29 enero 2009

Starlux

¡Qué pereza, coño!

Cada día se me ocurren varias cosas que echar en el blog, pero luego no acabo la faena y se me pasan las oportunidades. Además, como tienen que ver con cosas que escucho por la radio, veo por la tele o me pasan durante el día, pierden vigencia tan rápido que si tardo una mañana en publicarlas la rabiosa actualidad se las ha merendado (¡mira que soy exagerao...!)

El caso es que he pasado por alto el autobús en el que Dios no viajará nunca, los casos de espionaje de EsperanCIA, los 59 segundos (o terceros, o cuartos...) del presi, el despiporre económico en el que vivimos que no nos da tiempo a digerir una mala noticia cuando ya nos entra otra por la boca, mi mierdames que ha sido enero hasta este lunes en el que he facturado más que en los 25 días anteriores, mis problemas con las manitas de cerdo, mis amores con las suegras de la familia...

Pero no, que no se me logra. Alguno de esos temas puede que los retome algún día, pero no aseguro nada porque me puede. Me puede esa pereza que me lleva a terminar el post más insulso de todos los tiempos.

25 enero 2009

¿Cuántos me llevo por un eurito?

No es mi forma favorita de empezar la semana, desde luego, pero qué le vamos a hacer. Mañana lunes, nada más dejar a los niños en el cole tengo que asistir a un desayuno-coloquio (¡manda huevos la cosa!) sobre lo mal que está todo y lo que cada uno podemos o debemos aportar para que la cosa cambie. Miratú.
Algo así como aquellas tertulias que manteníamos en la adolescencia los tíos con las tías en las que nos abríamos las carnes y sacábamos todo lo que llevábamos dentro en un acto sin sentido de puesta en común de nuestras miserias. Aquello suponía quedarse a gusto un ratito para luego pararse a pensar en lo que uno había dicho y saber, a ciencia cierta, que tus pensamientos más íntimos iban a ser aireados a los cuatro vientos en cuanto volvieras la espalda, lo que te convertiría en el hazmerreír de todo el mundo durante el resto de tus días. O al menos durante un par de ellos.
Así que tengo claro qué es lo que no debo decir, y tengo también muy claros los datos que debo aportar. Pero me tengo un poquito de miedo, porque soy consciente de que hay una solución a la situación, al menos en nuestro gremio y en el ámbito local, y por eso, porque tiene solución y sólo hay que conseguir que todos le echemos un par y tiremos del carro en la misma dirección, me temo que en algún momento explotaré y perderé algún amigo de tertulia, ganándome al mismo tiempo el ser la comidilla de todos durante unos cuantos días.
Y eso que llevo ya una semana dándole vueltas a los poquitos puntos del orden del día para no caer en el error de perder los papeles. Tengo preparado un sistema infalible, siempre y cuando no me falle algo esencial en todo buen desayuno que se precie: los churros.
Es muy sencillo. En el momento en el que el primero, que ya sé quien será, diga la primera estupidez, mi mano derecha echará mano del churro más gordo de la bandeja y me lo meterá rápidamente en la boca, y en ese mismo instante mi cerebro tiene órdenes estrictas de enviar una señal a la mandíbula para que esta se cierre y sólo pueda masticar.
El problema será si no hay churros, porque tengo tan bien ensayadas las respuestas a los planteamientos absurdos, y tan bien preparadas las contrarréplicas que como no tenga algo dentro de la boca me temo que la tertulia irá ganando en temperatura hasta que alguien, probablemente yo, termine abrasado.

23 enero 2009

Parte médico

El paciente sigue contracturado.

Fdo: El equipo médico habitual

22 enero 2009

Al final, todo sale

Ayer, mientras veía la tele, me entraron unas ganas terribles de estirarme, así que alcé los brazos, entrelacé mis dedos y me estiré todo lo que pude al mismo tiempo que lo hacía con mis piernas. En pleno éxtasis de la vagancia más extrema, sufrí una especie de descarga eléctrica en la parte superior izquierda de mi espalda. Tan terrible fue que, si me hacen jurar a lo Obama sobre la Sagrada Biblia que tuvo en sus manos el mismísimo Abraham Lincoln, diría que incluso se escuchó el chasquido de un látigo como aquel con el que se fustigaba a los negros americanos en las plantaciones algodoneras del profundo sur hasta hace un par de días.

Desde ese mismo instante apenas puedo moverme sin sentir dolor desde mi nuca hasta casi la cintura. Mierda de vejez.

Y yo que me las prometía tan felices porque la última semana había sido casi gloriosa. Finalizamos el año sabiendo que habíamos sobrevivido al primer año de una crisis como no se había visto en las últimas décadas, pero una vez bien contados todos los ingresos y deducidos los gastos, resulta que el balance era positivo. Esperábamos salvar los muebles, pero no obtener beneficios. Y mira tú que le he metido un hachazo a los gastos tan tremendo y de una manera tan, y está mal que yo lo diga, eficaz, que la merma en los ingresos no ha bastado para hacernos hincar la rodilla y perder pasta, aunque fuera poquita.

La reunión del pasado miércoles en la que solucionamos de una forma eficaz y maravillosa una negociación dura y desagradable, y en la que conseguimos pagar sólo el 70% de lo que teníamos pensado, supuso para la cuenta de resultados un empujón que pasará a los anales de las negociaciones empresariales de esta empresa y de la que se hablará en todas las reuniones de socios por los siglos de los siglos.

Yo creo que entre la tensión acumulada de la reunión, en la que seguro que perdí algún año de vida y gané algunas canas, la incertidumbre de las 48 horas siguientes hasta que los abonos nos fueron realizados y nuestros pagarés llegaron a su destino, y el cálculo de los premios por objetivos que nos correspondían por haber tenido unos resultados económicos impensables sólo unos meses atrás me han pasado factura y la contractura muscular que me atormenta es la consecuencia de todo ello.

Hay que joderse.

Resulta que ahora que mi cuenta bancaria tiene el aspecto que nunca debió perder, que mi autoestima está por las nubes, y que debería ser un tipo feliz y dicharachero, no puedo ser otra cosa que un pobre cuarentón que camina despacito y marcando chepa para evitar el sufrimiento y al que si le chistan por la calle tiene que girar todo el cuerpo para identificar al propietario de la llamada,.

Porque lo de mover la cabeza, mierda de vida, es cosa de jovenzuelos.

12 enero 2009

Sólo apariencias

En pleno alboroto hormonal, los domingos me parecían lo peor. Aquellos años 80 todavía mantenían la tradición de vestirse de domingo para ir a misa, y el simple hecho de que existiese semejante rito (el de vestirse, no el otro; aunque también) me sacaba de quicio. Y por eso tomé la decisión de vestirme cada domingo con la ropa más zarrapastrosa que tuviera a mano. Recuerdo, sobre todo lo demás, unos pantalones vaqueros negros blanqueados por las docenas de veces que habían pasado por la lavadora y a los que les colgaban varios flecos en los talones tras el paso de los años y que además ya me estaban algo grandes. Si a eso le añadimos que los domingos, por regla general, jamás me afeito, mi aspecto tendía a lo lamentable.
En las capitales provincianas como esta, que puedo decir que está a años luz en lo que a animación y oferta de ocio se refiere con respecto a las que nos rodean, los domingos no han cambiado demasiado. Lo que ha cambiado es la moda, y como hay gente que va en chándal a trabajar o a estudiar, también viste de igual forma los domingos. Los que se siguen endomingando son, casi exclusivamente, los jubilados. Sacan a la calle sus mejores abrigos de piel, ellas, y sus trajes más planchados, ellos, aunque no cambian de rutina. Hacen exactamente lo mismo que el resto de los días, es decir, acomodarse en uno de esos bares que aún sirven chocolate con churros y pasarse allí sentados toda la tarde, bien jugando la partida o despellejando al personal. Los hosteleros, claro, encantados. Son un público fiel hasta la muerte, y nunca mejor dicho, y con eso de las jubilaciones anticipadas y los ERE que tanto se llevan, cada vez tienen más público. Tanto es así que ayer, cuando tomamos la difícil decisión de arrastrarnos hacia la calle lo hicimos sabiendo ya nuestro objetivo: una cafetería a no más de 200 metros de la casa de mis suegros donde sabíamos a ciencia cierta que habría unos churros y un chocolate esperándonos. Nos costó encontrar mesa, pero la diligente camarera, que observó sobresaltada la entrada de dos niños en un bar en el que la media de edad supera ampliamente los 60, lo organizó todo enseguida una vez que se hubo percatado de que veníamos escoltados por dos jubiletas dispuestos a gastarse la pasta. Y dicho y hecho: en un santiamén teníamos una pila de churros, varios chocolates y unas cocacolas con patatas bravas sobre la mesa para comenzar el festín. Ni que decir tiene que los niños aguantaron quietos el tiempo imprescindible para tomar sus consumiciones y comenzar las carreras por la cafetería, mientras su padre, osea yo, temía por la integridad física de todos cuantos allí reposaban. Sobre todo por sus caderas. Todo el mundo sabe que los abuelos se rompen la cadera con la misma facilidad que mi hija se come un kilo de churros, así que no estuve tranquilo hasta que salimos sanos y salvos con destino también programado.
Y yo, que me aburro en estas cafeterías de abueletes tanto o más que en las otras, distraje mis penas con las curvas de la camarera y con un parroquiano sorprendente que, acodado en la barra, leía con fruición la sección de deportes de un diario local que narraba la derrota de nuestro sin par equipo de fútbol. Y digo sorprendente porque le conocía. Aquí nos conocemos todos, y por unas cosas u otras terminas enterándote de la vida del prójimo aunque no quieras. El tipo en cuestión, presidente de un pujante grupo empresarial local que tiene su sede en un palacio, y cuyo apellido es más bien verde es, de lunes a sábados, el mismísimo Caballero de la mano en el pecho de El Greco en carne mortal, con esa barba y ese bigote así de aquella manera. Siempre elegantísimo con trajes a medida y corbatas de colores y bien abrigado por un abrigo de buen paño y bufanda a juego. Camina por la ciudad con la barbilla muy alta, así como con porte aristocrático, y siempre a muy buen paso. Es de esos que van gritando a los cuatro vientos que son muy importantes y mirando por encima del hombro a todo el que con ellos se cruza. Sí, sí, de esos que parece que les han metido el palo de una escoba por el culo y no pueden doblar el espinazo.
Pues allí estaba él, como yo hace 25 años: con una cazadora azul, un chándal de mercadillo y unas zapatillas hospicianas leyendo la información deportiva y tomando un cafetito como un cualquiera. En alguna ocasión en la que hablé con él por motivos laborales, su desprecio y altanería hacia mi proyecto me resultaron hirientes. Era como si yo, un paria, hubiera osado hacerle perder su precioso tiempo, el tiempo de alguien muy por encima mío, que no tenía derecho ni siquiera a ser escuchado. Y allí estaba, sin su aire altanero ni su apariencia poderosa. Como uno más de aquellos jubilados ociosos que no tenían otra cosa más que hacer que pasar buenamente el domingo. Como yo mismo y los míos.
Estuve tentado de invitarle. Parecía necesitarlo.

Fin de semana en blanco

Desde hace más de un mes vivimos en una permanente cencellada. ¡Qué bonita palabra: cencellada!. Hace un frío que pela. De aquellos fríos de los que me hablaba mi padre, cuando se "candaba" el río y se podía cruzar por encima caminando sin riesgo de sufrir un remojón y morir de pulmonía. No hemos llegado a ver el río congelado, pero la cosa es difícil de llevar cuando día tras día ves que los termómetros no se recuperan y que salir de casa es un ejercicio de riesgo.

Y por aquello de exportar lo que nos sobra, el viernes viajamos a Madrid para cumplir con el mandato de los Reyes Magos y asistir a nuestro musical de regalo. El viaje fue un continuo descolgar el teléfono por culpa de nuestras madres/suegras, que no paraban de rogarnos que nos diésemos la vuelta porque los "partes" radiofónicos sólo emitían avisos meteorológicos nefastos y atascos históricos en la capital del reino. Que no, mamá, que aquí hace sol. Sí, hace un frío que pela porque el coche dice que ahí fuera estamos a -5, y todos los ríos que pasamos están helados, pero no nieva. Que no, que no te engaño, que dice la DGT que no hay problemas nada más que en la zona este y sur, y nosotros llegamos por el oeste...

Y así fue. No nevó hasta que entramos en Madrid, y de qué forma. Llegar a nuestro hotel, en pleno Barrio de Salamanca, se convirtió en una pequeña odisea. Ese barrio tan de postín y de tan bonito nombre está todito en cuesta, y subirlas era complicado. Pero llegamos sanos y salvos. Una vez tranquilizadas nuestras familias, adecuamos nuestros planes a las inclemencias meteorológicas y cambiamos los taxis por el metro. Qué bien todo en el metro. Calentitos y sin apreturas, llegamos a la Plaza de Castilla en un vagón reluciente. Eso sí, cuando salimos, volvimos a la cruda realidad de un Paseo de la Castellana intransitable para los peatones. Menos mal que la exposición que nos aguardaba está a 50 metros de la boca del Metro. ¡Ah, qué gozada!. Ver la vaina de Anakin a tamaño real o el traje de Jedi de Obi-Wan Kenobi me llenaron los ojos de lágrimas. Qué le voy a hacer si algo tan sencillo como la exposición de Star Wars me llena de gozo. Yo soy así de simple. Un italiano, una relajada siestita en el hotel y una hamburguesa de kilo más tarde nos llevaron inevitablemente al teatro Alcalá, que era realmente para lo que habíamos venido. Muy bonito Grease, y muy divertido. Y así, sin copas ni nada, a dormirla al hotel que estábamos muy cansados. Y es que a los de provincias, cuando visitamos la capital, se nos cansa el cuerpo mucho muchísimo y nos encamamos rápido.

El sábado fue, como es tradicional en nuestros viajes capitalinos, para Ikea. Platos, vasos, cubiertos y alguna que otra tontería nos ocuparon toda la mañana. Algo de tiempo se llevó mi pobre hermana que esperaba en Barajas un vuelo que acumulaba horas de retraso y que no tenía muchos visos de salir, lo que hacía bastante probable que tuviésemos que ir a buscarla al aeropuerto para rescatarla. Gracias a Dios, y con 9 horas de retraso, el avión salió. Bueno, salió un avión que la llevaría a París, y que tras dos horas de escala y cambio de terminal, enlazaría con otro vuelo hacia su destino final. 15 albóndigas suecas, un salmón con guarnición de patatas asadas, dos cafés y una tarta sacher después, y con 200 eurazos menos en el bolsillo, tomamos la autopista en sentido inverso para volver al hogar.

Los niños nos recibieron con mucha menos alegría de la que esperábamos. Y es que vivir en casa de la abuela tiene tantas ventajas como escasos inconvenientes, y el regreso de la disciplina paterna no auguraba nada bueno.

Pobres.


07 enero 2009

Es puto

No los comprendo, no señor. Y hablo en masculino porque siempre son hombres.
No entiendo el exceso salivar del macho hispánico que le lleva a la necesidad vital de escupir a cada paso unos gargajos tan asquerosos como su misma vida, coño. ¿Pero de dónde sale tanta sustancia repugnante?, ¡si es que algunos parece que llevan una criatura babosa en su interior de aquellas que atrapaban los cazafantasmas con sus armas-embudo!
Debo ser un tanto rarito, porque nunca me he visto en la necesidad de adornar la calle con aquello que me sobra dentro del cuerpo. Tampoco, dicho sea todo, soy de los que hace una sonora inspiración nasal para atrapar en la garganta todo lo que el aire arrastra a su paso y soltarlo por la boca, que ya hay que ser asqueroso. ¿No tendrán pañuelos?, ¿no habrán descubierto los utilísimos kleenex?, ¿no tendrán mangas donde limpiarse como todo el mundo?
¿Y qué hay de los que tampoco usan nada de lo anterior y se suenan por la calle a estilo pastor, eh, eh?, ¿pero de qué caverna habrán salido?, ¿en qué ambiente prehistórico se habrán criado?. Yo reconozco haberme sonado los mocos una vez de esa forma, pero fue en medio del campo mientras cogía setas durante un día de lluvia y frío y porque no me quedaba otro remedio. ¿Y qué pasó?, pues que tuve que despegar todos mis mocos de mi abrigo porque uno no sabe hacer según qué cosas y de qué manera, así que, encima, tengo que reconocer a esta panda de guarros como unos artistas de la cochinada.
Yo, ingenuo por naturaleza, creo que esto pasa por culpa del fútbol. Y es que nuestros futbolistas son los tipos que más escupen del mundo, y claro, el español es un mono de imitación y hace todo lo que sus admirados millonarios en calzones hacen. Aunque luego, pensando pensando, llego a la conclusión de que no, que la mayoría de los que hacen semejantes guarradas son ya talluditos y por tanto se criaron cuando no había tele y tampoco retransmisiones de escupitajos, por lo que la teoría se me desmorona.
Así que llego a la conclusión de que tan mala es la asignatura de Educación para la ciudadanía como la de Urbanidad y buenas costumbres. Ambas nos han llevado a la cultura del puto esputo.

Y comieron perdices

Mire, doctor, que vuelva a recetarme usted mis pastillas. Esas de color rojo y amarillo, y no las de color blanco, porque esas no me hacen nada.
Pero mujer, cómo no le van a hacer nada si lo único que cambia es el color. Esas pastillas son un genérico que tiene el mismo principio activo, así que son igualitas que las de colores pero sin colores.
Déjese usted de principiantes activos y de generalidades y recéteme las rojas y amarillas, coño, que las otras no me curan.
Pues eso, que ayer desembarcaron los Reyes Magos en mi casa como los americanos en Normandía, con fuerte resistencia al principio pero imparables. Y, a parte de mis anuales zapatillas de cuadros y algo de ropa que tanta falta me hacía, vinieron cargados con unos vaqueros Levi's que, como bien saben los Reyes Magos, son los únicos que me sientan bien y que disimulan algo mi falta de cuartos traseros, no como esos otros vaqueros genéricos que tanto abundan por esas tiendas de Dios y que me sientan como a un Cristo dos pistolas.
¡Ah, los Reyes Magos, qué majetes!. Parecía el pasillo de entrada a mi casa no menos que una carroza de esas del desfile, todita llena de cajas envueltas en papeles de hermosos colores y lazos de sin par elegancia. Monopatines, patines de ruedas, muñecas princesas, trajes de hada, pistolas con dardos, ropa interior de lo más sexy, libros, teles, entradas para musicales... ¿Crisis, qué crisis?, ¡que le den por ahí a la crisis!, ¡de perdidos, al río, coño!, ¡que ya está bien de aguantar que todo está fatal para luego tener que esperar colas de 45 minutos para pagar, joder!, ¡a la mierda el gobierno y la oposición y todo el mundo conspirador que nos ha metido en la cabeza que vamos a morir todos en la miseria!
¿Y la merienda, qué decir de la merienda de reyes?, pues que no cabíamos en casa. Sobrinos, cuñados, hermanas, abuelas, amigos, roscones, pasteles, embutidos, aceitunas malísimas del Mercadona, pizzas tremendas del Pizza Hut...
Y otra vez: ¡Ah, la Navidad!, ¡ya queda menos para la próxima!

05 enero 2009

Prima nocte

Si los inicios son presagio de futuros, este año pinta fatal.
Y es que el día 31, a eso de las ocho de la tarde, se produjo un apagón que nos impidió comer las uvas como todo buen español, y no nos quedó más remedio que cenar bajo la luz de las velas y escuchar las campanadas por la radio. A pilas, claro.
Pero lo pasamos bien, que era lo importante. Y también descubrimos el por qué la raza humana ha sido tan prolífica en siglos anteriores: no había tele, y por tanto tenían que acostarse pronto, y como consecuencia, abundaban las coyundas, y claro, la prole aumentaba más y más y más...
Y hoy tocan Reyes Magos. Me encanta este día. Me trae recuerdos, y todos buenos. Aquel Mercedes de Rico, aquel Scalextric, aquel monopatín... Y ahora, más de lo mismo pero viendo las caras de mis hijos. Y luego la merienda de Reyes con miles y miles de cuñados y millones de sobrinos que nos dejan la casa como si la hubieran bombardeado. Y cienes y cienes de platos y vasos que fregar, y patatas por el suelo, y manchas de chocolate en los sofás...
¡Ah, la Navidad!