Hoy le he tirado los tejos sin ningún tipo de pudor a la gerente de una constructora cuando me contaba que tenía que paralizar toda la campaña publicitaria para replanteársela.
Tejos laborales, se entiende.
Le he dejado claro, pero meridianamente claro que estaría encantadísimo de formar parte de su equipo de planificación y marketing. Le he hablado de todo lo que había hecho y dónde. De la cantidad de gente que conozco. De lo bien que me llevo con todo el mundo.
He llegado a decirle que si suena mi móvil y veo su nombre en la pantalla, tardo diez minutos en llegar a su oficina. Sólo me ha faltado canturrearle aquello de "dame un silbidito..." que le cantaba Pepito Grillo a Pinocho:
Cuando estés en líos
por tu bien o por tu mal,
¡dame un silbidito!
¡Dame un silbidito!
Y si no pudieras dominar la tentación,
¡dame un silbidito!
¡Dame un silbidito!
No olvides de silbar,
no basta soplar.
Y al no poder silbar, grita:
-¿Pepito Grillo?
-¡Eso!
Si te estás portando bien
y te tentara el mal,
¡dame un silbidito!
¡Dame un silbidito!
Y siempre tu conciencia mandará.
Si te estás portando bien
y te tentara el mal,
¡dame un silbidito!
¡Dame un silbidito!
Y siempre tu conciencia mandará.
Y siempre tu conciencia mandará.
En los últimos meses estoy pensando demasiado en cambiar de aires. Sé, sin ningún género de dudas, que el cambio empeorará notablemente mi tranquilísima vida familiar. Que volveré a despedirme de los niños por la mañana y les encontraré casi acostados cuando vuelva por la noche. Que volveré a trabajar como hace unos años y como me prometí que no volvería a hacerlo.
También sé, sin ningún genero de dudas, que ganaré mucho más de lo que ahora mismo me meto en el bolsillo.
Mi única motivación para el cambio sería la económica. No hay ninguna más.
¿Merecería la pena volver a lo de antes?, ¿es el momento?.
Estoy empezando a pensar que si no lo hago ahora ya no tendré muchas más oportunidades, y puede que me arrepienta en el futuro.
Por otro lado, ver crecer a mi hija ha sido lo mejor de estos últimos años. Me perdí a mi hijo, y me pesa todos los días no haber hecho nada para evitarlo.
Cada día me veo más canas en el espejo. La verdad es que me sientan bien, pero me recuerdan que el tiempo pasa.
Y el tiempo me ha demostrado que no tiene marcha atrás.
Carpe diem quam minimum credula postero.