Aprovechando que uno es dueño de su vida, personal y laboral, y que mi mujer es funcionaria, osea que también puede hacer lo que le salga de ahí con el trabajo, pues el miércoles por la mañanita nos meteremos en el coche para irnos unos días a la playa. Eso sí, a una playa del norte que está casi tres horas más cerca que las del sur, pero en las que hay menos seguridad de que pisemos la arena por aquello del mal tiempo y más de que nos pasemos el día de chiringito en chiringito. ¡Qué le vamos a hacer!
Hombre, lo de viajar con niños te enseña que una de las cosas que tienes que asegurarte es el tiempo, pero para cuatro días que vamos a salir no queremos pasarnos dos metidos en el coche. Si a eso le añadimos que la niña se pasará el viaje entero dando guerra, pues mejor que el viaje dure 4 horas que 7. Vamos digo yo. Hay que ver lo diferentes que son mis hijos en esto de los viajes. El mayor aguantará despierto más o menos una hora viendo una peli en el dvd y después lo apagará él solito para quedarse dormido hasta que casi veamos el mar. Mientras, la pequeña comenzará a llorar a los veinte minutos de estar sentada y seguirá llorando hasta media hora antes de llegar a la playa, ya que justo en ese momento se quedará dormida para comenzar de nuevo a llorar cuando tengamos que despertarla para subir las maletas al apartamento. Cosas de los genes.
Y nosotros, aguantando el tirón. Me hace cierta gracia volver a visitar un pueblo en el que estuvimos hace más de 10 años también en un puente similar al de Semana Santa. Llegamos en el coche de nuestros padres, compartido con otros dos amigos, dormimos en un camping y lo menos que nos imaginábamos es que la próxima vez que volviéramos lo íbamos a hacer con dos hijos, conduciendo un monovolumen y durmiendo en apartamento. Y parece que fue ayer.
Hoy, mientras me tomaba un café precisamente con uno de los compañeros de aquel viaje, no he podido por menos de fijarme que casi tiene el pelo blanco. Le da un cierto aire respetable que, para los que le conocemos desde hace tanto tiempo, no deja de tener gracia. Cuando he llegado a la oficina me he mirado en el espejo. Las canas también comienzan a aparecer en mi pelo, pero en menor cantidad. No me importa en absoluto, al contrario. Creo que a los hombres las canas nos sientan bastante bien.
Yo, por lo menos, me veo estupendo.