Ayer me pasé medio el día en el coche para asistir a una reunión de dos horas en la que hubo un poquito de todo. Pero como lo que cuenta es el final, digamos que vencimos. Misión cumplida.
El caso es que a las dos de la tarde pasaba yo por Alcorcón y a lo lejos vi el cartel de IKEA. Y pensé, ¿por qué no parar a comer y de paso me doy una vueltecita? Pues dicho y hecho, aunque por desgracia me pasé la salida de la autovía y terminé en un centro comercial a la entrada de Alcorcón que no era el de IKEA. El caso es que podía ver el cartel al fondo, y no demasiado lejos, pero no había forma de llegar. Así que me quedé. Gran idea. Descubrí algo así como el Paraíso del Wok. ¡Qué gozada!, un restaurante oriental en el que lo mismo comías rollitos de primavera que te preparaban en el acto cualquier verdura, carne o pescado en un wok a fuego vivo. Lo dicho, un placer.
Con la barriga bien llena de comida oriental (¡Muy rica, y no engorda!, o al menos eso dice la publi...), y para no meterme en el coche y pasarme un par de horas sentado mientras hacía la digestión, me di una vuelta por el centro comercial. Soy el único hombre que conozco al que le gusta pasearse por un centro comercial y que no está jubilado. Me compré un billete de lotería de Navidad, le eché un vistazo a alguna tienda de ropa y de zapatos, me metí en una juguetería, y otra vez al coche.
Me pasé el viaje entero hablando por teléfono. Gran invento el manos libres. Entretiene mucho, y hace los viajes muy amenos. Cuando quise darme cuenta, ya estaba otra vez en la oficina, y una horita después me marché para casa.
Con el paso de los años se me hace más cuesta arriba eso de viajar por motivos laborales. Antes hasta me hacía ilusión eso de ir en plan traje y corbata a pasar un día por ahí de reunión en reunión, pero ahora ya paso hasta de ir encorbatado. También he de decir que todavía me queda un puntito masoca en el tema de las reuniones, y me va la marcha. Ayer tuvimos veinte minutillos gloriosos de esos en los que se levanta la voz y se dicen muchas cosas de las que te olvidas a los dos minutos de haber concluido. Son divertidas, y todavía más cuando el que tienes enfrente todo acalorado y con la cara morada podría ser tu padre, y eso le jode todavía más. El tener delante de ti con cara de poker y diciéndote lo malo que eres a alguien que no había nacido cuando ya llevabas 20 años trabajando, al personal le pone muy nervioso. De momento, y hasta que eso me ocurra a mi, me hace mucha gracia.
Cambiando un poquito de tema, ahora toca hablar de mis catarros. Y hablo en plural porque a parte de los mocos que nunca me abandonan, mi garganta decidió el domingo dejar de funcionar, así que me pasé un día casi mudo, y el lunes me tocó ir al médico. Me recetó amoxicilina para la garganta y codeína para la tos. Porque también tengo tos. Si a eso añadimos que ayer tuve otra de mis migrañas, el coche parecía más el de un traficante que el de alguien que tenía una reunión de trabajo.
Llevo un par de semanas intentando moderar mi forma de comer, porque el estómago está empezando a fastidiarme más de la cuenta, y a parte porque creo que la báscula va a pasarme factura en breve. Así que voy poco a poco bajando la cantidad de toda la comida que tomo, desde el desayuno a la cena, y eso hace que me pase el día entero con una sensación de hambre bastante molesta. En estos mismos momentos me estoy acordando de la comida china de ayer, aunque dentro de media hora me toque comer unas judías verdes y una manzana.
Mierda.