Mire, doctor, que vuelva a recetarme usted mis pastillas. Esas de color rojo y amarillo, y no las de color blanco, porque esas no me hacen nada.
Pero mujer, cómo no le van a hacer nada si lo único que cambia es el color. Esas pastillas son un genérico que tiene el mismo principio activo, así que son igualitas que las de colores pero sin colores.
Déjese usted de principiantes activos y de generalidades y recéteme las rojas y amarillas, coño, que las otras no me curan.
Pues eso, que ayer desembarcaron los Reyes Magos en mi casa como los americanos en Normandía, con fuerte resistencia al principio pero imparables. Y, a parte de mis anuales zapatillas de cuadros y algo de ropa que tanta falta me hacía, vinieron cargados con unos vaqueros Levi's que, como bien saben los Reyes Magos, son los únicos que me sientan bien y que disimulan algo mi falta de cuartos traseros, no como esos otros vaqueros genéricos que tanto abundan por esas tiendas de Dios y que me sientan como a un Cristo dos pistolas.
¡Ah, los Reyes Magos, qué majetes!. Parecía el pasillo de entrada a mi casa no menos que una carroza de esas del desfile, todita llena de cajas envueltas en papeles de hermosos colores y lazos de sin par elegancia. Monopatines, patines de ruedas, muñecas princesas, trajes de hada, pistolas con dardos, ropa interior de lo más sexy, libros, teles, entradas para musicales... ¿Crisis, qué crisis?, ¡que le den por ahí a la crisis!, ¡de perdidos, al río, coño!, ¡que ya está bien de aguantar que todo está fatal para luego tener que esperar colas de 45 minutos para pagar, joder!, ¡a la mierda el gobierno y la oposición y todo el mundo conspirador que nos ha metido en la cabeza que vamos a morir todos en la miseria!
¿Y la merienda, qué decir de la merienda de reyes?, pues que no cabíamos en casa. Sobrinos, cuñados, hermanas, abuelas, amigos, roscones, pasteles, embutidos, aceitunas malísimas del Mercadona, pizzas tremendas del Pizza Hut...
Y otra vez: ¡Ah, la Navidad!, ¡ya queda menos para la próxima!
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