Digamos que el día de Nochebuena tuvo dos caras distintas, como la canción. Por la mañana estuve de entierro y por la noche de cena familiar. Nadie piensa que la gente se muere en Navidad, pero sí, se muere. Cierto es que tenía 93 años y que llevaba un mes más en el otro lado que en este, y que todos pensábamos que no llegaría a Navidad, pero nadie se imaginó que muriera el mismo día de Nochebuena. A falta de mi padre, presidió la mesa nupcial el día de mi boda. Fue siempre una buena persona.
Digamos que la Navidad tuvo dos caras distintas, como la canción. La buena fue la comida familiar. Comer en casa de mamá siempre es un placer, y en Navidad aún más. La mala fue la comida familiar. La presencia de última hora de dos invitados inesperados nos llenó a todos de incomodidad. Hay capítulos familiares que es mejor olvidarlos, pero que reiteradamente se empeñan en resucitar cada cierto tiempo. Fue siempre un tipo autoritario y déspota. Clasista y soberbio. Ahora da pena verlo con su alzheimer incipiente y como un pelele en manos de su hijo. Es como un autómata. Los próximos años van a ser complicados. Menos mal que la distancia es el olvido, como dice la canción.
Esta semana no me apetece nada trabajar. El año termina y a nadie le apetece anunciarse la última semana del año, así que lo que no haya vendido ya no voy a poder venderlo. Fin.
Si no fuera porque sería adelantar 15 días de golpe y estar ya casi a mediados del mes de enero, me gustaría que mañana mismo fuese el día de Reyes. Me encanta ese día. No ya por ver a los niños con los ojos abiertos como platos y abriendo regalos sin parar, sino por mí mismo. Siempre tuvo algo especial.
Y lo sigue teniendo.