Soy migrañoso.
Cada vez que se me ocurre confesar mi mal, alguien dice aquello de "...y yo tengo jaquecas, que son mucho peores". Resulta que migraña y jaqueca son lo mismo. Lo único que cambia es el nombre. Unos lo llaman de una forma y otros de otra, pero se trata de lo mismo. Pero no falla, cuando lo digo, alguien salta como un resorte como para demostrar que a él le duele más. Es como un concurso para demostrar quién la tiene más larga. Pues yo paso. Nunca me gustó medírmela, así que les dejo el dudoso honor de ser los campeones del mundo del dolor de cabeza, que yo bastante tengo con el mío.
Perdón por el desahogo.
Y es que el viernes, mientras veíamos Supernanny, cenamos chino. Y cenar chino es el preludio de un buen dolor de cabeza. La comida china, al igual que las salchichas frankfurt, tienen entre sus ingredientes algo llamado glutamato monosódico, que a los migrañosos nos sienta fatal y desencadena irremediablemente un fuerte dolor de cabeza. Yo, normalmente, ya me acuesto tomándome una pastilla para prevenirlo, pero el viernes pasado no. Confié en mi buena suerte y no me la tomé, así que me pasé el sábado agarrándome la cabeza y pensando en el suicidio. Por la mañana me llevé a los niños de compras al súper mientras su madre se quedaba en casa estudiando, la pobre. Hacía una mañana de sol estupenda, así que nos la pasamos en la calle tan ricamente después de haber comprado una tonelada de yogures y de batidos de todos los sabores posibles. Por la tarde nos fuimos a casa de mis cuñados a llevarles mi antiguo ordenador, un pentium 133 que me compré hace 10 años y que todavía funciona. Como lo querían para que jugasen las niñas, pues les vale perfectamente, así que se lo llevamos. Una cosa llevó a la otra y acabamos merendando unas lonchitas de jamón de recebo y de chorizo y salchichón ibérico. Una gozada, vamos. Mi cabeza no paró de dolerme en todo el día, así que me acosté hecho una pena y confiando en que el domingo me diera una tregua. Y me la dió. Nos despertamos más o menos a las nueve, lo que en una casa con niños es despertarse casi a mediodía, así que no me puedo quejar. Y a las once y media ya estaba yo con los dos en el centro de la ciudad aprovechando una mañana increíble. Era divertido. Sólo había turistas, a los que ya habían echado de sus hoteles, y nosotros. El niño gozándola con su patinete, y la niña tan agustito diciendo adiós a todo el que pasaba a su lado y enseñando su primer diente mientras se reía. Llegamos a la catedral y decidimos entrar, porque el niño había estado unas semanas antes con el cole en su primera excursión y le hacía ilusión ir con su padre. Dimos una vuelta y llegamos a una capilla en la que la gente había empezado a sentarse. Y el niño también se sentó. Le pregunté que si le gustaba la música de órgano que sonaba y me dijo que sí. La niña, mientras, se quedó dormida. Aproveché para decirle al niño que como no salían los curas nos teníamos que ir, y me dijo que no, que él quería verlos. Y ya me veía yo escuchando misa cuando se aburrió de estar allí sentado y dijo que se quería ir, así que con gran alegría le agarré de la mano y salí huyendo. Menos mal, porque según salíamos empezé a oir los cánticos, así que me libré por los pelos. Y así estuvimos paseando toda la mañana y hasta la hora de comer. Siestita y por la tarde a jugar con el coche teledirigido y otra vez con el patinete.
Vamos, un fin de semana en plan padre divorciado. Nosotros dos no habremos cruzado ni dos conversaciones en todo el fin de semana, y las dos han sido en un tono bastante desagradable. Como no llegue pronto el examen de la oposición, tendremos que tomar medidas.