Se ha teñido el pelo, se ha puesto más tetas y ha estilizado su figura con más bisturí, pero su larga nariz y la forma de la cara la delatan. Es ella, la universitaria inexperta.
Mi entrada en el mundo de la publicidad fue en un periódico. A parte de vender la publicidad en la calle teníamos que atender los anuncios por palabras. Sí, los famosos clasificados, avisos o anuncios breves. Atendíamos a todo tipo de público y, claro está, a las putas y chaperos.
La primera vez que atiendes a una de estas personas no puedes por menos de sentir vergüenza. No por ella, sino por ti. Que alguien ofrezca su cuerpo a cambio de dinero y seas tú quien le tome nota de la oferta como si fuera un trozo de carne en venta te descoloca. Pero como todo en la vida, esto termina haciendo callo y con el paso del tiempo tanto te da que la que tienes delante venda cachorritos recién nacidos o sea ella misma quien ofrece su cuerpo al primero que llame.
En toda aquella etapa conocí a universitarias inexpertas, universitarias cachondas, estudiantes viciosas, maduritas sexys, viudas, modelos universitarias, travestis activas y pasivas, y hombres muy bien dotados que hacían a todo. El tema de las universitarias era muy demandado, supongo que también porque la demanda de sus servicios era mayor.
Con algunas de ellas llegué, mejor dicho llegamos, a tener cierta relación. Venían un par de veces por semana porque los anuncios se cobraban al contado y por adelantado.
Universitaria inexperta no comenzó poniendo sus propios anuncios, sino que era la chica para todo de un lupanar de la ciudad en el que trabajaban varias chicas, y era ella la encargada de ir hasta el periódico a hacerlo. Vio pasar tanto dinero entre sus manos y entre las piernas de sus compañeras que terminó metiéndose de lleno en el negocio. Su cambio fue radical. Pasó de ser una chica morena y narizotas que vestía generalmente de negro y con bastante mal gusto, a una chica morena de pelo largo bien peinado con grandes gafas de sol que disimulaban tremendamente su apéndice nasal, y que vestía blusas escotadas de colores claros y pantalones ceñidos. La universitaria inexperta de hoy tenía melena rubia, grandes gafas de sol de esas con algo de espejo, una camiseta blanca ceñidísima que ocultaba/resaltaba un buen par de tetas, y unos pantalones marcando culazo. Los zapatos, de tacón.
Viuda era una mujer del tipo Rocío Jurado. Pelo largo y bien teñido de rojo, grandes gafas de sol negras que no dejaban ver sus ojos, más de 150 de pecho y buenas caderas. Venía siempre con sus hijos, un niño pequeño y una niña de unos 12 ó 13 años. Los dejaba en una esquina de la oficina y se acercaba al mostrador, pedía la orden de publicidad y escribía siempre el mismo anuncio. Pagaba, y se marchaba. Sólo hola y adiós. Y así durante años. Hasta que un día, años después, todo cambió. Subieron las escaleras ella y su hija, y las dos se acercaron al mostrador. Esta vez pidieron dos impresos y publicaron dos anuncios. Ella seguía siendo la viuda de siempre, y su hija se había convertido en jovencita 18 años. A partir de ese día, siempre fueron dos anuncios.
Estudiante viciosa era una yonqui. Era menuda, rubia de bote y con unos ojos azules casi transparentes. Siempre iba llena de moratones en los brazos, y su aspecto desmejoraba semana tras semana. Venía con su hija pequeña, la sentaba en el mostrador y nosotros, para tenerla entretenida y para distraerla de lo que su madre estaba haciendo, la tratábamos como una reina. Le dábamos caramelos, bolis y todo lo que nos pedía. Terminó entrando en la oficina como en su casa. Correteaba entre las mesas y nos saludaba uno a uno. En su cumpleaños siempre tuvo un regalo que pagábamos entre todos. Su madre, más de una vez nos pidió el favor de publicarle los anuncios gratis, porque ni siquiera tenía suficiente para pagarlos. Todo se lo gastaba en lo mismo. Una de mis compañeras llegó a poner en varias ocasiones dinero de su propio bolsillo para que no se descuadrase la caja. Yo, me enfadaba con ella. Prometió que lo devolvería, pero nunca lo hizo.
Modelo universitaria era así, tal cual. Metro ochenta y cinco, medidas de revista y precio de puta de lujo. Sólo recibía en hoteles, y su chulo la traía al periódico en un BMW M3 descapotable que aparcaba encima de la acera. Joder, si hasta él estaba bueno.
Las travestis eran todas brasileñas. Altas y gordas, apenas hablaban castellano. Supongo que serían las hormonas, pero juraría que semana tras semana iban siendo más femeninas y menos...cosa rara. En una ciudad pequeña como esta, encontrarse por la calle a un tipo de tez morena y voz de estibador con tacones, ademanes de señorita y tetas de ama de cría llama la antención. Vaya que si la llama.
En el capítulo de los tíos, la cosa tenía su gracia, porque igual que todas las putas eran universitarias, a los tíos siempre les medía 24 centímetros. Generalmente también eran brasileños o sudamericanos, aunque había algún árabe. Ellos eran menos dados a mantener conversaciones con nosotros, así que poco puedo contar. Llegaban, escribían, pagaban y se marchaban.
Lo que en un principio tenía su gracia y daba para comentarios más o menos graciosos sobre lo muy putas y muy mentirosas que eran ellas o sobre si ellos tenían entre las piernas el rabo de la bestia o exageraban un pelín, se fue convirtiendo en una visión totalmente diferente sobre lo que para nosotros era el mundo de la prostitución. Detrás de cada una de aquellas personas había una historia diferente, que en muchos casos incluían malos tratos, golpes de mala suerte o, sin más, un cuerpo que no coincidía con sus mentes y que se habían empeñado en cambiar a cualquier precio.