30 noviembre 2007

Invitación aceptada

8 cosas que no haya contado, dice Pir_ado...

Parece fácil, pero hay tantas cosas que no he contado que no sabría por dónde empezar. Además, ¿qué cosas debería contar que fuesen lo suficientemente destacables para hacerlo?,

En fin. ¿A quién le importa?.

A ver:
  1. Me preocupo constantemente por el dinero, y cuando lo tengo, no puedo por menos de gastármelo. Invito, compro, reservo... Y luego me arrepiento.
  2. Si por mi fuera, no me lavaría la cara jamás. El agua está demasiado fría hasta en verano.
  3. No soporto estar en casa con la misma ropa que en la calle.
  4. Me encantan las zapatillas de estar en casa. Sí, esas; las de cuadritos.
  5. Serie favorita de la tele: El Equipo A
  6. Me pirran los buffets, sobre todo los del desayuno.
  7. La vecina de enfrente nunca cierra las cortinas, y en verano ni siquiera baja un poquito las persianas. Mi lado voyeur le estará eternamente agradecido.
  8. Más de una vez (y de dos) he olvidado el coche en alguna parte y he vuelto andando a casa.

¿No fue tan difícil, no?

28 noviembre 2007

Bajo mínimos

Me tienen agotado. El fin de semana pasado llegué a un extremo tal de agotamiento mental que ya no sabía reaccionar.

Eran las nueve y media de la noche del sábado cuando decidimos dejarlos en casa de su abuela para poder pasar un par de horas los dos solos. Hacía un frío tremendo, y no teníamos fuerzas ni ganas de caminar, así que nos montamos en el coche y, con la llave ya en el contacto, nos miramos y a la vez nos preguntamos: “¿Dónde te apetece cenar?” Nos encogimos de hombros y por nuestras caras comprendimos que ni siquiera teníamos hambre.

Terminamos en un restaurante italiano del que teníamos buenas referencias y que no nos defraudó. Una pizza y unos crespelles bastaron para saciarnos. La cena fue tranquila, y la conversación también. El tema niños apareció en contadas ocasiones, y para preguntarnos el por qué de tanta actividad que nos dejaba sin fuelle.

Tres horas después de salir, ya estábamos de vuelta. Ni copas, ni cafés, ni paseos. Hacía demasiado frío. Al abrir la puerta nos encontramos con que mi hijo aún no se había acostado, y nos estaba esperando. La pequeña hacía un rato que estaba dormida, pero le había costado lo suyo. Recogí a la niña de la cama de su abuela y nos fuimos a casa a acostarlos. El niño tardó dos minutos en quedarse dormido en su cama. Nosotros nos acostamos quince minutos después.

El domingo llegó demasiado temprano. A las ocho menos diez ya se encargaron de sacarnos de la cama. Teníamos pensado ir a comer a casa de mis suegros para despedirnos. Se van a la playa esta tarde. Qué ganas tengo de jubilarme y pasarme los inviernos en la playa. En mi playa. Antes del mediodía mi capacidad de aguante ya había sobrepasado todas las líneas rojas. Me encerré en el despacho y encendí el ordenador. Busqué un hotel. Marqué las fechas. Pulsé el botón de “consultar disponibilidad”. Me recosté en la silla viendo el precio que salía en pantalla e hice cuentas. “¿Y si pulso el botón de reservar?”. Lo hice. Me levanté y busqué mi cartera. Saqué la tarjeta de crédito e introduje los números. Acepté.

Del 9 al 13 de enero tengo reservada una habitación doble en un hotel de montaña con piscina climatizada.

Mi mujer no sabe nada, pero nos vamos, los dos solitos, a esquiar cuatro largos días.

La última vez que pudimos hacerlo fue hace más de seis años.

Nos lo merecemos.

Nos hace falta.

26 noviembre 2007

Apariencias

La puerta del ascensor no llegó a cerrarse. Antes de que lo hiciera, alguien, desde fuera, tiró de ella y entró en el ascensor. Me sobresalté porque no había oído a nadie cuando entré. Hizo un ademán de saludar moviendo hacia arriba la cabeza, pero con desgana. La música que salía de su mp3 se escuchaba perfectamente debido al volumen de sus cascos.
De piel oscura haría pensar que sería gitano o árabe. Una cicatriz comenzaba en la frente, cerca de la ceja izquierda, y la atravesaba en parte. En la ceja derecha sobresalía un piercing con dos bolas negras.
Se dio la vuelta y se miró al espejo. Yo, le miraba de reojo. Sacó algo de su bolsillo y se lo acercó a la oreja izquierda. Comenzó a ponerse un pendiente que en un momento colocó sin problemas. Me fijé en sus pantalones. La talla correspondería a alguien mucho más corpulento. Los bolsillos comenzaban por debajo de sus glúteos, y el dobladillo del pantalón vaquero había desparecido. En su lugar arrastraba unos trozos de tela deshilachados y llenos de mugre. Las zapatillas tenían un color indefinido.
20 segundos después llegamos a la planta baja. Abrió la puerta y salió delante de mí murmullando un hasta luego. Le miré de los pies a la cabeza y sonreí.
Le conozco desde que tenía 3 años. Su madre murió hace ya 12. Un cáncer se la llevó antes de que muchos vecinos llegásemos a enterarnos de que lo padecía. Su padre, director de marketing de un gran banco, no volvió nunca a ser el mismo. Su relación con el resto de vecinos terminó el mismo día que murió su mujer. Hola y adiós. Se quedó sólo con cuatro hijos. El mayor, adolescente. El pequeño, con 5 años.
El mayor decidió ser mecánico de motos y lo consiguió. Ya vive solo. El segundo se ha convertido en pasante de un despacho de abogados. El mismo en el que trabajaba su madre cuando murió. La tercera, la única chica, estudia una carrera y se acaba de echar novio. El más pequeño, el del piercing y los pantalones excesivos, sigue estudiando.
Siempre ha respetado sus opciones. Siempre ha apoyado sus diferencias.
Y ellos le han respondido.

23 noviembre 2007

Llamada telefónica.

"Mira, lo que yo quiero es reunir al mayor número de personas posible en mi pueblo de veraneo. Quiero darles unas castañuelas a todos los que se acerquen y conseguir que, tocándolas todas al mismo tiempo, entremos en el Libro Guiness de los récords. ¿Puedes ayudarme a conseguirlo?"
Y se quedó tan ancha.
La gente se aburre mucho.
Pero mucho mucho.

22 noviembre 2007

¿Es el momento?

Hoy le he tirado los tejos sin ningún tipo de pudor a la gerente de una constructora cuando me contaba que tenía que paralizar toda la campaña publicitaria para replanteársela.
Tejos laborales, se entiende.
Le he dejado claro, pero meridianamente claro que estaría encantadísimo de formar parte de su equipo de planificación y marketing. Le he hablado de todo lo que había hecho y dónde. De la cantidad de gente que conozco. De lo bien que me llevo con todo el mundo.
He llegado a decirle que si suena mi móvil y veo su nombre en la pantalla, tardo diez minutos en llegar a su oficina. Sólo me ha faltado canturrearle aquello de "dame un silbidito..." que le cantaba Pepito Grillo a Pinocho:
Cuando estés en líos
por tu bien o por tu mal,
¡dame un silbidito!
¡Dame un silbidito!
Y si no pudieras dominar la tentación,
¡dame un silbidito!
¡Dame un silbidito!
No olvides de silbar,
no basta soplar.
Y al no poder silbar, grita:
-¿Pepito Grillo?
-¡Eso!

Si te estás portando bien
y te tentara el mal,
¡dame un silbidito!
¡Dame un silbidito!
Y siempre tu conciencia mandará.

Si te estás portando bien
y te tentara el mal,
¡dame un silbidito!
¡Dame un silbidito!
Y siempre tu conciencia mandará.
Y siempre tu conciencia mandará.
En los últimos meses estoy pensando demasiado en cambiar de aires. Sé, sin ningún género de dudas, que el cambio empeorará notablemente mi tranquilísima vida familiar. Que volveré a despedirme de los niños por la mañana y les encontraré casi acostados cuando vuelva por la noche. Que volveré a trabajar como hace unos años y como me prometí que no volvería a hacerlo.
También sé, sin ningún genero de dudas, que ganaré mucho más de lo que ahora mismo me meto en el bolsillo.
Mi única motivación para el cambio sería la económica. No hay ninguna más.
¿Merecería la pena volver a lo de antes?, ¿es el momento?.
Estoy empezando a pensar que si no lo hago ahora ya no tendré muchas más oportunidades, y puede que me arrepienta en el futuro.
Por otro lado, ver crecer a mi hija ha sido lo mejor de estos últimos años. Me perdí a mi hijo, y me pesa todos los días no haber hecho nada para evitarlo.
Cada día me veo más canas en el espejo. La verdad es que me sientan bien, pero me recuerdan que el tiempo pasa.
Y el tiempo me ha demostrado que no tiene marcha atrás.
Carpe diem quam minimum credula postero.

Aeropuerto 2007: El último viaje

Llueve en la calle y me llueven las negativas.

Todas las expectativas de pegar el pelotazo y patrocinar la promoción navideña se vienen abajo. Sabíamos que era complicado pedir tanta pasta a final del ejercicio, pero que te den esperanzas de hacerlo y en el último momento te digan que no, jode.
Tengo una última oportunidad. Me queda un último vuelo.
Se oye por megafonía: "Última llamada para los pasajeros del vuelo 28/12/07 de la compañía..."
No se dice el patrocinador. Que siempre hay algún gafe escondido.

21 noviembre 2007

Mañana. Siempre mañana.

Soy un vago. Lo he sido siempre.

Soy tan vago que ni siquiera repaso mis posts por aquello de no repetirme. Y me temo que, conociendo también mi falta de memoria, de esto ya he hablado.
Siempre esperé al último día, a la última hora para todo. Para estudiar, para preparar trabajos, para concertar citas, para mirar papeles, para ordenar la habitación, para recoger la ropa, para reunirme...
No fui mal estudiante, pero tampoco muy bueno. Cuando llegué a la Universidad, en el primer minuto descubrí lo que sería mi perdición. Aprendí a jugar al mus y a pasarme las mañanas en el bar. De ahí a suspender sólo hubo un paso. La carrera se eternizó. Aprobaba las asignaturas que me gustaban y despreciaba las complicadas. Hubo más de una asignatura de primer curso que la aprobé en el último. El inglés, que toda la vida había sido una de mis asignaturas fetiche y en la que sacaba las mejores notas, pasó a ser un lastre más. Mientras llegaba a cuarto curso de la Escuela de Idiomas, el inglés comercial se convirtió en una pesadilla. Pura desidia.
Tuve que conocer a la que hoy es mi mujer para ponerme las pilas. Mejor dicho, me las puso ella. Si no hubiera sido por su insistencia, estoy seguro de que la cosa se hubiera alargado indefinidamente.
Hace un par de semanas se presentó en la oficina un tipo que, hace ya 20 años, fue profesor mío en la facultad. Las mismas gafas de pasta de grandes cristales, el mismo flequillo sobre la frente, la misma voz aflautada y chillona. En fin, la misma cara de gilipollas que tenía hace un par de décadas.
No se acordaba de mí. No me extraña. Creo que no fui a su clase más de media docena de veces.
En un arranque de como-queramos-llamarlo, me identifiqué como ex-alumno suyo y le pregunté qué tal le iba. Como si me importase lo más mínimo. Me dijo que seguía dando clases. "Ahora me encargo de dos asignaturas: Dirección de ventas y Dirección comercial." Le hice un breve repaso a mi currículum y se me ocurrió hacerle un comentario del tipo "Ya ves. Aquí me tienes aplicando todo aquello que me explicabas hace tanto tiempo y que al final resulta que era útil"
Al tipo se le cambió la cara. Sonrió y me dijo: "¿Sabes qué se me está ocurriendo?, ¿por qué no me llamas un día y te acercas a darles una charla a mis alumnos?. Estoy harto de ver cómo desperdician el tiempo y no se dan cuenta de lo que tú me estás diciendo. Se les llena la boca con frases como que todo esto no sirve para nada o que no merece la pena ni venir a clase. Y ya no sé cómo animarles. Sería una gran ayuda que vieran a un ex-alumno mío que estudió lo mismo que ellos cómo ha salido adelante y ha llegado a desempeñar puestos de responsabilidad. ¿Te animas?"
Fue como si me hubieran abofeteado. Tardé unos segundos en reaccionar. Sin pensarlo demasiado le dije que sí. Me dio su teléfono móvil y me dijo que le llamara. "Te llamo sin falta la semana que viene", le dije.
Y aquí estamos, dos semanas después, describiendo la escena para justificar mi injustificable falta de educación por no llamarle cuando le prometí. Todos los días, cuando veo sus números de teléfonos escritos en la tarjeta que tengo frente a mi teclado, me prometo que de hoy no pasa. Pero los días siguen pasando y sigo dejándolo, una vez más, para mañana.
Mañana llamo. Sin falta.

20 noviembre 2007

La desilusión y la cuenta atrás

Me entraron dos correos electrónicos al mismo tiempo.
Uno de ellos rechazaba, muy amablemente y de una forma muy bien justificada, el presupuesto que había enviado el pasado jueves a un cliente para patrocinar una acción navideña en la que se basaban muchas de las esperanzas que aún albergaba una parte remotísima de mi cerebro de alcanzar el presupuesto anual. Caso cerrado.
El otro, el más sorprendente, me anunciaba no sólo que mi blog tenía un nuevo lector sino que me había enlazado en el suyo.
Mi lector, aún anónimo, dice que lo que digo le gusta. Caso perdido.
Entro en su blog.
Primer post: no entiendo nada.
El segundo me descubre que utilizo mi hemisferio derecho y, por tanto, soy creativo. También dice que soy un poquito raro, porque yo veo que la sombra gira en el mismo sentido en el que lo hace la figura. Algo de razón tiene, porque he terminado mis días trabajando en publicidad y haciendo cosas de las que yo mismo me sorprendo a veces. Creativo y raro. Me gusta.
Sigo leyendo.
Cuenta atrás. Faltan 62 días. Bajo más. Faltan 63, 64, 65...
Joder. Qué intiga.
¿Se casará?, ¿colgará el blog?, ¿...?
¿Hay vida tras el 19 de enero?
Lo mejor, ir al principio de las cosas. He ahí la explicación. La cuenta atrás nos lleva a un examen. Al final/principio de todo. Al punto de inflexión. Al todo o a la nada.
Querido lector,
em primer lugar, faltaría más, mi agradecimiento por haber malgastado parte de su precioso tiempo de opositor en leer estos pasos perdidos.
En segundo lugar, prestarle mi más sincero apoyo en su labor opositora que, el tiempo me dará la razón, dará sus frutos a mediados del próximo mes de enero.
En tercer lugar, asegurarle un eterno puesto de honor en mis enlaces recomendados.
En cuarto lugar dejarme de tonterías y pedirte que en el futuro, sigas comentando.
Me hace ilusión.

12 noviembre 2007

Cumpleaños, ¿feliz?

Cuando yo era pequeño, el día de tu cumpleaños repartías un caramelo a todos los niños de tu clase. En el mejor de los casos, dos.
Eran tiempos en los que el dinero, a parte de escasear, se valoraba de forma diferente. No existían las tarjetas de crédito, ni los plazos ni nada parecido. Y todos vivíamos con lo que teníamos, más bien poco, pero sabiendo que no había más, y que todo lo que te gastases tendría que ser escatimado de otros gastos de la casa.
Llevamos dos meses de colegio escasos y mi hijo ya ha tenido que acudir a tres cumpleaños. Cumpleaños en los que se reúnen, en ocasiones, un par de docenas de niños en uno de esos engendros inventados por algún insensato en el que hay bolas de colores e hinchables por doquier. Tres cumpleaños, tres regalos. Ninguno de ellos ha bajado de los 15 euros. El momento en el que el cumpleañero recibe sus regalos es el más triste de la tarde. Un niño, hablo de un niño de 5 años, recibe no menos de una docena de regalos. Regalos que no valora en absoluto y a los que dedica la atención imprescindible para romper el papel que los envuelve, ya que está más pendiente de ver cuántos le quedan por abrir y contando el tiempo que le queda para volver a irse a jugar, que es lo que realmente le importa en esos momentos.
Estamos criando monstruos sin ni siquiera darnos cuenta. Todo esto nos pasará factura, y no sólo económica.

Inyección letal para todos

Supongo que en alguno de mis pasos perdidos ya habré hablado de mi tremendo cariño hacia los perros. Estoy seguro.
Les tengo tanto afecto a ellos como a sus dueños, que son, al fin y al cabo, los culpables de todo lo que hacen. Pero lo que he visto esta mañana ya es lo que me quedaba para confirmar que todos ellos son imbéciles.
Salen, ella y su perro, del portal. Y antes de que se cierre la puerta, y de que ella misma pise la calle, el bicho ya está meando en el mármol que cubre el zócalo de su portal. Ella, claro está, ni le reprende ni se da por aludida ni le importa que su querida mascota haga lo suyo en la puerta de su casa.
Me juego el tipo a que es la vecina más limpia de su portal, y la que pide más civismo en las reuniones de vecinos al resto de la comunidad.

07 noviembre 2007

Cambio de look

Ayer, a eso de las dos de la tarde, me fui de compras. Me monté en el coche y me acerqué a un centro comercial. Al mismo centro comercial en el que había estado el sábado anterior con mi mujer y mis hijos.
Si ir de compras es algo que ya me cuesta, lo de acudir con dos niños es algo insoportable. Mientras mi hijo metía los brazos en todas las camisas que había colgadas en los percheros y se paseaba por la tienda con percha y todo, mi hija se dedicaba a esconderse bajo todas las mesas o a subirse en todas las sillas que veía, a la vez que pintaba con un boli las prendas de piel. Así que poco menos que tuvimos que salir huyendo antes de que nos denunciasen por estragos.
A mí, me gusta ponerme los pantalones por la mañana y quitármelos cuando llego a casa. Lo de probarme ropa en las tiendas me da una pereza tremenda. Pero ayer, sin niños, sin gente, sin nadie que me molestase, pues no voy a decir que me gustó, pero casi. Tenía a la pobre dependienta de la tienda de correveydile: "¿podrías traerme los verdes en vez de los marrones?, ¿y la chaqueta azul, podrías buscarme una L en vez de esta M que me queda pequeña?, ¿por qué estos pantalones no me entran si son de la misma talla que estos otros?, ¿por qué tengo que comprarme una 44 de estos y una 42 de los otros?, ¿te parezco gordo?..." Y así durante una hora. La pobre estaba deseando perderme de vista, y no me extraña. Eso sí, antes de irme, me hice la tarjeta de la tienda por aquello de marear la perdiz un poco más. Una tarjeta que no utilizaré nunca, pero el caso era enredar.
154 eurazos después me metí en Massimo Dutti. He de reconocer que más por ver a la chica que por probarme algo. Jersey verde bien apretado con el cuello larguísimo de una camisa blanca asomando, vaqueros ajustadísimos y botas negras hasta la rodilla. Pelo negro recogido con una coleta y maquillada lo justito. Espectacular. Me lo probé todo. Las cazadoras cortas, largas, de primavera, de invierno, con cinturón y sin él, marrones, verdes, cruditas (decía ella) y azules... Además, por alguna causa incomprensible, me encontraba de lo más torpe. No acertaba con las cremalleras, que ella me subía. No me veía bien los hombros, que ella me ajustaba. Me estaban largas todas las mangas, que ella me recogía... El único pero es que descubrí que se mordía las uñas. Lástima. Hubiera sido perfecta. Otros 150 euros menos en mi cuenta corriente.
Hoy, al levantarme, he visto las bolsas llenas de ropa en el mismo sitio en el que las dejé ayer. Tengo la suerte de tener una madre que me arregla todo aquello que le sobra a los pantalones, así que esta tarde me tocará volverme a probarme todos ellos para que me quede todo bien.
Puf. Qué pereza.

05 noviembre 2007

¿Y qué?

Yo no leo.

Y no me avergüenzo de ello. Me aburre soberanamente leer libros, y me da la sensación de estar perdiendo el tiempo de una forma miserable. Eso sí, puedo leerme dos docenas de periódicos uno detrás del otro, pero leer un libro...
En tiempos, bien porque no me quedaba otro remedio o porque le encontraba algo de gracia al asunto, fui un lector casi diario de todo tipo de libros. Pero con el tiempo, o mejor dicho, sin el tiempo, se me fue pasando la costumbre.
Por si esto fuera poco, las raras veces que se me cruza la idea de abrir un libro, siempre es para releer alguno de los que hace años me gustaron.
Y eso es lo que me pasó hace una semana. Busqué en internet información sobre un libro que leí hace más de 25 años. Lo encontré. Me acerqué a la bibiloteca con los niños, y junto con sus cuentos infantiles me llevé a casa el primer libro que realmente me gustó en mi vida.
Leo a ratos. Cuando puedo.
Y me está gustando.