugar donde puedo dejarlo, y siempre es al lado del portátil, así que siempre lo encuentro. Mis zapatillas de cuadros, siempre en el mismo sitio. Mis monedas sueltas, siempre en el mismo lugar. Mi pastillero de emergencia, siempre bien visible junto a las monedas. Los mandos a distancia de la tele, siempre a mi vera. El pan en la mesa, siempre a mi izquierda…
Aún así, mi santa dice que tengo la casa hecha unos zorros y tiene la manía de “colocarme” las cosas. Lógicamente, cuando esto ocurre, nunca encuentro nada y termino llamándola por teléfono a la crítica hora de llevar a los niños al colegio en mitad de una crisis nerviosa y con más bien mal rollito. Y ella se enfada. Pero claro, ¿quién es la que no encuentra nunca su móvil o cualquier teléfono que haya utilizado porque lo deja con la misma facilidad dentro de la nevera que en el cuarto de baño?, ¿quién busca siempre zarandeando el bolso (más bien baúl) y pegando la oreja a ver si suenan las llaves de casa porque no las encuentra?, ¿quién es la que me roba el dinero por las mañanas porque sabe dónde encontrarlo?, ¿quién, eh, quién?
El orden, como el resto de las cosas, es subjetivo.
Tengo un amigo que siempre me recuerda una frase que, dice, le impresionó mucho hace ya demasiados años: "no recuerdo un solo día de mi vida en el que no me haya dolido la cabeza"
Esa frase la dije yo, y puedo asegurar que es tan cierta como que en días como el de ayer, si tuviera una pistola, me pegaría un tiro para dejar de sufrir. Y no bromeo.
Cuando alguien sabe mucho de algo es porque le gusta mucho el tema o no le queda más remedio que ser un experto. Yo, en el tema que nos ocupa, soy un experto. Digamos que soy una especie de erudito en migrañas. Auras, disfonías, destellos, fotofobia... tengo de todo y de todo sufro. ¡Regalo síntomas, dos por uno, y quien se lleve dos pares, una crísis de regalo!
Y uno de mis síntomas que garantiza un buen dolor de cabeza es la creatividad. No falla. Día en el que me encuentro inspirado e hiperactivo; día en el que las gracias me salen sin querer y todo me parece maravilloso; días en los que no hay luz al final del túnel porque el túnel ni siquiera existe, son presagio de lo peor. Vaya mierda, joder. Que uno tenga que experimentar la felicidad como anticipo del peor dolor físico que conozco es una putada. Sí, sí, una PUTADA.
Es como acariciarle el lomo a un animal antes de darle un buen golpe que acabe con él. Es como prometerle a un condenado a muerte no sólo el indulto sino la absolución para acto seguido sentarle en la silla eléctrica.
Es como si alguien, en alguna parte, me la tuviera jurada.
Yo soy de programa mañanero de esos en los que se habla y se habla todo el rato. De esos que comienzan muy de mañana con el resumen de las principales noticias, siguen con un encendido debate en el que intervienen todos esos supuestos periodistas que saben de todo y más tarde continúan con temas más mundanos en los que llama la gente para contar sus miserias y compartirlas con el orbe.
Nunca me gustaron las radiofórmulas, ni siquiera cuando tenía edad para ello y estaba rodeado de gente que no paraba de escuchar a los Dire Straits, Pet Shop Boys o a Europe y su Final countdown. Uno es así de raro. Pero a pesar de todo he de confesar que mi cultura general en músicas mundanas tipo pop y rock es bastante amplia, tanto nacional como internacionalmente, y de ahí mi curiosidad ya malsana de que alguien me calcule cuál es la capacidad de mi cerebro para almacenar cosas (¿oiga?, ¿alguien lo sabe?, ¡eh!...)
El caso es que ahora, de cuando en vez, me paso por Kiss fm y puedo silbarme cualquiera de las canciones que por allí emiten sin equivocarme una sola nota. Sí, sí, he dicho silbar, porque lo de recordar las letras es otra cosa. Tengo, como todos, grupos o solistas favoritos de los que conservo las discografías completas que, normalmente, sólo escucho en los viajes largos o cuando me da por ahí, cosa generalmente de muy mal augurio. Pero curiosamente, las letras no me las sé. Conozco los estribillos, y puedo cantar frases sueltas, pero no me conozco ninguna canción de ningún grupo completa.
Lo que a mí me gusta, me ha gustado siempre, es silbar. Tanto silbaba que mi padre no podía conmigo y no paraba de echarme la bronca por mi insistente pitido. “¡Hay que ver lo mal que silbas!”, me decía. Yo estoy seguro de silbar como los mismísimos ángeles. Lo que le pasaba a mi padre es que a él le gustaban las canciones esas en las que se hacían gorgoritos y, por tanto, no consideraba las que yo silbaba ni siquiera como música, sino más como auténtico ruido. Así que el pobre sufría tanto como los perros sufren con esos silbatos que sólo ellos son capaces de escuchar y que deben crisparles los nervios.
Soy el mejor silbando la canción de El puente sobre el río Kwai o la banda sonora de El bueno, el feo y el malo o de Kill Bill. Retaría a cualquiera a silbar la discografía completa de Los Secretos o de Antonio Vega. Nadie distinguiría entre el canto de un mirlo y mi silbido. Es más, nadie sabría decir que estoy silbando cuando silbo porque soy capaz de silbar sin que se note. Silbo con los labios, con la lengua, con uno, dos o más dedos metidos en la boca, con la boca torcida, seseando e incluso silbo inspirando.
Silbo tanto, que mi madre sabe que estoy en casa porque me oye por el patio de vecinos.
Ya conté una vez que soy incapaz de tener sueños eróticos con otra mujer que no sea la mía. No es que me queje, al contrario, sino que se me hace un poco raro no poder pensar en otra ni siquiera en sueños. Cosas.
El caso es que hoy, al dejar a mis hijos en el cole, he vuelto a ver a aquella rubia con la que me cruzaba al volver a casa hace ya muchos años. Ella vestía, por aquel entonces, una falda tableada y una chaqueta de punto, y si hacía frío, una "trenka" de paño color marrón con aquellos botones puntiagudos que se ataban mediante tiras de cuero. Hoy, 25 años después, sigue teniendo el mismo pelo rubio, las mismas curvas no muy generosas y unos intensos ojos azules que entrecierra cuando mira a lo lejos dejando entrever su miopía.
Y recordé mis sueños. Sí, soñaba con ella. Con ella y con algunas otras, pero especialmente con ella. La soñé y la soñé durante mucho tiempo, tanto que llegué a confundir la realidad con la ficción y cuando me cruzaba con ella incluso hacía ademán de saludarla como si la conociera igual de íntimamente en este mundo que en el otro. Más de una vez me sorprendió mirándola. Supongo que mirándola de esa manera que las mujeres son capaces de detectar a distancia, incluso siendo miopes. Pensaría, digo yo, que era uno de tantos que se entretenían en desnudarla con la mirada. Y no se confundía, porque yo la desnudaba cada noche, y no sólo con la mirada.
Es curioso el mundo de los sueños, y no me extraña que científicos y charlatanes traten de buscarles un significado. Los unos para intentar comprender sus mecanismos y los otros para atracar al primer ingenuo que se deje. Yo, personalmente, siempre sueño lo mismo. Sueño con tener suficiente dinero para comprarme ese chalet a pie de arena que cada verano veo desde la ventana de mi apartamento de alquiler. Ese chalet que tiene un gran ventanal desde el que, sentado en un sofá, pasaría horas y horas mirando al mar. Allí desayunaría.; allí comería.; allí viviría. Ese chalet que tiene las paredes desconchadas por culpa de la humedad y la falta de cuidados. Ese chalet sin vallas que impidan la vista, pero al mismo tiempo resguardado de miradas indiscretas porque el resto de edificaciones de su alrededor y las calles adyacentes han bajado de nivel y le han dejado allí, como por encima de todo y de todos. Me imagino sus habitaciones, su cocina, su garaje, su chimenea. Me imagino su césped bien cuidado, sus palmeras en la parte de atrás y su portezuela de madera en la de delante...
Y así me duermo cada noche, soñando que mi sueño se haga realidad y que no me sorprenda, pasados 25 años, mirándolo como siempre desde una ventana de alquiler y pensando en él como ahora pienso en aquella chica rubia a la que tanto amé en sueños y sigue sin saber quién soy.
Ser padre tiene sus cosas. Cosas malas, o mejor dicho, incómodas, y cosas buenas. Una de las cosas buenas es que te puedes pasar el día hablando de cochinadas sin que a nadie le extrañe. Te encuentres en el foro que te encuentres, puedes soltar un caca-culo-pedo-pis y hacerte el más gracioso de la fiesta sin ningún pudor y poniendo como excusa lo marranos y cochinos que son los niños en general y los tuyos en particular. Y no digo nada si los interlocutores también son padres. En ese momento la conversación se nos va de las manos y terminamos siempre hablando de diarreas y vómitos como quien habla de lo mal que está todo o de este invierno interminable. El culmen llega cuando hablas directamente con tus hijos. Pito, culo, caca y pedo son las palabras más graciosas de este mundo. Teta, mierda, culopedo, cacapís o cualquier otra variante o neologismo recién incorporado a nuestra lengua son siempre bien recibidos y jaleados con sonoras risotadas. Y yo, que en el fondo soy un guarro al que le gustan todas estas cosas, me lo paso pipa. “¿Jugamos a decir cochinadas, papi? “ Es, sin lugar a dudas, el mejor momento del día.
Mira si seré raro que soy el único tipo que conozco que se lee los prospectos de todos los medicamentos que tiene a su alcance, sean míos o no. Y es que los prospectos son un compendio de sabiduría inagotable, y dentro de sus textos se esconden perlas que harían palidecer de envidia a cualquier guionista de Hollywood por su maestría, enrevesadas tramas y su gran sentido del humor. Ahí va un ejemplo: "Cleboprida es una ortopramida, provista de dos mecanismos: acción bloqueadora de las repercusiones digestivas del stress evitando la producción de aerofagia y acción peristaltógena gastrointestinal, expulsando los gases del estómago e intestino." ¿No es genial?
¿Y para qué sirve semejante engendro?, pues muy sencillo también: "Es un medicamento que mediante el sinergismo de sus componentes rompe el círculo vicioso de los transtornos funcionales digestivos que cursan con aerofagia y meteorismo". ¡Con un par!, terminaría yo si hubiera escrito tan fantástica descripción.
Y algo tan sencillo de decir como que estas pastillas sirven para tirarse unos buenos pedos o, en su defecto, deshacer los gases del tracto digestivo para que ni siquiera tengas que hacer el esfuerzo de pedorrear, se convierte en un medicamento que trata la aerofagia y el meteorismo.
Meteorismo. ¡Qué bonita palabra!. A mí me suena a lo que vulgarmente por aquí llamamos "pedo pintor", o lo que es lo mismo, un pedo de esos que se escapa acompañado y deja su huella indeleble en la ropa interior. Pero no, resulta que meteorismo es el abultamiento del vientre por gases acumulados en el tubo digestivo. Miratú. Y yo con estos pelos y esta panza tan abultada por culpa del meteorismo. ¿O será por los bollos?
Desde que en mi tierna juventud descubrí que un pedo era una ventosidad que se expele por el ano, la cosa me da mucho asco. Cuando la hacen los demás, claro, porque cuando lo hago yo, hay que ver lo agustito que me quedo. Yo, por suerte, no acumulo gases sino que estoy en esa otra parte de la humanidad que colabora desinteresadamente en la expansión del agujero de la capa de ozono, que como no se ha vuelto a hablar de él por culpa de la crisis seguro que ha crecido tanto que si sobrevivimos a la segunda terminaremos muriendo achicharrados por su culpa.
Ayer, mientras subía en el ascensor, aproveché los 21 segundos de trayecto hasta el último piso donde vivo para hacer muecas frente al espejo. Puse caras. Cara sonriente, de pena, de enfadado, de feo, de más feo, y la que tengo. Cuando me río, las patas de gallo se me unen con las arrugas que parten de la comisura de mis labios y toda la cara se convierte en un conjunto de pliegues que me asemejan a un acordeón. Cuando me enfado, frunzo el entrecejo y las cejas se acercan y se elevan en plan ZP al tiempo que se disparan las arrugas de la frente hacia arriba como si me naciera un sol entre los ojos. Si me pongo feo y fuerzo toda la cara, me asemejo bastante a uno de esos perros Shar-pei que a todas las chicas les parece tan mono y achuchable que se lo quedarían para siempre. Y si después de hacer todas las tonterías anteriores relajo la cara y me quedo con la que tengo, resulta que las arrugas se me han puesto todas rojas y aún más profundas de lo que eran 21 segundos antes.
¿Que por qué he elegido la canción de Gloria Lasso para este post?, pues no tengo ni la menor idea.
Vivo un 25% de mis días medio escondido. Procuro hacer poco ruido, no decir más que lo necesario y no iniciar conversación alguna. Compartir tu vida con una mujer tiene estas cosas. Estas y también otras menos malas, pero estas, para un hombre, son las que peor se llevan. Se llevan mal porque tienen su explicación y, teniéndola, son por tanto resolubles. Pero hay que tener voluntad de hacerlo. Voluntad por las dos partes, porque también hay que comprender la situación y ponerse en el lugar del físicamente afectado. Debe ser una putada saber que tienes que dedicar una semana al mes a contemplar como tu cuerpo se desangra, sentir dolor en todo el cuerpo y no poder hacer nada al respecto. Pero, una vez comprendida y aceptada la situación por quien la sufre y por quienes le rodean, también sería de agradecer que la interesada/sufridora se pusiera en el lugar de quienes también lo padecen en silencio y levantase un poquito el pie de sus hormonas para darnos un respiro. Lo peor, pero lo peor de todo, es no poder ni hacer mención al problema, porque no hay peor cosa en este mundo, puedo prometer y prometo, que decirle a una mujer que tiene la regla. Joder. Que a nadie, bajo ningún concepto, se le ocurra insinuar a una hembra que está dismenorreica. Es mejor agachar la cabeza, meterse en un profundo agujero, y esperar a que escampe compartiendo con algún otro macho las miserias de la convivencia familiar.