La vida es como el ejército. Año tras año vas haciendo méritos para ganarte los galones, y con el paso de muchos, muchos años, llegas a lo más alto. Eres el que más manda, el que está por encima de todo y de todos, aunque ajustándote a unas normas básicas. Y después de eso, pasas a una etapa aún mejor, aquella en la que ya tienes todo hecho y en la que se te reconoce el esfuerzo de una vida. Aquella en la que se terminan las obligaciones y los problemas. Aquella en la que, por fin, puedes hacer lo que realmente te da la gana: la jubilación.
Pero hete aquí que en ese momento, el momento en el que has conseguido echar a tus hijos de casa, el momento en el que el trabajo ya no es una obligación, el momento en el que la hipoteca ya no existe, pasas a ser un trasto inútil.
Y es que los hijos, llegados a una cierta edad, se creen con el derecho (y la obligación) de convertirse en los padres de sus padres. Y comienzan los problemas.
El sábado pasado mi suegra insinúa que le gustaría venir con nosotros de vacaciones. Y tanto a mi mujer, su hija, como a mí, nos parece perfecto. Total, qué más nos da. Después de todo también van a venir mi madre y mis dos hermanas, así que si se apuntan ellos, pues más risa. El único inconveniente es que en nuestro apartamento ya no cabe más gente, así que hay que buscarles algo urgentemente porque estamos a dos semanas del día D. Y dicho y hecho. El sábado por la noche me pongo a enviar correos electrónicos a todas las ofertas de apartamentos que están más o menos cerca del nuestro. El domingo ya ha contestado una de las propietarias, con tan buena suerte, que el apartamento de mis suegros lo vemos desde nuestra ventana, y no hay más de 100 pasos entre nuestro portal y el suyo. Además, el precio no está nada mal. Así que se lo digo a mi mujer para que llame a su madre y le dé las buenas nuevas.
Pero alquien se nos ha adelantado y ya ha hablado con ella. Mi cuñado#3, que es de los que primero eructa y luego pide perdón, se ha enterado de la movida y no se le ha ocurrido otra cosa que llamar a su madre para prohibirle taxativamente que vaya de vacaciones a la playa porque está muy vieja y ya no puede conducir. Así, a dolor vivo. Mi suegra, que los tiene bien puestos, ha mandado a la mierda a su hijo, pero ha prometido que ahora no irá a la playa, no porque se lo prohíba él, sino porque a ella no le da la gana. El resto de los hermanos, a parte de poner a parir a mi cuñado#3, ha intentado convencerla, pero no hay manera. Además, ha prohibido a todo el mundo que le vuelva a hablar de este tema. Así que se quedará sin vacaciones para demostrarle a su hijo el que se lo prohíbe que es más fuerte que él y que es ella quien decide no ir, y nosotros nos quedaremos sin quince días en la playa con los abuelos porque a él, que tiene una la lengua más rápida que su cerebro, ni siquiera se ha parado a pensar las consecuencias que tendrían sus palabras.