30 octubre 2008

A peor

Esta tarde me ha costado Dios y ayuda salir de casa. El tremendo viento, el frío y la lluvia han convertido este día en un horror. El niño no para de toser, la niña va por el mismo camino, mis mocos nos cesan y para colmo de males otra vez se me ha agarrado el catarro a la garganta y no dejo de soltar gallos como si fuese un quinceañero cambiando la voz.

Llevo también unos días con el estómago algo raro. Mis fantásticas cenas con ensalada se han convertido en un calvario por culpa del vinagre, que me pasa factura nada más sentarme en el sofá. Y las ensaladas sin vinagre no son ensaladas, coño.

Desde el viernes pasado he regresado a mis migrañas crónicas. Sí, sí, a aquellos dolores de cabeza de tirarse de los pelos que cuando se pasan no llegan a desaparecer del todo y dejan un resto ahí que no deja de molestar. Que me molesta al agacharme, o al hacer cualquier esfuerzo, y que me obliga a meterme más y más naproxeno para el cuerpo del que yo recuerdo haberme metido nunca.

¿Será el otoño?, ¿será la crisis...de los cuarenta?, ¿será la otra crisis?, ¿será niño o será niña?, ¿qué será, será?

Vendaval

¡Papá, que me volo!

29 octubre 2008

Lo tenía todo

Acabo de comer en un restaurante al lado de una mesa en la que comía solo un tipo encorbatado que acercaba la cabeza al plato cada vez que tenía que meterse algo en la boca en vez de acercarse el tenedor. Que partía los espaguetis con los dientes en vez de enrollarlos con ese mismo tenedor, y que cuando partía el filete producía un chirrido insoportable con el cuchillo que me producía dentera.
Además, era bizco.
Así que me han sentado mal las setas, el filete, el flan, el café y los 36 euros de los tres menús que he tenido que pagar con mi tarjeta porque la de la empresa, hoy, no funcionaba.

Pequeños encuentros

Que sí, que sí, que eso de vivir en una ciudad pequeña tiene sus ventajas y tal y tal, pero coño, que no puede ir uno tranquilo por la calle sin que le salude la mitad de la gente con la que se cruza por el camino ni hacer una gestión sin que le asalte algún conocido.
Hola, que soy Pernam, y venía a comprar una impresora para la ofi. Hombre, pues vamos a tomar un café porque tenía yo ganas de hablar contigo. ¿Conmigo?. Sí, porque yo a ti te conozco. Allá por el año 95, miratú, trabajaba yo en una agencia de publicidad, y creo que coincidí contigo en alguna ocasión, así que nos conocemos desde entonces. ¿Ah, sí?, ¿y cómo se llamaba la agencia?. Pues mira, se llamaba M...M..., y tienes que acordarte porque dejó muchas trampas y deudas a todo el mundo. Pues mira, sí que me acuerdo, y todavía recuerdo que a mi empresa de aquel entonces le costó un huevo cobrar aquello. Sí, qué pena, ¿a que el mundo es un pañuelo?. Je, je.
¿Sabes quién se ha separado?, pues M. ¡No me digas!, ¿pero tan mal estaban?. ¡Uy, estaban peor!. ¿Y por qué ha sido?. Pues muy sencillo, ¿te acuerdas de fulanita?, pues estaban liados. ¿Fulanita?, ¿pero esta no estaba con menganito?, sí, pero ahora resulta que él es gay y tiene un novio, así que no ha perdido el tiempo y se ha liado con este y ya ha conseguido que se separe de su mujer. Jodo.
Hola. Hola. ¿No me conoces?. Pues no. Pues soy tu prima. ¡Pero coño!, ¿qué prima?. Pues la hija de P. ¡Anda, pero si eras así de enana la última vez que te vi!. Pues mira, he crecido. ¿Y qué haces aquí?. Pues vengo a ver a N, porque fuimos compañeras de piso durante la carrera. ¿Así que tú eres la famosa L?, ¿qué cosas no?, que tenga que presentarme a una prima mía mi compañera de ofi. Hay que joderse.
¿Te has fijado en ese que ha entrado en el portal?. Sí, vaya elemento. ¿Le conoces?. Sí, fui con él al colegio y ha sido portada de los periódicos en varias ocasiones por violento. Menudo historial tiene el amigo. Pues vive en el tercero. ¿En serio?. Sí, y está todo el día borracho y armando jaleo. Coño, coño.
Hola. Hola. ¿Le conoces?. Sí. ¿Y quién es?. El hermano de L. ¿De L?. Sí, de L. ¿Pero de L, L?. Que sí, de ese L. ¿Y le saludas?. Coño, y qué quieres que haga si está todo el día en la puerta de la tienda y tengo que pasar por delante de sus narices. Le tendré que saludar, ¿no?, porque a cínico y mentiroso a mí no me gana nadie. Además, ¿qué culpa tiene él de que su hermano sea un gilipollas?. Vamos, digo yo.
Pues la madre de I, el compañero de clase del niño, es O. ¿Qué O, aquella con la que saliste durante un tiempo cuando estabas con la pandilla de I?. La misma. ¿Pero no terminásteis fatal?. Fatal es poco, hacía casi 20 años que no la veía y mira, ahora compartimos patio y horas de espera. ¿Y qué tal?. Pues bien, creo que es verdad aquello de que el tiempo lo cura todo. ¿Y qué tal está?. Pues como siempre. Al final se casó con un tipo que tenía pelo la última vez que le vi y ahora ya no tanto. ¿Le conocías?. Sí, de vista. Por cierto, el otro día me preguntó si yo era yo. ¿Quién, O?. No, el calvo.

27 octubre 2008

Mierdahorario

Ayer domingo, salida familiar al campo.

El plan era ir a coger setas, pero la cosa terminó en recogida de castañas.
Los de la ciudad nos creemos que tras los meses de sequía estival, con un par de días que llueva ya está todo solucionado. Y no tiene uno más que salir al campo para comprobar que todo está seco como el ojo de un tuerto y que no ha nacido nada más que mala hierba. Así que todo nuestro gozo en un pozo y una cosecha de dos setas dos.
Y con semejante recolección volvimos a subir al coche y tomamos la dirección de la sierra como buenos domingueros, aunque esta vez sin tortilla. El plan era comer en un restaurante y así lo hicimos por unos módicos 81 eurazos que me dolieron como si me los hubieran tenido que sacar del mismísimo corazón sin anestesia ni nada. La tarde, menos mal, muy divertida. Subimos a un castañar cercano en caravana. Sí, sí, en caravana. Parece mentira, pero aquella pista forestal era como la romería de El Rocío, con docenas y docenas de vehículos atestados de gente y otros tantos cientos de caminantes y ciclistas. Vamos, que no se podía ni mear ya que existía un riesgo elevado de mojar la cabeza de alguno de aquellos turistas que recogían castañas por toneladas. Y así pasamos la tarde, intentando no pincharnos con los "capullos", que decía mi hijo, en los que nacen las castañas y merendando pan con queso y salchichón junto a una fuente.
Lo peor fue que a las seis de la tarde tuvimos que volvernos por eso del cambio de hora que, aunque me lo digan un millón de veces, seguro que aún tendrán que explicármelo unas cuantas más para convencerme de que si se hace de noche a las seis y media de la tarde y hay que encender todas las luces, se consigue un ahorro energético del 5%.

23 octubre 2008

¡Qué listos son, que no se dejan coger!

Hay pocas cosas que me desagraden tanto como sonarme la nariz. Lo de tener las narices atascadas todo el santo día por más que te suenes los mocos es un verdadero engorro.
Además, estas temporadas catarrales que tengo la desdicha de inaugurar en el día de hoy, me impiden uno de mis pasatiempos favoritos: hurgarme la nariz. Eso de meterme el dedo en la nariz y buscar y buscar hasta encontrar a sus esquivos habitantes me relaja. Es una especie de onanismo nasal muy reconfortante que realizo siempre en la más completa soledad.
Aún recuerdo a mi madre decir aquello de "¡deja de sacarte bichos de la nariz, guarro!", y yo dale que te pego todo el santo día. Mi hija, que en eso ha salido a su padre, es una consumada especialista en la caza del bicho. Se hurga con su dedo índice en su casi inapreciable nariz con una habilidad asombrosa, y extrae de su interior unas piezas de considerable tamaño teniendo en cuenta su chata condición. Yo, que comprendo y comparto su afición, jamás la reprendo por ello.
Además no puedo por menos de observar las maniobras digitales que realiza para capturar a sus presas porque, para aquel que no lo sepa, los mocos son seres extraordinariamente inteligentes y no se dejan coger así como así. Son entes escurridizos y capaces de realizar rápidas maniobras de ocultamiento a la menor sombra de peligro, y por eso hay que arrinconarles y cortarles todas las vías de escape si se quiere lograr su captura. Son, en definitiva, todo un reto a la inteligencia humana.
Sacarse los mocos debería ser un derecho constitucional inalienable para todo buen niño español.

Campeones

Tenía que llegar y llegó. Desde ayer, hemos entrado directamente en el podium de ciudades en las que el frío aprieta. Hoy, sin ir más lejos, hemos "campeonado", y a partir de hoy seguro que estaremos a diario en el "top five of de weather forecast". ¿Qué gilipollez acabo de escribir, no?
Pues eso, que hoy he tenido que darle al botón "MAX.DEF." (que no sé qué es) del coche para que me desempañase los cristales y descongelase la luneta trasera. He tenido que llevar a la carrera a los niños al cole porque se me congelaban por el camino. He llegado a la oficina hecho un ovillo, sacando chepa, con el cuello encogido y con las manos en el bolsillo. He jugado a que fumaba con el vaho que salía de mi boca. Me he apartado de mi compañero de espera en el semáforo para no respirar el suyo (recuerdo que ya escribí un post sobre eso) porque me da mucho asco respirar lo que otros espiran. He buscado el lado de la calle donde lucía el sol para buscar algo de calorcito. He esquivado los charcos formados por el agua sucia de fregar los portales que algún imbécil había tirado a la calle por si estaban congelados.
Vaya mierda de invierno.

22 octubre 2008

Hay días de lo más productivos

Me he dado de baja en la tele de Telefónica para quedarme con la TDT

Me he dado de baja en el teléfono de Telefónica para largarme con mi fijo a Vodafone

Me he dado de baja en el móvil de Telefónica y me he quedado tan ancho

Me he dado de baja en la gripe y me he vacunado

17 octubre 2008

Si Gila levantase la cabeza...

¿Oiga, es el Vaticano?, ¿está el Papa?, que se ponga.
Hola, Don Papa, que sólo quería preguntarle su opinión sobre una cosa. Mire, que tengo un hijo con una enfermedad incurable y con una esperanza de vida no superior a los 35 años, pero que me ha dicho un médico que la única forma de curarle es teniendo otro hijo al que se le modificaría uno de sus genes para que su médula fuese compatible con la de su hermano, y que con un único transplante en un par de años estaría completamente curado. ¿Qué le parece a usted?
Ah, que le parece mal. ¿Y por qué, si no le importa que se lo pregunte?
Ah, que eso es pecar de soberbia y querer parecerse a Dios, dice usted, y que lo que tengo que hacer es dejar morir a mi hijo porque es el propio Dios, osea usted, quien lo dice. Vale, vale, ya me voy enterando. Así que según yo lo entiendo, es Dios quien quiere que mi hijo muera, y no el que le ha dado a los médicos la posibilidad de curarlo, sino que han sido los médicos los que quieren parecerse a Dios. Ah, ya, ya...
Pues nada más, Don Papa, que mucho gusto y que ya lo tengo claro, ¿eh?. Ya sé lo que usted opina y lo que tengo que hacer. Perdone que le haya molestado.

¿Oiga, es el Vaticano?, ¿está el Papa?, que se ponga.
Don Papa, sí, que soy yo otra vez. Ya, ya sé que está usted muy ocupado, pero es que tengo una duda que sólo usted puede resolver.
Sí, que no le entretengo. Mire, que resulta que a mi abuelo lo fusilaron al inicio de la guerra civil y lo enterraron en una cuneta, o eso creemos.
¿Que quién lo fusiló?, pues los nacionales.
¿Que algo habría hecho?. Pues no sé, Don Papa, un poco rojo sí que era, pero no sé si ese era motivo suficiente para darle el paseo.
Ya, ya sé que los rojos hicieron muchas barbaridades, pero...
¿Que es mejor no remover el pasado?, pues mire, Don Papa, que yo creo que hay cosas que hay que remover cuando toca. Además, ¿no beatificó usted hace poquito a no sé cuántos mártires de la Guerra Civil y todavía faltan unos cuantos más por llevar a los altares?
Ah, que es que ellos fueron asesinados por sus ideas. ¡Pues mire, como mi abuelo!
Ya, que mi abuelo no iba a misa y ellos sí. Pues mire, en eso tiene usted razón, pero en eso de que desenterrar a mi abuelo es remover el pasado y que beatificar a los que jalearon a sus asesinos no, no me cuadra mucho, perdone usted.
Venga, Don Papa, que no quiero entretenerle que seguro que tiene usted muchas almas que salvar. Que le vaya bien.
Ah, una cosa más. Que digo yo que si me puedo borrar.
¿Pues de dónde va a ser, de su iglesia?
Pues mire, que como era yo muy chiquitito y no me preguntaron si quería, pues que ahora que puedo decidir, que eso, que no me interesa.
¿Que no me puedo borrar y que si lo hago iré al infierno?, pues mire, Don Papa, que estoy pensando que me borre usted y que pase lo que tenga que pasar, porque creo que estaré mejor en el infierno con los míos, que en su cielo con los suyos.
Y que disculpe las molestias, ¿eh?, y que no se preocupe, que como mi móvil sí puede borrar su teléfono, pues eso, que lo borro y ya no volveré a molestarle.
Y sólo decirle que se dé una vuelta por su casa, que la última vez que estuve allí me cobraron por todo, y no sé por qué se me vino a la memoria algo de unos mercaderes y un templo.
¿Que no sabe a qué me refiero?, pues pregúntele a un tal Jesús, que trabaja por allí, y que creo que le podrá refrescar la memoria.

16 octubre 2008

Oportunidades perdidas

Hace cosa de 20 años mi padre se empeñó en que opositase a cualquier cosa. Lo mejor, decía, es ser funcionario. Cualquier puesto público es el mejor seguro de vida. Y tenía razón como casi siempre.

Pues eso, que hace 20 años pagué 1.000 pesetazas de derechos de examen a no sé qué puesto de técnico en Telefónica, que por aquel entonces era lo que es ahora pero tenía carácter público. A parte de los derechos, me gasté otra pasta en dos libracos que pesarían un par de kilos cada uno en los que se describía todo lo que había que saber sobre centrales telefónicas, conexiones, cableados y switches. Vamos, un coñazoquetecagas, parafraseando al gran Mariano. No hay que decir que no les hice ni puñetero caso a los libros y me presenté al examen para hacer el ridículo.

Ayer saltó la noticia de que telefónica va a jubilar al menos a 700 de sus trabajadores con 48 añitos.

Y sin saber por qué, se me saltaron las lágrimas.

15 octubre 2008

Ahí va un buen chiste

Que dice mi mujer, je, je... que va a hacer un curso...je...de calidad en la función pública.
Je.
Je, je...jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja.
¡Ay!
Que me da.

Tontos, que sois todos tontos

Como consecuencia de lo único, hemos conseguido terminar con problemas que creíamos irresolubles. A saber:
Los judíos ya no matan palestinos y viceversa.
Nadie en el mundo muere de hambre.
La guerra en Irak ha terminado.
Bin Laden ya no es el enemigo público número uno.
Irán y Corea del Norte ya no son tan malos.
Las vacas locas y los pollos griposos han desaparecido.
Nadie intenta saltar la valla de Melilla.
Las pateras ya no son un problema.
ETA ha desaparecido.
Los nuevos estatutos de autonomía ya no rompen España.
Y así podríamos estar durante un par de días. O más.
Nos dejamos manejar por unos indocumentados que saben de todo y no tienen ni puta idea de nada.

14 octubre 2008

Las etapas de la vida

Hay un momento en la vida de todos nosotros en los que el cuerpo se amotina y se levanta en armas contra el poder establecido: la adolescencia. En ese momento, los ejércitos de hormonas avanzan sin ningún tipo de resistencia hacia la sede del Gobierno legítimo, el cerebro, y una vez consumado el golpe militar, lo destierran a un lugar aún ignoto para la Ciencia.
Y una vez allí, todo ese ejército de hormonas toma el mando para extender la anarquía hasta límites nunca imaginados. Todos los órganos del cuerpo se dedican en exclusiva a la caza del sexo opuesto (o no...) en busca de cuerpos con los que restregarse, carnes contra las que apretarse y manos extrañas (nunca mejor dicho) que ayuden a liberar todo cuanto se lleva dentro, ya que las propias ya no son suficientes. Y así durante un tiempo indefinido, casi siempre años, en los que el desenfreno y la lujuria se hacen los amos y campan por sus respetos. ¡Ah, la juventud!
Pero llega un día en que debido a las excesivas ansias, los desengaños, las frustraciones, las negativas y las lágrimas, todo el sistema falla y los ejércitos hormonales pierden cuotas de poder. Las batallas perdidas se acumulan y la confianza se resiente. Las tropas, llenas de desánimo se retiran a sus cuarteles de invierno a meditar las nuevas estrategias. Y es en este tiempo de desconcierto cuando el cerebro, si recordamos, exiliado, regresa sin hacer ningún ruido a su sede, la que nunca debió abandonar, y retoma las riendas.
Llegamos así a una etapa que denominaremos meseta. El cerebro, que forzosamente ha de bajar las revoluciones para volver a restaura el orden institucional, ralentiza las funciones corporales y prioriza la sensatez. Es tiempo de volver a la meditación previa de las cosas, al pensamiento sosegado, a la calma chicha. El cuerpo se centra en lo inmediato y desprecia las sensaciones fuertes que tantos disgustos le han dado. La madurez va llamando a la puerta.
Y hete aquí que, sin buscarlo, de repente aparece lo que tanto ansiábamos. La persona 10. Nuestro complemento perfecto. La etapa meseta ha sacado lo mejor que llevábamos dentro y los demás se han dado cuenta. ¿Pero quién era el ser baboso y coñazo de hace sólo unos meses?, ¿cómo es posible este cambio?
A partir de aquí, las etapas se irán sucediendo como los dientes de una sierra. Unas veces hacia arriba y otras, hacia abajo. Todo tiene su por qué y toda caída tiene su rebote. En las etapas valle, desearemos otro golpe de estado que vuelva a derrocar a nuestro cerebral cerebro. En las etapas pico, desearemos que nuestro cerebro tenga cada día una mayoría más aplastante y que su Gobierno afiance el sistema para que las tropas golpistas nunca encuentren el resquicio por donde entrar.
Así veo yo, amigo Gesualdo, también nuestra relación con el blog. Lo descubrimos un buen día y nos volcamos. Lo contamos todo, lo preguntamos todo, visitamos cientos de blogs que nos den respuestas y a los que podamos preguntar, vamos descartando los que creemos que no nos sirven y, con el tiempo, llegamos a una etapa meseta en la que nos quedamos con lo que realmente vale la pena: el blog, como lugar para compartir y lugar de encuentro, los enlaces amigos, que nos llenan con sus historias y a los que intentamos aportar algo útil mediante comentarios, y las sensaciones que todo ello conlleva. Y esa etapa, una vez superada, da paso a la siguiente, en la que vendrán épocas buenas y malas, aunque todas ellas interesantes.
Hay veces, amigo, que los silencios dicen más que las palabras. Y casi siempre las palabras, aunque nos parezcan huecas, encuentran un interlocutor al que le sirven. Aunque sea un poquito, y aunque nos parezca mentira.

13 octubre 2008

La voluntad

Ayer mi hijo de 6 años se sentó en una esquina de una de las calles más transitadas de esta ciudad, sacó la armónica que le había entrado en el paquete de Nesquik que habíamos comprado por la mañana, colocó el estuche abierto en el suelo, y se puso a tocar mientras esperaba que su madre saliera de Zara.
A eso se le llama aprovechar el tiempo.

09 octubre 2008

No tengo nada que esconder

Como en otras muchas cosas, mi mujer y yo estamos en las antípodas en lo que se refiere a la forma de actuar con las ventanas de la casa.

Mi mujer es partidaria de tener siempre echadas las cortinas mientras que yo, por el contrario, no soporto estar en una habitación en la que haya una ventana sin poder ver a través de ella. Así que hemos llegado a un acuerdo tácito que dice algo así como "tú haz lo que te dé la gana mientras estés en casa sola que yo haré lo propio cuando llegue". Y funcionamos de esa manera. Ella se pasa el día entero con las cortinas echadas y yo las recojo en cuanto llego. Nadie protesta.

Mi mujer es del palo de mi padre. Mi padre, en cuanto caía la noche, decía aquello de "ya es hora de bajar las persianas, que puede haber francotiradores". Y en aquel momento se cerraba la casa hasta el día siguiente. Lógicamente, aquello era una consecuencia de haber sido un niño de la guerra y haber tenido que vivir amargas experiencias durante nuestra incivil contienda y su aún más incivil posguerra. Mi mujer no vivió aquella experiencia, así que su razón para tener las cortinas todo el día presentes es más bien estética. Le gusta lucirlas. Y en parte no me extraña, porque aún arañan mis entrañas los miles de pesetas que nos costaron, y que supusieron para mí la mayor sorpresa en cuestión de inversiones de las que hicimos cuando nos casamos. Creo que por culpa del coste de las cortinas pasamos muchos meses en los que lo único que teníamos en el salón eran las susodichas, una mesa, un sofá y la tele.

Yo soy más de puertas abiertas. ¡Pasen y vean, niños y niñas, pequeños y mayores!. Y hala, cortinas fueras que tengo mucho que ver y mucho que enseñar. Me gusta mirar por la ventana para reirme de aquellos que pasean sus perros a horas intempestivas en pleno invierno; para cotillear sobre los vecinos que entran y salen de mi portal; para ver con quién vienen y quién les está esperando; para asomarme cuando suena una sirena y cerciorarme de que ya distingo entre la de los bomberos, las ambulancias y la policía sin equivocarme; para ver llover, nevar o si hay niebla; para saber qué ponerme en función del tiempo que haga; para espiar a esas vecinitas que tampoco usan cortinas y que tienen un repertorio infinito de tangas; para pillarlas cuando se lo quitan...¡y para que me vea el vecindario, coño, que todo hay que decirlo!

Aunque las cortinas tienen su punto morboso cuando es de noche y se vislumbran siluetas y/o movimientos que hacen volar la imaginación de quien mira y, en ocasiones, de quien está detrás actuando...

08 octubre 2008

A mi amigo Pir (con todo mi cariño)

Cuando éramos pequeños, y como buenos hermanos que éramos, mis hermanas y yo nos pasábamos el día entero insultándonos y pegándonos, y uno de nuestros insultos favoritos era el de "subnormal", o el de "mongolo" si lo que se quería era rizar el rizo.
En aquellos tiempos los "mongolitos", como nosotros los llamábamos, eran los niños que sufrían el Síndrome de Down, y que a falta de colegios especializados y lugares donde recogerlos y enseñarles algo, pasaban sus días junto a sus madres sin nada que hacer ni futuro al que agarrarse. Por suerte para ellos, su esperanza de vida era, por aquel entonces, bastante reducida, y era raro ver un "mongolito" adulto. Eran objeto de mofa por parte de los niños de la época, ya que al andar sueltos por ahí sin ningún tipo de quehacer, terminaban siendo el punto de mira de muchos de nosotros que nos dedicábamos a maltratarlos y a vejarlos sin piedad.
El pasado verano mi hijo nos sorprendió diciendo que su primo O era tonto y que no quería jugar con él. Mi mujer y yo nos miramos sorprendidos porque O nació con un defecto cromosómico que le produce un leve retraso mental y a sus 16 años, aunque comprende perfectamente y habla casi con normalidad, se comporta y actúa tal y como lo hacen los que tiene a su alrededor, aunque con mayor lentitud. Es decir, que si está en compañía de adultos, actúa como si él también lo fuera, pero al jugar con sus primos pequeños se transforma en uno más por muy adolescente que ya sea. ¿Por qué dices que O es tonto?. Pues porque no se entera de nada y es muy lento, así que prefiero no jugar con él porque nunca lo hace bien. Mira, hijo, O tiene un problema y, aunque parezca mayor, no lo es tanto porque es más lento que tú, así que tienes que tener paciencia y ayudarle. ¿Pero entonces, está enfermo?. No...bueno sí. No estornuda ni tiene fiebre, pero está enfermo a su manera, así que no tienes que llamarle tonto ni dejar de jugar con él. Tú sólo intenta ayudarle y ten paciencia.
Es difícil hacer comprender a un niño de 6 años que alguien tiene una deficiencia sin utilizar la palabra enfermedad. Realmente no están enfermos porque no tienen ningún síntoma patológico, pero es la única forma de hacerle comprender que no actúa de forma extraña porque sí, sino porque no puede hacerlo de otra manera.
Pero no hace falta tener 6 años para discriminar a una persona por su discapacidad. Hace 4 años, cuando aterricé en esta empresa tuve la gran suerte de conocer a todo tipo de gente. Incluso en su día hice un post sobre ello que alguien, hace bastante poco, me recordó y me pidió que actualizase. En ese post no aparecía L porque en aquellos tiempos aún no se había comprometido con la empresa tanto como lo está ahora. L tiene un hijo de 11 años con Síndrome de Down. Tengo que reconocer que hasta que no le conocí no había tenido relación con ninguna persona con dicapacidad psíquica. Es más, reconozco con vergüenza que me daban algo de repelús. Sus rasgos faciales y corporales me producían bastante rechazo y procuraba no prestarles mucha atención. Como siempre, rechazas aquello que no conoces por ignorancia, y yo en este tema era un completo ignorante y bastante gilipollas. Conocer a S ha supuesto un punto de inflexión en mi vida. Sus padres, una vez superado el golpe (porque lo es) de traer al mundo un niño con semejante problema decidieron hacer todo lo posible para que estuviera lo más integrado posible. Independientemente de sus problemas respiratorios, cardíacos, de pronunciación, sus contínuos catarros y otitis, sus problemas de vista y de malformaciones internas, S se ha convertido en el centro de sus vidas. La llegada de A, su hermana, supuso un acicate más a la hora de normalizar la vida de S. Es un niño ocurrente, gracioso, ligón, presumido, listo y con unas ganas enormes de aprender y de relacionarse con todo el mundo. Cuando aparece por la oficina el mundo se para, porque es él quien echa el freno y se convierte en el centro de atención.
Es la prueba viva de que los "anormales", los "retrasados", somos nosotros.
Palabras como "mongui", "anormal", "subnormal" o "retrasado" no entran dentro de mi repertorio de insultos. Nunca debieron hacerlo.


07 octubre 2008

A dónde voy y de dónde vengo

Vengo observándolo desde hace un tiempo, e intentando corregirlo, pero no puedo. No sé por qué, pero no puedo.
Hago dos trayectos caminando a diario, cole-oficina-cole, casa-oficina-casa, y en ambos casos voy y vengo por rutas diferentes. Es decir, que utilizo distintas calles para ir que para volver. Y como esto no tiene mucho sentido, porque las cuestas son las mismas, intento corregirlo cada día, pero me es imposible. Desde el punto de origen, siempre me parece más apropiada la ruta habitual, pero cuando regreso lo hago por la que me resulta natural a la inversa, que no coincide nunca con la primera.
Algo parecido me ocurre con estos tiempos de capitalismo comunista que vivimos. Me esfuerzo por comprenderlos, y en verlos desde la perspectiva capitalista del sálvese quien pueda y maricón el último, pero cuando lo consigo me pongo en el otro lado y veo peligrar todo lo que hemos conseguido por culpa de los de siempre, y claro, enseguida me opongo.
Coño, que lío.

06 octubre 2008

Historias de vestidor

Echando un vistazo a las fotos de mis últimas escapadas vacacionales, resulta que siempre aparezco vestido con la misma ropa. Año tras año, playa tras playa, bungalow tras bungalow, sierra tras sierra, monumento tras monumento, siempre la misma camisa o el mismo pantalón.
Hombre, el mismo el mismo, no, pero mi fondo de armario es bastante limitadito. Y no es que no me compre ropa, que tampoco, sino que utilizo las mismas prendas sólo en determinadas épocas del año y dependiendo del lugar al que vaya. Es decir, que al campo voy siempre con algún pantalón de chándal azul y camiseta, acompañado de forro polar si la cosa está fresca. A la playa voy siempre con el bañador puesto y con media docena de camisetas que sólo uso 15 días al año. De camping voy con lo más apañado de lo que más uso, osea, con cosas que si se estropean van directamente a la basura. De turismo cultural voy con lo que habitualmente llevo, osea que está más o menos recientita su compra y no necesita recambio.
Y en ropa de esquí no me meto porque hace casi una década que no cambio de modelo. Ni pienso en hacerlo a no ser que me obligue un extraño y súbito ensanchamiento corporal.
El viernes por la tarde mi mujer intentó llevarme de compras. Y digo que lo intentó porque no consiguió que mi cartera saliera del bolsillo ni un sólo segundo. No hay peor cosa que obligarme a hacer algo cuando no quiero. Por más que busqué no encontré nada que me gustase. O sí, pero no era el momento. La acción de comprar ropa tiene que apetecerme, cosa que sucede muy de vez en cuando, y este viernes no tocaba. Además, necesito mi tiempo, y no puedo estar pensando en comprarme unos pantalones si con un ojo tengo que estar pendiente de que mi hijo no tire una estantería o de que la niña no se meta en el escaparate. Necesito tranquilidad, calma y una ausencia total de dependientes a mi alrededor. O una dependienta que esté muy buena que amablemente se agache a buscarme mi talla y deje entrever algo de su generoso escote, cosa que ocurre con bastante poca frecuencia para mi desgracia.
Hay pocas cosas tan incomprensibles para mí como una mujer en una tienda (aunque fuera tampoco lo tengo yo muy claro). Pongamos por ejemplo a la mía. Ella entra en la tienda despaciosamente, y con una meticulosidad que raya en el desprecio, va desdoblando todo lo que tocan sus manos. Lo estira, lo mira por detrás y por delante y lo deja caer de entre sus dedos como si otra cosa hubiera llamado su atención y de repente su cerebro le ordenase dejar de sostenerlo. Y así se quedan sus manos, como con el gesto de tener algo entre ellas pero totalmente vacías. En ese mismo momento su mirada se fija en otro artículo y se dirige hacia él con la misma parsimonia con la que entró en la tienda, pero dejando que sus manos vayan tocando por el camino todo el género que hay sobre las mesas. Lo palpa. Lo siente. Lo desecha sin verlo. Se acerca al modelo en cuestión, que esta vez está colgado de una percha, y lo mira y lo remira sin siquiera descolgarlo. Lo coge por la manga, la estira, y se fija en la sisa. Vuelve a mirarlo por delante, lo acaricia y...lo deja sin el menor atisbo de respeto. Y a por otra pieza. Y así durante horas.
Yo, sin embargo, sería feliz si existiera una máquina en la que pudiera subirme y me dijese la talla. Iría a la estantería y, sin siquiera probármelo, me marcharía tranquilamente a mi casa, donde la ropa reposaría tranquilamente aún durante unos días más.
Quizás, con un poco de suerte, saldrían en mis próximas fotografías.

Mi monopatín

A ver, déjame que yo también quiero probar antes de irnos.
Que no, papá, que te caes.
¿Pero cómo voy a caerme?. Trae, anda, que te vas a enterar.
Que sí, papá, que tú ya eres viejo y te harás daño.

No me caí, pero pasé mucho miedo.

Mi monopatín y yo éramos famosos en el barrio.

Lo fuimos.

05 octubre 2008

Pisando la Historia


Ayer, sin ni siquiera planearlo, terminamos comiendo en medio del lecho de un río. El paisaje no era más que un enorme canchal de los que por aquí abundan, y que estaba atravesado por los restos de una calzada romana que transcurría sobre un puente, casi en ruinas, de la misma época.
En algunos momentos, en medio del silencio, si cerrabas los ojos casi podías imaginarte las caballerías y los caminantes que, hace más de 2000 años, utilizaron semejante infraestructura.
Aún me impresiona más que cualquiera de aquellas enormes rocas de los lados del camino hayan sido mudos testigos de toda esa historia, y que nuestra presencia allí, aquella mañana, no haya supuesto para ellas más que una minúscula e insignificante fracción de tiempo.

02 octubre 2008

Sueños húmedos

Ya lo he dicho alguna vez y me reafirmo: no me gusta ducharme.
No me gusta tener que salir de la cama a las siete menos cuarto de la mañana para tener que meterme bajo el agua en una carrera contra el reloj y así estar preparado ante el momento en que mis hijos comienzan el día.
Menos me gusta la ducha en este tiempo mediopensionista en el que hace más frío en casa que fuera. El piso donde vivo tiene calefacción en todas las habitaciones menos en uno de los cuartos de baño. Justo en el que me ducho cada mañana. Y me ducho en ese porque es el más alejado a las habitaciones de mis hijos y para no despertarles. Aún así, tengo que hacerlo casi en completo silencio para evitar que alguno de ellos abra los ojos y el caos comience antes de lo esperado. Y eso que aprovecho para ducharme justo el momento en el que mi mujer ya lo ha hecho y se ha secado el pelo, así que entro en el cuarto de baño a través de una espesa niebla formada por el vapor, pero sigo pasando frío. Salgo del cálido tálamo en el que he pasado mis últimas horas en posición fetal y atravieso el gélido pasillo hasta un cuarto de baño chorreante, pero no me gusta. Mi lugar natural está en la cama. El agua es como una tortura.
De vez en cuando me hago el remolón e intento ponerme a desayunar antes de que mi santa termine sus abluciones para que ya sea demasiado tarde y justificar así mi ruptura del sacrosanto ritual de la ducha. Pero es entonces cuando ella me mira y me pregunta aquello de "¿no te vas a duchar?, y yo, calzonazos irrecuperable, afirmo con la cabeza y le digo que sólo estaba haciendo tiempo para que ella terminase y meterme yo.
Cagoenmismuertos.
Añoro aquellos días en los que no existían los sprints mañaneros para la ducha diaria y todo se resolvía los sábados por la mañana en un baño maratoniano. Aquellas mañanas de sábado en las que me desayunaba viendo en Sabadabadá las tiras cómicas de los noveles Faemino y Cansado y las aventuras de la Bruja Avería y de un Pablo Carbonell anterior a su taurina muerte. Aquellos baños comunales en los que nos olvidaban bajo el agua esperando que el paso del tiempo reblandeciera las costras de nuestras rodillas y codos. Aquellos baños en los que descubrías con sorpresa que dentro del ombligo había cavidades que albergaban pelotillas. Aquellos baños que terminaban en llanto porque tres hermanos en un espacio tan reducido no duraban más de tres minutos sin agredirse.
Por aquel entonces tampoco me gustaba mucho el agua, pero era mucho más divertida.


Actore non probante, reus absolvitur

Hasta la reunión de padres de ayer, mantenía dentro de mi memoria el recuerdo de profesores entrados en años y en la mayoría de las ocasiones peinando canas.
Ayer me enfrenté a la cruda realidad de una plantilla de profesores de primaria a los que saco casi 10 años, y en algunos casos bastante más, y que tienen cara de hermanos mayores más que de educadores de futuras generaciones.
Hasta ayer no me di cuenta de que mi entrada en el mercado laboral supuso la salida de una generación a la que yo sustituí. Que en su día yo tendría la misma cara aniñada y barbilampiña y que ofrecería la misma imagen de joven inexperto y con pocas luces que ellos dieron ayer. Que mi interlocutor, mayor que yo, en su interior pensaría aquello de qué coños hacía él escuchando atentamente a aquel infante trajeado si podría ser mi padre.
El tiempo dará o quitará razones. El tiempo dará o quitará temores.
Vaya mierda, coño.