Las reuniones de vecinos son, normalmente, divertidísimas. En este tipo de encuentros te das cuenta de lo miserable que es el género humano, y si llevas toda la vida viviendo en el mismo sitio, como me pasa a mi, vas viendo año tras año cómo se van degenerando los cuerpos y las mentes de tus vecinos.
Llevo toda la vida viviendo en el mismo sitio. Lo único que he hecho ha sido cambiarme de piso y vivir uno más arriba que cuando vivía con mis padres. Y cuando hay una reunión de vecinos, mi madre, últimamente se escaquea y me envía en plan kamikaze para que monte el pollo. Y me encanta.
Ayer tuvimos la última. Una reunión que habíamos montado casi como un pequeño golpe de estado entre unos vecinos para saltarnos al presidente, que es un pobre hombre al que se le ha subido el cargo a la cabeza y actúa por su cuenta. Es lo que les pasa a las personas que no han tenido una responsabilidad en su vida, que cuando tienen una gorra que ponerse, todos debemos rendirles pleitesía y pasar por el aro. Pues no me da la gana.
Fue una reunión con más bronca de la habitual. Creo que ha sido la reunión de vecinos en la que he intervenido más a fondo, implicándome en un problema que se estaba convirtiendo (y ya veremos cómo salimos) en algo sin solución. Terminé enfrentándome con el presidente, que es un "bienqueda" capaz de contradecirse a si mismo para dejar contento a todo el mundo y al final hacer lo que a él le da la gana. Menos mal que imperó la sensatez y al final todos decidimos lo correcto. Y no porque yo fuera el que tenía la razón, que la tenía, sino que era la decisión más lógica y correcta para todos. La broma nos va a costar 3.000 euros, pero podía haber sido peor.
Lo mejor de las reuniones de vecinos es la post-reunión. Siempre terminamos los mismos vecinos tomando cañas en el bar de al lado y nos vamos para casa a tientas, para disgusto de mi mujer, que siempre se empeña en esperar a que aparezca con la cena preparada y sin haber probado bocado. Yo, claro está, nunca tengo hambre, porque bebemos tanto como comemos, así que llegamos a casa para meternos directamente en la cama. Así que mientras ella cena, yo paso a dormitar en el sofá hasta la hora de acostarnos.
Al día siguiente, y tras tomar una pastilla para paliar mi dolor de cabeza, vuelta a empezar con la rutina. Por suerte, al final de la semana tenemos otra. Voy afilando los cuchillos.