En los casi 17 años que llevo con mi mujer nunca le he sido infiel. Ni siquiera con el pensamiento. Y eso que creo que con la edad me estoy convirtiendo en uno de esos viejos verdes que se quedan mirando a las tías como las vacas al tren. Sin darme cuenta voy por la calle como rastreándolas con un radar. Además, con esta moda que se lleva ahora en la que van medio desnudas, casi no doy abasto.
Estos pantalones de talle bajo que tanto se llevan me traen por la calle da la amargura. No tanto por lo que enseñan por detrás como por lo que insinuan por delante. Y esos generosos escotes, tanto superiores como inferiores, que dejan verlo casi todo, imantan mis ojos hasta el desvarío. Tanto, tanto que en más de una ocasión un par de tetas me han saludado, y cuando he subido la vista he descubierto que sobre ellas había una cabeza de alguna mujer conocida a la que he tenido que besar intentando disimular mi vergüenza y tratando de sujetar a mis ojos para que no volvieran a descender sobre sus pechos. ¿Y qué decir de esos hoyuelos que algunas mujeres tienen en sus lomos?....
Pero aún así, mi mujer me tiene totalmente enganchado. Sólo le pongo los cuernos con la tele (¿se puede ser infiel a alguien con un objeto?). Son unos cuernos consentidos, pero cuernos al fin y al cabo.
Eso sí, cuando sueño, las pocas veces que mis sueños son eróticos, la única que aparece es mi mujer. Soy incapaz de tener sueños dándome un revolcón con alguna de esas que tanto atraen mi atención por la calle.
Siempre fui muy enamoradizo, aunque mi timidez con las mujeres me impidió triunfar todo lo que yo hubiera querido, así que cuando la conocí, a mi mujer, me la quedé para siempre. Y es ella el único centro de mi vida y de mis sueños. Al vivir en una ciudad pequeña me es imposible pasar mucho tiempo sin cruzarme con alguna de aquellas mujeres que en alguna ocasión cruzaron por mi vida y con las que tuve algún tipo de relación. Y aún hoy, cuando hablo con ellas, algo dentro de mí se remueve. ¿Sigo queriéndolas?. Supongo que sí, aunque lo que realmente sigo apreciando, creo yo, es el recuerdo que dejaron. Han crecido, como yo. Han tenido hijos, como yo. Han envejecido, como yo. Pero yo mantengo la imagen y los recuerdos de cómo eran.
Mi otro gran amor, la tele, me está dando muchas satisfacciones últimamente. Casi a continuación una de otra se emiten en diferentes canales dos series que me llenan: Ed y Sexo en Nueva York.
La protagonista de Sexo en Nueva York, Carrie, va pasando de relación en relación pero en todas ellas vuelca todo lo que tiene. Llega a enamorarse, aunque con el tiempo la cosa no fragüe. Nada que ver con su amiga Samantha, que va cabalgando de polla en polla como una amazona, sin importarle absolutamente nada los hombres a los que va dejando por el camino y sin sentir nada por ellos. Yo soy más como Carrie. En el capítulo de ayer Carrie se hace cargo de una becaria que tiene una filosofía de vida basada en mantener la virginidad hasta el matrimonio, y así entregársela al hombre que amará el resto de su vida. Carrie, lógicamente, no alcanza a comprender semejantes ideales. Aunque a mí, lo que esto me provoca son dos preguntas: ¿no estaré yo haciendo lo mismo que la becaria siendo tan fiel?, ¿se puede ser virgen, o mejor dicho, sentirse virgen por hacerlo siempre con una misma pareja?
Ed es mi alter ego. El pobre tiene la desdicha de estar enamorado, desde niño, de la misma mujer. Una mujer con la que mantiene una estrechísima amistad que Ed no está dispuesto a romper por nada del mundo. Incluso a costa de no ser feliz declarándole su amor. Eso de no declarar tu amor a una persona por temor a que la amistad se vaya al carajo es una excusa de cobardes. A mí me lo van a decir. Y ahora, su amor, resulta que está a punto de casarse con otro. Ella, que también está enamorada de Ed, está dispuesta a casarse con otro hombre al que aprecia, que no ama, antes de dar el paso y decirle lo que siente. El tercero en cuestión, que es un poco capullo, conoce perfectamente esta situación, e intenta por todos los medios hacer valer su posición sobre Ed para llevarse a la mujer que ama. Sé cómo terminará la historia, porque no deja de ser una ficción, pero en la realidad, quien perdería todo sería Ed, y quien fracasaría estrepitosamente sería ella. Y con el tiempo, ya no habría remedio. Este capítulo finaliza con la imagen de una reunión de Ed, su mejor amigo y ella en un bar en el que se cuentan confidencias. El futuro marido les observa a través de la ventana y entra en el bar de repente. Se acerca a ella y le da un largo beso de tornillo. Cuando terminan de besarse, ella se acerca a la barra para pedir un café a su futura pareja, momento en el que Ed le dice: "Menudo beso le has dado". "Sí", responde él, "es lo que hacen las personas que se quieren".
Mis besos son para quien quiero. Y sólo para ella.