Mucho ejercicio tengo que hacer, o muchos días tengo que estar sin acercarme a la ducha para que alguien que esté a mi lado pueda decir lo contrario. La última vez que yo mismo me eché en cara lo mal que olía fue hace ya muchos años durante unas maniobras de la puta mili en Galicia. Una semana entera sin quitarnos la ropa, y varios días sin poder ni siquiera quitarnos las botas tuvieron la culpa. Aquello sí que era "olor" de multitudes. Joder.
¿Y a qué viene esta pestilente reflexión?, pues muy sencillo: estamos de obras.
La niña crece, y antes de que sus preciosos pies salgan entre los barrotes de su cuna, hemos decidido comprarle una habitación enterita. Habitación de tarifa plana, he decidido bautizarla. Todas las tiendas de muebles que visitamos nos daban un mismo precio por el mobiliario, fuese cual fuese su estilo o composición. Todo a 3.000€. Daba igual si era de madera, de imitación, un nido, una cama independiente, que tuviera sinfonier, o que la mesa de estudio apareciera o no en el diseño. Lo dicho, tarifa plana.
Y de la colección de chapuzas que han pasado por casa, el campeón del mundo en olor corporal ha sido, sin la menor duda, el pintor. ¡Qué olor!. Aquello era algo insoportable. ¿Pero cómo se puede oler tan mal viniendo de tu propia casa?, ¿pero no tendrá olfato ese hombre?, ¿no tendrá familia, vecinos, amigos? Estoy seguro que si tuviera un canario en casa, el pobre bicho terminaría patas arriba, igual que aquellos canarios que avisaban a los mineros hace años de la presencia del gas grisú. ¡Pero si ese tipo debe ser tóxico!, ¡seguro que si apagamos las luces, brilla en la oscuridad!
Se parece mucho a mis vecinos del tercero. Padre, tres hijos y una hija. Todos, excepto la hija, sufren de suciedad. Bajar con ellos en el ascensor es algo así como bajar con todos los parroquianos de un bar especializado en rebozados junto con un nutrido grupo de picapedreros de reunión con peones camineros asfaltando una carretera cordobesa en pleno mes de julio con botas de goma. El horror, o mejor dicho, el hedor. Da igual la hora. Huelen igual a las ocho de la mañana que a las diez de la noche.
Algunos dirán que yo lo tengo fácil porque no dejo de ser un tipo que se pasa el día sentado en una silla delante de un ordenador, y que ya les gustaría ver qué me pasaba si tuviese que estar picando piedra o levantando sacos de cemento. Pues sí. Estoy seguro que llegaría a casa por las noches apestando. Faltaría más. Soy muy humano, y huelo como tal. Pero estoy seguro de que a ciertas horas no me pasarían esas cosas porque mi cuerpo habría pasado por una ITV basada en una buena ducha y una cremita hidratante.
Una persona que apeste a las diez de la noche después de 14 horas de trabajo tiene todos mis respetos. El que baja en el ascensor recién salido de casa invadiendo el espacio ajeno con su pestilencia corporal es, sencillamente, un cerdo.