Entrábamos en aquella casa siempre de la mano de nuestras madres o detrás de sus faldas. La recuerdo siempre en penumbra, con las persianas siempre bajadas y una luz mortecina saliendo de las pocas lámparas que la poblaban. Avanzábamos con una mezcla de curiosidad y miedo que, curiosamente, nos animaba a seguir. Siempre era ella quien nos abría la puerta. Nos recibía con mucha alegría y con una sonrisa sincera en la boca que nos asustaba/atraía más aún. Al traspasar la puerta del recibidor entrábamos en el salón. Y allí estaban. Sus tres hermanos. Dos sacerdotes y un ser deforme sentado en una silla de ruedas nos aguardaban, también, con sonrisas en sus bocas. Ellos, muy altos. Ella, sentada. En la silla de ruedas descansaba el enorme peso de un ser deforme y obeso, con el pelo enmarañado y unos labios gruesos que nadie podía dejar de mirar. Nos besaba y dejaba un rastro de saliva en nuestras mejillas que yo me limpiaba en cuanto sabía que nadie me miraba. Una mezcla de asco y miedo se apoderaba de mi. ¿Y si ese rastro de saliva me convertía en lo mismo que veía?, ¿y si yo terminaba en una silla de ruedas con el mismo aspecto que ella tenía? Terminado el ritual , comenzaba el Rosario. Padre nuestro que estás en los cielos... Dios te salve, María... y otras oraciones que, como estas, soy incapaz de recordar.
Su hermana fue la primera en morir. Era de esperar. Nadie sabía cuántos años podía tener. ¿Era la mayor o la pequeña?, ¿joven o vieja? Su desaparición fue, para mí, un alivio. No volvería a ver aquel cuerpo castigado por la naturaleza nunca jamás. No volvería a recibir sus besos. Lo que nadie sabía es que su desaparición también supondría la de aquellas tardes de Rosario y recogimiento que nuestras madres habían intentado inculcarnos sin éxito.
El tiempo fue pasando y casi 20 años después murió el hermano mayor. Apenas recuerdo aquel momento. A partir de entonces, y ya convertido en un adolescente, mi relación con los dos hermanos supervivientes, él y ella, fue a mejor. Buenos días, buenas tardes, ¿qué tal todos?, feliz Navidad, qué guapa esa chica, ¿es tu novia?... Hasta el punto en que, llegado el día de mi boda, él se empeñó en casarnos. Nosotros aceptamos felices, aún sabiendo que su estado de salud no era el mejor. Durante estos años había sido operado en dos ocasiones de tumores en el cerebro, y su movilidad había quedado seriamente perjudicada. Su homilía en la boda fue interminable. Sus confusiones y pausas al leer, constantes. Pero disfrutó. Disfrutamos.
En los últimos años fueron constantes nuestros encuentros. El nacimiento de mis dos hijos nos unieron más y siempre estuvieron, él y ella, pendientes de sus avances y de sus enfermedades infantiles.
El pasado domingo, él, murió. Ella se ha quedado sola. Toda su vida la dedicó a cuidar de sus tres hermanos, y poco a poco fueron muriendo.
Ella, me temo, no tardará mucho. Sólo le queda eso.