Es la mejor del pueblo, sin duda. Y la tiene por nosotros, o mejor dicho, por todo el mundo menos por él, que es quien menos la disfruta. Todo el mundo tiene derecho a saquearla cuando necesita algo. Igual da que sean zanahorias que puerros. Pimientos que patatas. Coliflor que tomates. Judías verdes que cebollas. El que necesita, llama a la puerta, o no, y se sirve. Lo que quiera y en la cantidad que quiera. En el momento que quiera.
El tío Perico disfruta con la familia. Cuanta más gente hay, mejor. Nos hemos juntado once personas durante estos ocho días. Once sin contarle a él, a su mujer y a sus cuatro hijos que iban y venían cuando les daba la gana. 5 niños y 6 adultos. Han sido 8 días de comidas, siestas, paseos y rutas en bici sin fin. Por la mañana, al río. Por la tarde, a cojer moras. Por la noche, a ver las estrellas.
El tío Perico, a parte de su huerta, sólo tiene un vicio. El dominó. Después de comer desaparece como por misterio y no regresa hasta pasada media tarde. Dice con orgullo que aún no sabe cuánto cuesta un café en el bar del pueblo. Pagan los perdedores. Él, siempre gana. Y si lo dice es porque es verdad. El tío Perico no tiene maldad. Nunca la tuvo. Por eso le pasan las cosas que le pasan, aunque esa es otra historia.
He vuelto a descubrir la bicicleta. Y bañarme en un río helado y lleno de peces. He intentado atrapar a las ranas de la orilla y no lo he conseguido. He disfrutado de mis hijos en largos paseos en bici. El mayor, en la bici en la que ya sabe arrancar él solito. La pequeña, en la sillita de atrás, agarrada a mi camisa y jugando al escondite. Mi mujer, en bici, es aún más guapa.
Hemos buscado caracoles, bailado en las verbenas, desfilado con disfraces, hinchado globos y les hemos dado formas de animales, tocado los bongos, participado en carreras, probado la Coca-Cola por primera vez tras quedar campeón de los pequeños, hemos visto un potro salvaje, hemos ido al teatro, cogido huevos directamente del gallinero, hemos dado de comer a los conejos, hemos pescado.
Lo mejor de todo ha sido ver cómo disfrutaban. El mayor ha tenido unos días tan intensos que ni siquiera paraba por la noche. Se pasaba la noche soñando y se le podían entender palabras entre sueños que hacían referencia a todo lo que había hecho durante el día. No tenía horas suficientes para hacer todo lo que se le venía a la mente y aprovechaba sus noches para seguir jugando.
Esta mañana, ya en el trabajo, he tenido que viajar a un pueblo de la provincia. En el trayecto, de apenas 50 kilómetros, he atravesado aproximadamente una docena de pequeños pueblos llenos de gente. Llenos de niños. Niños que, seguramente, en apenas un mes tengan que volver a su rutina diaria de desayuno-cole-comida-cole-merienda-deberes-cena-cama.
Qué lástima.